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El deber de ser optimistas duros

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-06 13:54:46
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El deber de ser optimistas duros

Las clases de Sharona
Por: Sharonah   Fredericko
Marcelo   Kisilevski

Precisamente en los peores momentos de su historia, el pueblo judío ha sabido sacar fuerza de flaqueza y hacer frente a la realidad con optimismo activo. A los israelíes y a los argentinos, que pasan por un momento difícil, vayan estos comentarios y estos ejemplos históricos, como prueba de que, a pesar de todo, el cambio para bien sigue siendo posible.

-¡Sharona, estoy anonadado! Justo cuando peor nos va, me contás que querés hablar hoy del optimismo. Fijate lo que ha pasado en la Argentina, lo que está pasando en Israel. ¿Te parece que es la hora del optimismo?

-Precisamente. Sabiendo que muchos de los que nos están leyendo son argentinos, y muchos -y lo digo con mucho amor- son ex alumnos nuestros, justamente elijo el tema del optimismo, tanto desde un punto de vista judaico como personal mío. Porque debo decir que cuando vi las imágenes de los motines en Buenos Aires, veía tanto el dolor de aquel que no tenía comida como el dolor del pequeño comerciante que también perdió todo lo suyo. Pensé en muchos alumnos que hemos tenido tú y yo, y me he preguntado cómo están, espero que estén fuera de peligro, y seguro que ellos también se preguntan lo mismo cada vez que aquí en Jerusalem estalla una bomba donde están Marcelo y Sharona.

No me gusta el fatalismo barato tan en boga en los últimos tres meses, desde los atentados en Estados Unidos, donde todos han desempolvado profecías inexistentes de Nostradamus sobre el fin de los tiempos, y todo el mundo está dando vuelta las palabras de la Biblia o de cualquier otra escritura sagrada para ver cuán cerca está el Día del Juicio. Estoy harta de eso.

Por eso, quisiera tomar una página de un gran libro del filósofo, psicólogo y sobreviviente del Holocausto, Victor Frankel, que dijo que justamente en los peores momentos, uno tiene que atreverse a tener optimismo por la importancia de la vida misma. Quiero destacar que no estoy hablando de alguien al estilo John Denver, digamos, que canta que la vida es linda porque nunca ha conocido la vida. Victor Frankel estuvo en un campo de concentración durante tres años, así que no solamente conoció la vida; conoció también la muerte y conoció lo peor del ser humano.

Pero para poder transformar el mundo en mejor ofreció a sus pacientes, muchos de los cuales eran también sobrevivientes de la Shoá, el desarrollo de lo que denominó el "optimismo duro". Y en estos momentos, en los que la Argentina está por derrumbarse frente a una cesación de pagos, en que el Medio Oriente es una pesadilla, y lo digo para todos los argentinos y los latinoamericanos que vienen: muy bien, que vengan. Pero ustedes saben muy bien que es una pesadilla, y por eso los respeto mucho por venir. Pero es una pesadilla, vamos, el mundo ahora está mal. Sigo pensando en mi familia, que vive a una hora de lo que fueron las Torres Gemelas. Y por eso, para que sigamos adelante, porque es imperativo que sigamos adelante, tenemos que adoptar la filosofía del optimismo duro de Victor Frankel.

-¿En qué consiste el optimismo duro?

-Primero te pregunto, ¿por qué tuviste problema con el tema del optimismo?

-Porque creo que es más lo que justifica el pesimismo que lo que justifica el optimismo.

-Porque tenemos el terrorismo mundial desenfrenado, la pobreza mundial, el odio racial, tenemos muchas cosas que no ayudan mucho a creer en la humanidad. El problema es que cuando yo digo optimismo, tú piensas en flores y mariposas, sin ánimo de ofender a las flores ni a las mariposas. Yo en cambio, pienso en el verdadero significado del optimismo. Vamos a ver lo que significa la palabra en su raíz latina. Significa "el poder de ver lo máximo". Es la idea de poder ver todo el cuadro y no enfrascarse en los detalles, por más atroces que sean, y creer que esos detalles constituyen el cuadro.

Te voy a dar un ejemplo muy doloroso, que viene de Victor Frankel. El estuvo en el campo de concentración, y dijo a sus pacientes después de la guerra: si yo dijera que Auschwitz es el mundo, que para mí en aquella época lo fue, estaría cometiendo un error imperdonable, porque ello significaría el triunfo final de Hitler; aunque fuera mi mundo por más de tres años, no es el mundo y me niego a permitir que lo sea. De ningún modo hay que negar el dolor de los sufridos. Pero los detalles no son toda la humanidad. La humanidad puede ser y es más grande que eso. Tenemos el poder de "optimizar", de ir más allá de la visión estrecha de lo que nos sucede en el aquí y ahora.

