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Darwinismo y Judasmo

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-08 14:24:03
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Darwinismo y Judaísmo

Los puentes del judaísmo
Por: Gustavo Perednik

Las conflictivas relaciones entre ciencia y religión no son nuevas, tanto en el cristianismo como en el judaísmo. En su tiempo, Charles Darwin, autor de la teoría evolucionista más famosa, fue duramente perseguido. Otros lo glorificaron, desde la ciencia secular, pero también desde la religión.

En aras de proteger la verdad de la Biblia, tres estados norteamericanos (Tennessee, Mississippi y Arkansas) impidieron por ley que sus escuelas enseñaran la teoría de la evolución de Darwin. Créase o no, en el primero de ellos esa prohibición (llamada Butler) pervivió hasta 1967. Aunque en la práctica no se aplicaba, en 1925 había sido motivo de una histórica controversia entre evolucionistas y creacionistas, que tuvo como lid el juicio contra un joven maestro, John Scopes, "acusado" de enseñarle a sus alumnos que descendían de los monos. Scopes fue hallado culpable y sólo la apelación a la Suprema Corte permitió la reversión de la sentencia.

Resultaba lamentable que en el ardor de ese debate octogenario, los apasionados apólogos de la Biblia no hubieran logrado leerla con cuidado. Habrían podido notar que en rigor, el Génesis no excluye la posibilidad de que la creación de las diversas especies se haya dado por medio de un proceso evolutivo de millones de años. Incluso mientras Darwin vivía, se destacó entre sus fieles seguidores el botanista Asa Gray, de la Universidad de Harvard, quien sostuvo lo que dio en llamarse "evolución teísta": el origen de las especies en una evolución providencialmente guiada. Darwin mismo era un hombre de fe religiosa, y su grandeza no consistió en señalar la existencia de la evolución (ya que ésta había sido explicada por Jean Lamarck) sino en mostrar al mundo, con algunos errores, el modo en que la evolución había tenido lugar.

En este terreno, la pregunta clave desde el punto de vista de la fe es: ¿acaso los siete millones de años transcurridos entre el mono arbóreo y el hombre de Cro-Magnon, fueron suficientes para producir las mutaciones genéticas que distinguen a uno del otro? Esta cuestión es la antesala del dilema en el que se debaten los creacionistas modernos y los escépticos de todas las eras.

De un lado, si no hay intención alguna en el proceso evolutivo, si todo es fortuito, entonces cualquier criatura (no necesariamente la humana) podría haber confrontado los desafíos de la naturaleza para elevarse a reinar sobre el mundo. Si, por ejemplo, ningún cometa hubiera destruido el dominio de los dinosaurios en la Tierra hace sesenta y cinco millones de años, pues este artículo estaría siendo escrito por la lagartija Gustava y leído por lagartijas estudiosas por doquier, cuyas computadoras serían sin duda muy distintas de las nuestras. Hasta aquí una posibilidad. Alguna criatura debió prevalecer, y casualmente nos tocó a nosotros.

Pero la otra alternativa es válida, y opino como Lawrence Kelemen que resulta más racional. Si el proceso evolutivo tiene una dirección intencional, un sentido, entonces, las posibilidades de haber producido un hombre por vía del azar y de la selección natural, son nulas por la brevedad del lapso evolutivo. Para llegar al ser humano por medio de mutaciones casuales habrían sido necesarias miles de millones de generaciones y el tiempo efectivamente transcurrido, fue insuficiente.

 Con todo, no es posible refutar a los descreídos que rechazan el milagro de la Creación. Mucho menos serio es ridiculizarlos. Da pena recordar cómo reía alborozada la audiencia de Oxford cuando Samuel Wilberforce cuestionaba al máximo darwinista Thomas Huxley espetándole: "¿desciende usted del mono por parte de su madre o de su padre?" El debate en cuestión, no da para la sorna. Quiénes somos los humanos y cuál es el recóndito misterio de nuestra naturaleza, merece nuestra seria reflexión, perseverante investigación, y comprometida emoción.

La seriedad del tema también exige que el creacionismo no sea tergiversado como si contradijera la ciencia: si Dios nos ha creado o no, no es una cuestión científica.

El primer Darwinista Hebreo

Quien manipuló la Biblia para emprender la cruzada antidarwinista en los Estados Unidos fue un político que trece años antes había llevado a la presidencia a Woodrow Wilson (1912) y devino en su Secretario de Estado. William Jenning Bryan, quien también escribió La Biblia y sus enemigos (no es descabellado incluirlo hoy en esa categoría).

