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Wagner y los judos

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-08 14:07:49
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Wagner y los judíos

Los puentes del judaísmo
Por: Gustavo Perednik

La reciente decisión de la justicia israelí de alentar la ejecución de las obras del músico judeófobo Richard Wagner en las orquestas estatales ha levantado menos polvareda que en el pasado, pero no menos dolor, en especial para los sobrevivientes del Holocausto, algunos de los cuales debieron escucharlo en las salas de tortura nazis. En esta nota, el autor explica por qué el estado judío debería proscribirlo de sus instituciones.

Quien escribe estas líneas se encuentra entre los centenares de miles de israelíes que nos sentimos frustrados, tristes, dolidos, por el reciente veredicto judicial que alienta la apertura de nuestras instituciones nacionales a la música de Richard Wagner. Antes de explicar por qué tamaña desazón, caben tres aclaraciones, que vienen a refutar argumentos que oscilan entre lo ingenuo y lo hipócrita.

La primera, es que la proscripción de Wagner no constituye ninguna limitación a la libertad de expresión artística. Cualquiera tiene el derecho de escuchar las óperas de Wagner, comprar su discografía, armar coros wagnerianos. u organizar conciertos con su obra. Nadie cuestiona esa libertad. Lo que cuestionamos es que el Estado de Israel, el Estado del pueblo judío, subvencione ese arte. En pocas palabras, no hay solicitud de que el genio de Bayreuth sea prohibido, sino sólo que sea excluido del repertorio de toda orquesta y teatros estatales de Israel.

La segunda, es que hay que ser muy ingenuo frente a la historia para hacer caso omiso de las asociaciones que en nuestro espíritu generan los diversos aspectos de la creación humana. Sería inadmisible que alguien se pusiera a exhibir svásticas bajo la excusa de que se propone rescatar el símbolo primigenio de esas cruces en la India antigua, donde aparentemente eran signo de fertilidad. Suponemos que aun el mismo Daniel Barenboim, vocero del wagnerismo contemporáneo, vetaría a quien hiciera gala de svásticas debido a "su valor artístico" o a la "belleza de sus formas geométricas".

En pocas palabras, los símbolos, como las obras de arte, despiertan asociaciones que deben ser tenidas en cuenta, especialmente por sus promotores. Recordemos cómo Israel reaccionó airadamente cuando a un mediocre cuarteto se le ocurrió hacer flamear banderas sirias en el último festival de Eurovisión.

La tercera aclaración es que el problema de Wagner no radica en cuánto hostilizara a los judíos. Hay una larga nómina de judeófobos respecto de quienes no solicitamos exclusiones de nuestros programas de estudio culturales. En las humanidades, verbigracia, el pensamiento de Voltaire y de Fichte, y su notable contribución a la filosofía, deben ser conocidos por los israelíes, sin que su enemistad con nuestro pueblo obre de limitación.

En cuestiones de arte, los parámetros son distintos, porque las asociaciones del arte constituyen canales de emociones más imperceptibles. Por ello en este terreno es conveniente mayor cautela. Con todo, aun entre los artistas, no cabe detenerse a medir su judeofobia antes de dar a conocer su obra.

Pero en el caso de Wagner, no se trata meramente de consideraciones artísticas. Aquí debería prevalecer la sensatez: ningún ente judío debe promover al ídolo de los nazis. E Israel es un ente judío.

Una vieja polémica sin resolver

El tema Wagner ha sido planteado en Israel con frecuencia, tanto por sus fieles admiradores como por músicos que buscan libertad de expresión, o bien por simples provocadores a quienes poco les interesa Wagner pero sienten íntima satisfacción cuando hieren la sensibilidad judía.

Hace dos décadas, Zubin Mehta, gran amigo de Israel, intentó tocar Wagner con la Filarmónica israelí, para colmo sin anuncio previo, y de este modo irritó a una buena parte de la audiencia. No era para menos, ya que se trataba de un intento externo de imponernos soluciones a dilemas nuestros.

Hace una década, sesenta músicos de nuestra Orquesta Filarmónica decidieron, por mayoría de dos tercios, interpretar obras de Wagner en el Auditorio Mann de Tel Aviv. El furor que la la decisión despertó, obligó a postergar el concierto.

Ninguna queja tuvo esa suerte hace unas semanas, cuando una corte judicial amparó el derecho de interpretar Wagner, y violó así otro derecho: el de un ciudadano judío que no desea que ni un centavo de sus impuestos sea utilizado para difundir la música del renombrado judeófobo.

