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El judo de James Joyce

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-07 15:39:01
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El judío de James Joyce

Los puentes del judaísmo

Por: Gustavo Perednik

Son muchas las novelas modernas en las que el judío aparece como personaje paradigmático, que ha cautivado el interés de autores judíos y no judíos por igual. En el "Ulises" de Joyce, por ejemplo, se trata de un judío que asume su experiencia milenaria: lo ha visto todo, y con ese bagaje retorna al hogar.

Tres novelas, por innovadoras, constituyeron una bisagra en las letras. Hay quien se refirió a ellas como "el triángulo de la novela de este siglo". En ellas los estilos sufren una metamorfosis revolucionaria; se priorizan la introspección y la asociación libre de ideas y sentimientos. Esas asociaciones, entremezcladas con recuerdos oníricos, fueron el material en el que se moldeó la nueva literatura; el argumento y el relato se desvanecían. Los protagonistas de esa tríada eran judíos ("La conciencia de Zeno" de Italo Svevo, "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust, y "Ulises" de James Joyce), así como dos de los autores.

El judío ocupa un lugar relevante en la literatura, entre otros motivos, porque su identidad ha cautivado el interés de escritores de primera línea. James Joyce dio a su novela total el título de "Ulises" porque veía al rey de Itaca como la síntesis del hombre que asumía una milenaria experiencia, quien lo había visto todo y experimentado todo. El griego hecho judío.

"Ulises" (1922) es el resultado de un fugaz cruce entre las vidas de Leopold Bloom, su esposa Molly, y su hijo espiritual Stephen Dedalus. Joyce dota a las peripecias del trío de un ineludible paralelismo con la obra de Homero, sobre todo con los encuentros y desencuentros entre el rey Ulises, su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Las alusiones homéricas son particularmente claras en el capítulo décimo ("Las rocas errantes"), que divide la novela en dos secciones.

Esas veinte horas en Dublín dieron a luz no sólo al personaje más detalladamente presentado de toda la literatura, sino a la novela más ampliamente debatida de nuestro tiempo, quizá la más influyente por técnica y estilo.

UN DIA INMORTAL

La primera cita entre un inestable estudiante de veintidós años con una camarera semianalfabeta dos años menor, no parece motivo para que las letras conmemoren, aun si de ese encuentro derivó un matrimonio para toda la vida.

Sin embargo, la literatura debe a esa fecha la aventura de recorrer personajes y conciencias, una erudita renovación de las palabras, el dominio simultáneo de simbolismo y naturalismo, y una prosa de intensidad y belleza tales que la hacen más comparable a la obra de los grandes poetas que a la de los grandes narradores. Porque James Joyce, el joven de la mentada pareja, eligió aquel encuentro con Nora Barnacle para fijar el día en el cual transcurre su "Ulises". El 16 de junio de 1904 fue aprehendido tanto como es posible en la ficción, reproduciendo junto con las visiones, sonidos y olores de Dublín, las memorias, emociones, y deseos de su gente. Esta nueva técnica corría el riesgo de mostrarlo todo por  medio de meras vaguedades y bruma, pero la maestría de Joyce  logró una descripción que es, en opinión de su prologuista Jacques Mercanton, más precisa y aun mas verdadera que la de los naturalistas.

Un par de años después de aquel gran día, mientras para su disgusto trabajaba como empleado bancario en Roma, a Joyce se le ocurrió incluir entre sus primeros relatos ("Dublineses"), un cuento acerca de un viajante de comercio de origen judío, de esposa infiel y de nombre Hunter. El título original pasó a ser "El día del señor Bloom en Dublín" y la idea se complicó: Joyce, transformado en su personaje Stephen Dedalus, después de protagonizar "El retrato del artista adolescente", invade las vivencias del comerciante judeoirlandés.