No lo digo porque tenga una visión desviada a favor de la humanidad. Por el contrario, tengo una visión muy crítica hacia ella. Yo sé que en la querida Argentina hay una corrupción enraizada, parte de la cual es importada de mi país natal -EE.UU.- y parte es bastante autóctona. Pero Argentina también es un país que en los años '30, cuando comenzó la era de las dictaduras, empezó a dar al mundo de habla hispana una de las mejores literaturas del mundo, que tuvo tanta influencia que es reconocida en el mundo de habla inglesa, de donde vengo yo, como la mejor literatura del siglo XX. Argentina también fue Borges y Puig, y Alfonsina Storni, y Leopoldo Lugones y un sinfín de nombres. Es cierto, Argentina también es Menem, y es Perón. También mi país puede ser un payaso total como George Bush o un buen presidente como Carter y en cierta medida Clinton. EE.UU. puede ser un gran escritor como Ernest Hemingway y puede ser una idiotez como Madonna. Dudo que Madonna me esté leyendo, así que no me disculpo. Dudo que ella lea.

Cada país y cada pueblo tiene ambas facetas. Tristemente, como dijo Victor Frankel, por la pasividad de muchos de los buenos, la maldad puede triunfar. Pero la maldad no tiene por qué siempre determinar el curso de la historia. Cuando digo que tenemos que ser optimistas, no digo que tenemos que quedarnos mirando el cielo esperando el advenimiento de no sé qué salvación, sino adoptar una posición activa. No lo digo con ánimo de atacar a ningún lector cristiano. Ellos esperan la segunda venida de Cristo, nosotros esperamos la época mesiánica, los hindúes esperan el perfeccionamiento final de la Karma, del ciclo de reencarnaciones. Pero cualquiera sea su fe, el hombre puede practicar su religión de manera activa y humanista. Ello significa hacerlo no como Osama Bin Laden, y no como el Hamás, y no como Baruj Goldstein, y no como la Inquisición, sino como Martin Luther King, o como el gran jesuita Antonio de Vera que en el siglo XVII, en la cumbre de la Inquisición, se opuso a ella.

Para mis lectores ateos, me permito citarles las palabras de otro ateo que también se atrevió a ser optimista, incluso después de padecer la Segunda Guerra Mundial y de haber luchado en la resistencia, el gran filósofo ateo, para mí el más grande maestro del siglo XX, Albert Camus. El decía que no había que buscar en Dios el por qué de la existencia de la humanidad ni el por qué de la necesidad de ser moral. Dijo que el sólo hecho de estar vivos, sea cual fuere la causa, es suficiente razón para ser morales los unos con los otros.

Así respondía Camus a Jean Paul Sartre, a veces su amigo pero también su espina en el costado, que había dicho que la inexistencia de Dios quizás liberaba a la humanidad de la necesidad de ser morales. Albert Camus le dijo que no, que nada que ver. Agregó que el sólo hecho de que Sartre planteara eso significaba que el propio Sartre no estaba liberado totalmente de la creencia en Dios. Porque Sartre necesitaba a Dios para ser moral y Camus veía en la humanidad suficiente valor para ser morales, con Dios o sin él. Y en el caso de Albert Camus, era sin Dios.

-Así que ahora todos tus lectores tienen la obligación de ser buena gente, los que creen y los que no creen...

-Exacto. Y eso nos lleva a lo que es el optimismo, porque cuando hablo de optimismo hablo de gente como Albert Camus, como Victor Frankel y como Martin Luther King, que después de siglos de una esclavitud atroz y desigualdad, se atrevió a salir con una visión insólita de armonía e igualdad racial. Ya imagino al lector interrumpiéndome diciendo: "Sharona, te olvidaste que Martin L. King fue asesinado". No, obviamente no me olvidé, es un hecho que tengo siempre presente, pero como decía él mismo un día antes de morirse, pues no te olvides que él era consciente de todas las amenazas sobre su vida: Aunque yo llegue antes que ustedes a la Tierra Prometida -o sea el Paraíso en muerte-... El constataba que su visión seguía teniendo valor porque era la única posibilidad de que la sociedad sobreviviera.

