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Los judos y los Estados Unidos

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-08 14:03:08
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Los judíos y los Estados Unidos

Los puentes del judaísmo
Por: Gustavo Perednik

Los principios ligados a la realpolitik, como la Guerra Fría, los intereses económicos en el Medio Oriente o la alianza estratégica, no son suficientes a la hora de explicar la amistad entre Estados Unidos desde el principio de su historia y el pueblo judío todo. La alianza con Israel es sólo un derivado de esta amistad, basada en valores más profundos que la mera política.

Una vez más fuimos testigos de cómo el presidente de la primera potencia mundial invierte su tiempo y energías en aras de rescatar los remanentes de la paz para nuestra región. Es cierto que los intereses norteamericanos están más a salvaguarda con esa paz, pero la perseverancia del político más poderoso del mundo en ayudar a Israel a conseguir paz merece reflexión adicional (de paso, es notable cómo "ayudar a Israel" significa trabajar por la paz; los regímenes árabes no parecen considerarlo ayuda).

La reflexión es sobre la singular relación que los EE.UU. mantienen con Israel, y vale comenzarla por su actitud hacia con el pueblo judío en su conjunto.

En retrospectiva, podríamos definir el récord máximo de la flema inglesa cuando el diario London Morning Post , en apenas en seis líneas ubicadas debajo de un anuncio teatral, informaba sobre un acontecimiento tan pequeñito e intrascendente como la declaración de la independencia de una de las colonias de la corona, que pasaban a ser, a partir de ese momento, los Estados Unidos de América. Pocos se dieron cuenta de que ese lacónico mensaje transformaría para siempre al mundo entero.

Se cosechaban así los frutos de la siembra del barco Mayflower, que en 1620 había desembarcado en las costas de Massachusetts portando a los peregrinos que se escapaban de las persecuciones religiosas en Inglaterra. Se autodefinían como "hijos espirituales del Antiguo Testamento"; leían y veneraban las Escrituras, y trasladaron ese amor hacia el idioma de la Biblia, el pueblo de la Biblia, su tierra. Más que haber cruzado el Atlántico, consideraban que habían cruzado el Mar Rojo. No se escapaban del monarca inglés, sino del Faraón. Crearon el primer escudo norteamericano con la imagen del Éxodo de Egipto; la leyenda rezaba: "la resistencia al tirano es la obediencia a Dios".

Esos peregrinos fundaron las colonias en Norteamérica y de este modo colocaron la piedra angular del mundo libre. De los muchos que lideraron la gesta independentista, cabe recordar especialmente a dos, a quienes los designaron "Moisés y Aarón", y quienes se destacaron por su devoción por los judíos.

La Nación más Gloriosa

John Adams fue el primer vicepresidente de la nación y su segundo presidente. Fue colega, amigo y competidor político de Thomas Jefferson, el "profeta del sueño americano", quien tuvo el honor de redactar la celebérrima Declaración. Cada uno venció en sendas elecciones en contra del otro, y siempre por escaso margen. Campeones de la libertad religiosa y de la separación de Iglesia y Estado, en la correspondencia que mantuvieron entre ellos se lee un gran interés por la filosofía religiosa de los judíos, y conspicua admiración por el pueblo de Israel.

Jefferson alentó la "restauración de los judíos a sus derechos sociales"; después de fundar la Universidad de Virginia, intervino para que ésta no excluyera a los judíos por medio de requerir un curso de teología cristiana.

El prolífico escritor y activista Mordejai Noah, antes de asumir la importancia de la colonización judía en Eretz Israel, había ayudado en 1825 a adquirir territorios en Buffalo, a fin de transformarlos en el asentamiento judío de Ararat . John Adams le había augurado "para vuestra nación, los privilegios ciudadanos en cada país del mundo".

Adams también se había quejado de la judeofobia de Voltaire, a quien retrucó con notable sentencia acerca de los judíos: "Son la nación más gloriosa que jamás haya habitado la Tierra, han dado la religión a tres cuartas partes del globo, y han influido en la historia humana más y mejor que cualquier otra nación, antigua o moderna".

Del contraste entre el "librepensador" europeo, Voltaire, con los americanos, surge una vez más que la judeofobia es en general una enfermedad europea. En las Américas, casi siempre ha resultado una aberración marginal.