La Dublín que surge del texto es una ciudad de voces. Tal vez se deba a  que, como la vista de Joyce era defectuosa, su imaginación fuera más auditiva que visual (recordemos que los anteojos de Stephen se habían roto el día previo al de "Ulises"). Por ejemplo, el lector puede concluir las setecientas páginas sin una idea precisa de cómo se ven Bloom o Molly, pero sus permanentes soliloquios nos permiten recordar perfectamente sus voces. Joyce nos lanzó directamente a lo más íntimo de sus personajes, con inigualable capacidad para describir la somnolencia y la embriaguez, el subconsciente y el sueño. Seguimos a Leopold Bloom desde la calle, un entierro, un bar, una  iglesia, una biblioteca pública, la oficina de un diario y la orilla del mar, conocemos sus más íntimos pensamientos y asociaciones, y llegamos a la escena nocturna en el burdel, con Dedalus y Bloom ebrios, que nos muestra una película en cámara lenta que intensifica la realidad y la troca en fantasmagóricas visiones.

En el último capítulo ("Penélope") terminamos por acompañar a Bloom a su lecho conyugal para oír los pensamientos hipnagógicos de su esposa Marion Bloom, uno de los personajes más intrigantes de todas las artes. Despertada a las tres de la mañana por el regreso de su marido, dormita, cela, recuerda y nos lanza ocho frases de cinco  mil palabras cada una, sin pausa y en asociación libre. La descripción que hace de Bloom muestra una faceta distinta de un hombre con quien, pese a sus debilidades, habíamos simpatizado. Las perversiones sexuales, más crudas que las que se habían adelantado tres capítulos antes, habrían motivado a Henry Miller a dictaminar que "hay párrafos de Ulises que sólo pueden ser leídos en el baño". Debemos al descaro de los libros posteriores que aquella obscenidad ya no abrume, pero entonces se prohibió la novela durante una década en los Estados Unidos y D. H. Lawrence llamó a su última parte "puerca, la  más sucia, indecente y obscena cosa jamás escrita". No transcurrió mucho tiempo para que se entendiera "Ulises" como una obra de arte que reunía objetivamente desde lo más bajo a lo más elevado de la vida.

EL JUD IO

Joyce intenta mostrarnos descarnadamente al hombre moderno y su desconcierto, y para ello elige resumirlo en un judío alejado de sus raíces. En él, sostiene Anthony Burgess, Joyce había percibido la síntesis del ser humano alienado de nuestra civilización. Su identidad judía le es señalada a Bloom desde el afuera, y jamás le queda clara. Es sucesivamente afirmada, rechazada, y asumida en todo caso como una autodefensa: "Yo pertenezco a una raza también odiada y perseguida", dice Bloom en la taberna.

Se combinarían con esa alienación el intelecto, representado en Stephen, y  el cuerpo, representado en Molly. Qué sería de la relación entre ellos de ahí en adelante, es una de las preguntas que la novela deja sin respuesta.

"Ulises" fue escrito mayormente en Zurich durante la guerra, mientras Ezra Pound procuraba notoriedad para la obra previa de Joyce. Este tenía como tema favorito la similitud entre los judíos y los irlandeses, y por ello su novela hace que la historia de ambos pueblos se crucen con la de los griegos. En "Ulises" hay puntos de contacto entre el gaélico y el hebreo, menciones del Talmud, vocablos ídish y hebraicos, el Hatikva, referencias a rabinos, filósofos judíos, prácticas de nuestra religión como los tefilín y mezuzot, o el Shemá Israel. Hay notables elogios al sionismo (se menciona entre otras una aldea pionera en la costa del Tiberíades) y censuras de la judeofobia (que Joyce llamaba "el prejuicio más fácil de fomentar") especialmente en las mordaces bravatas de la taberna ("Irlanda es el único país que no persiguió a los judíos porque nunca los dejó entrar"). Y, fundamentalmente, se plantea la experiencia del judío que no comprende la dimensión de su identidad, una experiencia que ejerció en el genial Joyce una fascinación especial. Por ello se propuso explícitamente arrojar a ese judío al centro de la literatura europea. Lo consiguió en una novela inmortal.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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