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Judaísmo y revolución científica

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-07 15:35:36
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Judaísmo y revolución científica

Los puentes del judaísmo
Por: Gustavo Perednik

Se suele discutir, como si fueran dos polos opuestos, a favor de la religión o de la ciencia. La revolución científica, allá por el siglo XVII, cambio la faz de Occidente con la aceptación de que la Tierra gira alrededor del Sol. ¿Acaso fue la herencia helénica la que posibilitó este cambio revolucionario, o se trata de un nuevo aporte del pueblo judío al progreso de la civilización occidental? Es la pregunta que intenta responder esta nota.

Mientras se concebía a la Tierra en el centro del universo, cada vez resultaba más arduo explicar el extraño movimiento que parecían tener los cuerpos celestes. Un astrónomo polaco, harto de tanta teoría complicada sobre ciclos y epiciclos, se propuso simplificarla por medio de un ejercicio matemático que consistía en tantear la posibilidad de que la Tierra girara alrededor del sol. Copérnico murió en 1543, sin saber que cuando un año después se publicó su "mera hipótesis de trabajo" quedó inaugurada la llamada Era de la Ciencia.

La cosmovisión medieval comenzaba a desintegrarse y los problemas prácticos iban a ser resueltos ya no apelando al principio de la autoridad, sino al del experimento y la demostración.

La Edad de la Ciencia no nació en el vacío y puede atribuírsele raíces culturales. La gran pregunta es cuál de las dos grandes civilizaciones antiguas fue la fuente de la que abrevó la Revolución Científica. ¿Son sus raíces griegas, como se arguye frecuentemente, o son hebreas, como sugeriremos en esta nota?

La teoría geocéntrica, que fue el blanco fundamental de la Edad de la Ciencia, jamás constituyó una enseñanza de la Torá, sino del helenismo. La autoridad que el método científico debió desplazar de su pedestal, fue la de Aristóteles, no la de Moisés.

Y aunque es bien conocida la suposición de que la Biblia quedó maltrecha debido a la revolución científica, se trata de un error. En un esquema de dos partes, digamos primero, por qué el helenismo fue el derrotado de la ciencia, y luego, por qué el judaísmo no lo fue.

LA CIENCIA HELENICA

El conocimiento verdadero era, en la concepción griega, el saber matemático. Platón suponía la realidad misma como consistente en ideas puras. Para los helenos la verdadera ciencia era la matemática. Aun la observación de la naturaleza era concebida primordialmente como una búsqueda de formas matemáticas puras en el orden natural. Ese era el punto de partida para la observación, aun la del más sagaz y cuidadoso observador de la naturaleza, Aristóteles.

Pero en retrospectiva sabemos que lo fundamental en la ciencia no es la observación en sí, sino el método empírico en el que la observación se asienta. Los griegos nunca descubrieron este método, porque consideraban que el conocimiento se deduce de principios elementales, y no por medio de explorar el mundo mediante experimento e inducción. Las ideas puras de las que hablaba Platón, no eran cognoscibles por medio de los sentidos sino por la contemplación intelectual. Tal método puede cimentar la filosofía, pero no es ciencia.

Por todo ello, para que la moderna ciencia, que es empírica, pudiera ponerse en marcha, tenía que liberar al espíritu europeo de los lazos de la pseudociencia griega. La lucha de los nuevos científicos contra el viejo orden no era una lucha de "ciencia" contra "religión" sino una rebelión de la nueva filosofía científica contra la vieja de Aristóteles. No casualmente, después de que a Galileo se le prohibiera manifestar sus opiniones, este pionero de la ciencia moderna publicó una refutación de la cosmología aristotélica, un siglo después de la obra de Copérnico.

Samuel Coleridge expresó poéticamente la opción: "Nunca pude descubrir lo sublime en la literatura griega clásica. La sublimidad, es hebrea de nacimiento" .