Los dos padres fundadores de los Estados Unidos encarnan una honrosa tradición que explicitó el cariño norteamericano hacia el Pueblo del Libro. Decenas de aldeas, ríos, comarcas americanas llevan nombres bíblicos. Varias universidades portan sus lemas en hebreo, y en este idioma la universidad de Harvard daba por inaugurado su ciclo de clases, año tras año, hasta 1819.

(Una llamativa y doble coincidencia es que Adams y Jefferson fallecieron justo el mismo día, el 4 de julio de 1826, exactamente cincuenta años después de que se declarara la independencia estadounidense, de la que fueron preclaros protagonistas).

El Estado de Israel, un aliado

En esa tradición de filosemitismo se basa la amistad entre Israel y los EE.UU. El resto, las consideraciones políticas, económicas, militares o estratégicas, coadyuvan para cimentar la amistad, pero su fundamento es más profundo. Agreguemos que de la población actual de trece millones de judíos, once millones se distribuyen en mitades entre Israel y los EE.UU., en donde la cultura judía se ha desarrollado en una escala sin precedentes.

Once minutos después de declarada la independencia de Israel, Harry Truman se transformó en el primer presidente en reconocer al nuevo Estado. En coherencia con los peregrinos, se denominaba a sí mismo "un Ciro" (por el rey Ciro de Persia que en el siglo VI a.e.c. facilitó el primer retorno de los judíos a Israel).

Es cierto: la prisa de Truman no se debió exclusivamente a su entusiasmo. El reconocimiento inmediato de Israel sirvió para abortar la intención de la Secretaría de Estado de su gobierno, entonces dispuesta a convocar a la ONU para anular la resolución 181 (la que reconocía el derecho judío de establecer un Estado en Palestina). No todo es rosas en la alianza más constante de Israel.

La actitud hostil de la Secretaría de Estado norteamericana persistió, paralela a la básica amistad de los diversos Presidentes y Congresos estadounidenses. Una excepción a esa frialdad fue Alexander Haig, quien se opuso a la moción del Secretario de Defensa (Caspar Weinberger) de cortar toda ayuda a Israel con motivo del ataque al reactor nuclear iraquí en Osirak en 1981. Con encomiable visión, Haig declaró que "ya llegaría el momento de ir de rodillas a Israel para agradecerle esa acción". La ex-embajadora norteamericana en la ONU, Jeanne Kirkpatrick, sostenía que la única garantía de paz y estabilidad en la región, es la fortaleza de Israel. Nunca las tiranías árabes.

A pesar de las espinas

Aun un Secretario duro para con Israel, James Baker, oportunamente removió a su embajador en la ONU, aparentemente debido a dos episodios en que el delegado no había actuado de manera suficientemente pro-israelí.

Equivocaciones no faltaron en la política americana en el Medio Oriente. Cuando abandonaron al Sha de Persia, cuando asumieron pasividad frente a la guerra Irak-Irán, cuando resolvieron no derrocar a Saddam después de la Guerra del Golfo y durante una década creyeron en su caída "inminente". Peor aún: cuando en 1956 forzaron a Israel a retirarse del Sinaí sin garantías. Cuando Jimmy Carter denominó a las poblaciones israelíes en Judea y Samaria "ilegales" y George Bush las utilizó como tenaza política para presionar a Israel. Una especialmente dolorosa: cuando convirtieron a Jonathan Pollard en el espía más castigado de la historia americana (jamás otro norteamericano acusado de espionaje para un país aliado estuvo más de cinco años en la cárcel, y Pollard se había limitado a entregar a Israel datos acerca del armamento químico de Irak).

Pero a pesar de estas espinas, la línea fundamental, que debe enorgullecernos, es la de férrea alianza, el patrimonio diplomático más valioso que tiene el Estado hebreo. Los EE.UU. protegieron a Israel de los reiterados y alevosos ataques de los que fuimos objeto en las Naciones Unidas.

George Kegan, un ex-jefe naval de los EE.UU., solía decir que lo que siempre pareció apoyo americano a Israel, fue en realidad una constante ayuda israelí a los EE.UU., y que su país jamás podría retribuir suficientemente al Estado judío. Tenga razón o no, la aproximación entre los dos pueblos descansa en principios y valores compartidos, de los que ambos pueblos deberían ser conscientes.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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