El primer gran director de la Filarmónica, Arturo Toscanini, aunque siempre se negaba a presentarse en la Alemania nazi, incluía a Wagner en su repertorio, a los efectos de dejar clara la frontera entre el arte y la política. Su sano criterio era que no debía excluirse a un genio musical sólo porque hubiera odiado a los judíos. Y estamos de acuerdo. Del mismo modo, el nazifascismo de Heidegger o de Ezra Pound no obra a modo de veto para el estudio de sus obras respectivas. Los artistas no tienen por qué ser grandes hombres. Con que sean grandes artistas, es suficiente para que, con la pertinente cautela, se disfrute de su creación y se la difunda. Aun si son canallas, como en el caso de Wagner. Ello explica que en la Palestina preestatal la música wagneriana estuviera presente sin reparos de nadie.

Pero después vino la Kristallnacht , y el endiosamiento de Wagner en Alemania, y los hornos crematorios. La admiración hitleriana por Wagner permeó la sociedad alemana en su conjunto, el nazismo lo convirtió en la personificación de la música, y aun Toscanini modificó su criterio. A partir de 1938, Wagner empezó a ser justificadamente excluído. Lo que su figura representó después de muerto , es lo que lo hace impresentable en Israel. No su biografía.

En su infame ensayo La judería en la música (1850) Wagner presenta a los judíos como encarnación del dinero, y durante toda su vida se esforzó en negarles toda creatividad cultural. Sin entrar en sus detalles, aun pergeñó la idea de extinción de los judíos como una misión del germano de pura sangre frente al materialismo foráneo. Desde su propio diario propagaba la "defensa" de idealizados alemanes dominados económicamente por banqueros y especuladores judíos. Nos llamaba "el demonio que causa el derrumbe de la humanidad". De modo que la judeofobia de Wagner no se presta a minimizaciones, sobre todo porque contribuyó notoriamente a que el odio fuera culturalmente aceptable.

No obstante todo ello, insistimos, su biografía no basta para suprimirlo de conciertos oficiales judíos.

En el funeral de Wagner de 1883 el programa musical fue conducido por el director de la Orquesta de la Real Opera de Munich, Hermann Levi, hijo de un rabino que había servido en el Sanhedrín de Napoleón. Levi creó la melodía para la inauguración de la sinagoga de Manheimm, fue asesor musical de la de Munich, y compuso la liturgia sabática de la oración Ve-Shamru para el jazán de Giesen. Sin embargo, su pertenencia judaica no lo trabó para conducir la premiére del Parsifal wagneriano en Bayreuth.

Se sabe que Teodoro Herzl también era devoto de Wagner y escribió buenas páginas mientras lo escuchaba. Nietzsche fue un adversario del músico, sobre todo desde que éste se dejara arrastrar hacia el odio antijudío. Curiosamente, a ambos les sucedió que sus respectivas familias supérstites les exaltaran póstumamente la judeofobia. Pero mientras en el caso de Nietzsche presentarlo como judeófobo fue una deformación post-mortem perpetrada por su hermana, en el de Wagner fue la consecuencia natural de sus escritos y accionar.

En la mentada ciudad de Bayreuth se inició el Festival Wagner en 1876, que la transformó en una especie de santuario de la cultura alemana. La directora del Festival durante toda la época nazi fue su nuera Winifred Wagner, una virulenta judeófoba y amiga personal de Hitler. La viuda de Wagner Cosima y su yerno Houston Chamberlain fundaron un culto del músico aleph la Féhrer . Wagner tuvo una influencia importantísima en la vida de Hitler y en las ceremonias del Partido. Hasta la derrota de Stalingrado, Hitler pasaba veladas escuchándolo y privilegiaba sus escritos políticos.

Y lo fundamental: la música de Wagner trae hoy horribles recuerdos a los sobrevivientes del Holocausto, a quienes se la impusieron los torturadores en los campos de concentración. Es motivo más que suficiente para no repetirla públicamente en el país de los mártires.

Daniel Barenboim, quien condujo obras de Wagner en Berlín durante la noche del Día del Perdón, puede ser un genio musical, pero nunca un juez para dirimir la índole judía del Estado de Israel y la expresión de esa judeidad en el arte. El monstruo de Wagner radica más en lo que los nazis han hecho de él, que en su propia vida y obra. Y esto es difícil de explicar. Woody Allen sintetizó con humor esa dificultad: "cuando escucho a Wagner, siento ganas de invadir Polonia"…

La obra de Wagner y su difusión, fue una de las grandes heridas del pueblo judío. El Estado de Israel debería ser especialmente sensible a esas heridas. En este caso, ha fallado a esa expectativa.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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