La verdad de la Torá no rechaza la posibilidad de que un humanoide existiera antes de la creación de Adán. Y éste es un punto crucial. El "preadamismo" (que sostiene que Adán fue la corona de un proceso evolutivo, y no su comienzo) fue explícitamente propuesto por primera vez en 1646 por Isaac de La Peyrere, quien así estimuló impensadamente la llamada Crítica Bíblica .

Pero desde la Biblia misma se insinúa la sensatez de la idea. Para la creación del primer homínido, el Génesis usa el verbo hacer (1:26); para el ser humano es crear (1:27). Este último existe sólo cuando hubo creación del alma , que lo distingue. El capítulo segundo ya nos dice literalmente que "Adán fue colocado en un alma viviente" (2:7), lo que Najmánides interpreta como que "se transformó en otro ser ". Había un ser previo al humano, desde el que éste evolucionó. Rabí Iehuda arguyó que Dios "dotó a los seres humanos de un rabo, que luego le quitó para proteger su honor".

Adán se apareó con esos seres preadámicos para engendrar a su tercer hijo, Seth (4:25, 5:3). El Talmud lo comenta: "no eran seres realmente humanos, carecían de espíritu divino, constituían un animal con forma humana". Con los mismos términos se refiere Maimónides a "los hijos de Adán antes de Seth". Y también del máximo exegeta medieval, Rashi, puede deducirse que hubo animales con forma humana: Eva dio a Adán del fruto prohibido "para que no muriera ella y él tomara otra esposa".

Los intentos de compatibilizar la doctrina de Darwin con las enseñanzas bíblicas no son pues nuevos, sino que parecen resultar de una singular evolución. En su autobiografía, Darwin anotó complacido que acerca de El Origen de las Especies "hay incluso un ensayo en hebreo que muestra que la teoría está contenida en la Biblia". El texto había llegado a sus manos en 1876, junto con una carta en hebreo pletórica de citas bíblicas, cuya traducción aún se exhibe en la Colección Darwin de la Universidad de Cambridge (Darwin le había encargado la traducción al bibliotecario de esa universidad, Henry Bradshaw).

El ensayo se titula Toldot Adam , y su autor fue un darwinista poco recordado, Naftalí Halevi (1840-1894). En 1874 fue publicado en el periódico Hashajar de Viena, y luego vio la luz en forma de libro en seis capítulos. La traducción del título podría ser "Genealogía del Hombre".

Halevi era hijo de un daián (juez rabínico) en Polonia y, además de su sólida formación talmúdica, siguió en Posen estudios seculares que lo convirtieron en un devoto iluminista. Escribió prolíficamente en hebreo, ídish, alemán e inglés. Fue toda su vida un judío creyente, y paralelamente un sincero admirador de Darwin a quien elogia con epítetos tomados del profeta Isaías.

Halevi explicita el propósito de su ensayo: "enseñar el significado de la creación de acuerdo con nuestro gran maestro Moisés", desde la hipótesis de que la teoría de la evolución de Darwin se desprende de la sabiduría rabínica y de la Torá (voz a la que Halevi entiende como "teoría").

La primera mitad de Toldot Adam es una introducción al método científico. La segunda es una explicación en tres capítulos de las tres fases respectivas de la evolución: la físico-química (el universo), la biológica (la inmensa variedad de vida, culminando en el hombre), y la psico-social (la civilización).

Las tres pueden explicarse tanto desde una perspectiva darwinista como bíblica. Halevi aporta a esta última, con una perspicaz lectura de ciertas palabras. Para la primera fase (físico-química) se basa en la voz hebrea dok , "la finura del firmamento", tomada de Isaías 40:22. Para la segunda (biológica), en la palabra terem (Génesis 2:5) que según Halevi se refiere a las eras geológicas. Para la tercera, su fundamento es el significado del Edén, en donde el hombre fue colocado para "trabajar y proteger el jardín", es decir para sobrevivir en un medio hostil gracias a la selección natural de los más aptos. Halevi se detiene en el origen del lenguaje como columna vertebral de la civilización: de las distintas especies, "el nombre que les diera Adán, ése sería su nombre" (Génesis 2:19).

En su exordio Halevi concluye que la humanidad es la parte más esencial de la naturaleza, porque sin humanos la naturaleza "no sabría de su propia existencia". Y trae un candoroso mensaje que parece promisorio aun hoy: "cuando mi pueblo perciba que su teoría, profesor Darwin, de ningún modo es un desvío de la divina Torá, portarán su nombre con reverencia y así glorificarán al Dios de Israel... porque el darwinismo sólo amplía los límites de la Creación, y ergo le atribuye altos logros al sublime Creador".

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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