Ahora bien, el lector puede preguntarse por qué está tan difundido el mito de que la ciencia moderna rezagó a la religión. La respuesta es que como la escolástica medieval había logrado una elaborada síntesis entre Aristóteles y la Biblia hebrea, cuando el advenimiento de la ciencia hizo derrumbar la filosofía natural aristotélica, se escucharon voces alarmadas que salieron a defender la Biblia y su revelación. A partir de entonces, muchos cientificistas creyeron que había un conflicto inevitable entre ciencia y religión. Pero tal defensa era innecesaria, y ese conflicto inexistente. La Biblia había salido ilesa, puesto que las hipótesis de la ciencia moderna, tales como la de las órbitas planetarias o la de la evolución, no solamente no contradicen la Biblia sino que fueron elaboradas por genios muy religiosos, que creían profundamente en ella.

LAS FUENTES SON HEBREAS

En suma, científicos de vanguardia en el siglo XVI como Galileo o como el Maharal de Praga, no reanudaron una investigación que los antiguos griegos habían abandonado. Se entregaron a una aventura totalmente nueva del espíritu humano. El movimiento científico no se inspiró en la cultura helénica, sino que arremetió contra esa vieja ciencia a fin de alcanzar un nuevo punto de partida.

La inspiración provino de otra civilización, la hebrea. Esta fue la que otorgó al mundo la fe que venía a rechazar la pagana arbitrariedad del destino: la fe en la racionalidad de Dios. En ella pudo fundamentarse el credo indispensable para la ciencia, que era la fe en la regularidad de la naturaleza. Así lo expuso A. N. Whitehead en la década del treinta (cuando ya escribía en los EE.UU.). M. B. Foster lo complementó de este modo: para que naciera la ciencia era indispensable la doctrina de la Creación, opuesta a la del universo fortuito y sin sentido.

La actitud científica podía surgir en una civilización que reconociera a un solo Dios, racional y confiable. Recordemos que de las veinte civilizaciones que expone Arnold Toynbee, una sola dio origen a las ciencias naturales y sus aplicaciones tecnológicas: la civilización hebrea y su desarrollo en el mundo judeocristiano. Así lo explicó Allan Richardson hace tres décadas.

En resumen, el pretendido conflicto entre ciencia y religión no fue el resultado de la revolución científica, sino de la mala interpretación de alguno de los dos componentes.

El nuevo pensamiento gozaba en muchos casos del patrocinio de pensadores religiosos. Así, la prueba de la existencia de Dios (el llamado "argumento teleológico") que aparece en el Salmo 19 ("Hashamaim mesaprim kevod El...", "los cielos proclaman la gloria de Dios") fue percibida en la teoría de Isaac Newton de que todos los movimientos de los cuerpos en el espacio pueden describirse por medio de una sola ley. Lo que el Salmista había comprendido por revelación, Newton lo demostraba por la razón y la experiencia.

También Juan Kepler (autor de las tres leyes que gobiernan los movimientos de los planetas) presentaba la hipótesis mecanicista como la certeza en que la Gloria de Dios se manifiesta en la perfección cronométrica del universo material. A su turno Blas Pascal, cuyo genio matemático abrió el camino al cálculo diferencial, expresó su fe en el Dios de la Biblia en contrapartida del "motor inmóvil" de la filosofía aristotélica.

Como Newton, Kepler y Pascal, los hombres de ciencia del siglo XVII dedicaban tanta atención y esmero a la reflexión teológica y bíblica como al estudio de los objetos de interés científico. Por lo tanto, en lo que se refiere a los orígenes de la ciencia moderna, no hubo conflicto entre ciencia y religión.

Ahora bien, alguien podrá argumentar con muy buen criterio que las fuentes judaicas pecan de anticientíficas al proclamar la antigüedad del mundo en 5760 años o la creación del universo en seis días. Intentaremos contradecir este argumento en nuestro próximo "Puente del Judaísmo" .

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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