-¿Pero el optimismo no es creer que todo va a andar mejor? Porque si es así, es mentira. No hay nada que nos permita constatar en la realidad que todo va a andar mejor o peor.

-Claro, es una tontería pensar así. Eso es lo que la mayoría de la gente interpreta que es el optimismo. El optimismo duro de Victor Frankel nos impone a todos la obligación de actuar para que la situación, cualquiera sea, mejore. Y eso no es una tontería: si la gente actúa las cosas sí cambian. El problema nuestro es que frecuentemente la actuación de la masa depende demasiado de la iniciativa de uno u otro líder. Y aquí voy a decir lo más importante. Los ciudadanos que tienen acceso a los medios de comunicación computarizados, que son nuestros lectores, que sepan que constituyen menos del 5% del planeta. Ellos, más que cualquier otro, tienen la obligación de diseminar un mensaje de civilización y armonía. Victor Frankel nos dice que cuando los ciudadanos actúan de modo activo para cambiar el estado de la sociedad, los cambios sí se logran, aunque sea a largo plazo. Y Victor Frankel sabía de qué hablaba. Te voy a dar un ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial, para los que dicen que después de Auschwitz no se puede ser optimista. Frankel dio el ejemplo en Alemania del líder de la oposición antinazi Willy Brandt. El estaba en la minoría durante la guerra. Pertenecía a una clase media alta intelectual alemana, y hubiera tenido toda la oportunidad del mundo de integrarse en los estratos de la elite del Tercer Reich, porque era exactamente el estamento social que Hitler quería que lo apoyara. Y la familia de Brandt no era antinazi. El sí lo fue, y acérrimamente. De joven, en sus años 20, organizó la resistencia antinazi en Berlín. Lo corrieron de Berlín y se fue a Noruega, donde organizó y encabezó la resistencia antinazi hasta el fin de la guerra. Después de la Segunda Guerra Mundial, Willy Brandt vuelve a Alemania comprometido a establecer otro tipo de Alemania. Algunos de mis lectores deben estar refunfuñando: "Sharona, ¿cómo no mencionas, si hasta lo leemos en tus clases, que hay neonazis también en Alemania?" Sí, gente, lo sé, como que se los mencioné yo. Con todo, hay que señalar que se trata de un fenómeno que, si bien hay que vigilar, está marginalizado. Willy Brand con su programa masivo de desnazificación de las escuelas alemanas sí tuvo éxito en arrancar el nazismo de raíz. Ahí podemos ver el mejor ejemplo: esto sucedió en Alemania, que fue la cuna del nazismo. No sucedió en otro país que no pasó por el proceso de desnazificación, que fue no menos aliado de los nazis, que es Austria. Por ende en Austria pudimos ver algo que no podemos ver en Alemania, que es cierto triunfo electoral, aunque sea también minoría, pero con importante representación parlamentaria, por parte del partido de George Haider.

Lo que hizo Willy Brandt es un ejemplo del optimismo duro del que estamos hablando. El no veía todo como un mundo hermoso y manso en el que se puede vivir entre florcitas y pajaritos. El, como alemán no judío y antinazi, sabía muy bien de lo que es capaz el ser humano, porque era también su gente la que perpetró esos crímenes. Y por eso el acto de su resistencia fue tan extraordinario. Pero Willy Brandt decía que así como tuvimos la capacidad infinita para el mal, también la podemos tener para el bien.

El otro día ví una película que ya he visto muchas veces, del gran director alemán Wim Wenders, que trata mucho el tema del racismo, aunque mayormente de modo indirecto, "Angeles sobre los cielos de Berlín" o "Las alas del deseo", según sea la traducción en cada país. Hay allí un momento extraordinario -bueno, cada vez que la veo noto otros momentos extraordinarios-, en el que un ángel caído a la Tierra, encuentra en el fango un papel desgarrado de algún periódico en el que ve, a través de una capa fina de excremento y barro que cubre la hoja, el titular: "Willy Brandt, muerto". Y el ángel dice: "Adiós, amigo mío". Eso me quedó grabado, porque ese hombre fue realmente extraordinario y mostró la cara angelical de la humanidad. Después estuvo muy involucrado en los primeros contactos entre israelíes y palestinos, creía ardientemente en el proceso de paz, y ese hombre también es Alemania.

-¿Qué querés decir en toda esta charla? ¿Ves, por ejemplo, una solución para la Argentina? ¿Qué les tiene que decir todo esto a los argentinos?

-Sería muy arrogante de mi parte pretender que tengo la solución para la Argentina. Lo que sí puedo decir a mis lectores argentinos, es que ya es hora de actuar de modo mucho más concientizado, por decirlo diplomáticamente, que lo normal. Lo digo porque también he notado un fenómeno entre muchos amigos míos argentinos, y quienes me leen lo van a poder notar también: hay un cinismo resignado, una tendencia a decir: "Así son las cosas y no hay nada que hacer, y si los políticos roban, la gente también roba". Está bien, los políticos roban en grande, pero no por eso hay que robar, sino no permitir que los políticos roben. Mira, Israel es un país con muchos robos. Lo que para mí redime el alma de Israel no es que falte corrupción, que la hay y mucha, sino la tendencia israelí a gritar. Ahora bien, cuando estoy esperando en la cola de un banco y los israelíes se ponen a gritar, créeme que detesto esa costumbre. Pero viéndolo desde el prisma del optimismo duro, de ver el cuadro general, prefiero el hecho de que en este momento los minusválidos están protestando ruidosamente por mejor trato y mejor subvención de los seguros nacionales. En la Argentina se hace, pero que no sea de modo atropellador. Porque en cuanto a los saqueos en los negocios, yo entiendo la rabia del pobre, pero lo único que van a lograr es conducir a más pobreza.

-Y a más represión policial, lo cual no es muy aconsejable en un país con el prontuario represivo de la Argentina.

-Sí, primero puede conducir a más represión policial a los propios ciudadanos, de lo que ya hubo antecedentes y puede tener consecuencias. Pero por otro lado, los "amotinados" no estaban logrando empobrecer al establishment, sino a la clase media baja, o sea a pequeños comerciantes que, de otro modo, tienden a simpatizar con su causa. Lo único que han logrado es que también los semi asalariados se les vuelvan en contra.

El problema aquí es la resignación, el decir que así es y así ha de seguir. En Israel tenemos corrupción, pero tenemos también periodistas "demasiado" curiosos y hasta personalmente repelentes, que se meten en la ropa interior de los políticos y sacan toda la cochambre afuera. Hay que criticar, y hay que hacerlo con un plan, no criticar por criticar nomás.

-El judaísmo, ¿qué dice de este tema del optimismo?

-¿Te parece que Victor Frankel no era judío?

-Está bien, esa es una fuente moderna. ¿Cómo vería este tema, por ejemplo, un tipo que ha sufrido la Inquisición?

-Muy bien, entonces vamos más atrás. Seguramente conoces al profeta Isaías, del que últimamente ha salido una teoría muy interesante, según la cual se trataría de las profecías de dos profetas de nombre Isaías. Sean gemelos o una sola persona, ambos expresaron el mismo compromiso con la idea del compromiso duro.

Isaías vive después de la destrucción del primer reino, el reino de Israel, una época que va entre el 700 y el 500 antes de la era común. Las Diez Tribus Perdidas, más allá de teorías trasnochadas, ya habían sido con toda probabilidad aniquiladas, que era lo normal en la época. Los asirios habían sido horriblemente crueles. La envergadura del trauma estamos hablando de algo comparable con el Holocausto o más, porque en la Shoá fue exterminado un tercio del pueblo, y con la destrucción de Israel lo fue la mitad.

El profeta Isaías se enfrentaba con una situación de destrucción y desesperación totales. Hubiera sido muy entendible si en lugar de haber vislumbrado un futuro bueno para su pueblo y para toda la humanidad, hubiera despotricado contra los asirios, babilonios y todos los pueblos que habían hecho agravio contra el pueblo de Israel. ¿Qué hizo en cambio Isaías? Hizo lo que constituye no sólo un ejemplo de optimismo duro, sino de la grandeza de carácter que se necesita para ser un optimista duro.

El dice: yo voy a lamentar las muertes y la injusticia, y de hecho los libros de Isaías están rebosando de endechas, lamentaciones para los muertos. Pero Isaías se atreve a ser el primero en expresar la visión mesiánica. Se atreve a proponer algo que no había sido propuesto antes para toda la humanidad. Porque él habla de "kol hagoim", todas las naciones, y no solamente los judíos. Dice que es posible llegar a la época en la que el león y la oveja jueguen juntos y las naciones conviertan sus espadas en arados y no se entrenen más para la guerra, toda la famosa cita bíblica.

¿Qué vamos a decir? ¿Que Isaías fue un tonto? No lo fue. Isaías estaba observando la humanidad en sus aspectos más brutales. No hay que romantizar a la humanidad y pensar que nos convertimos en monstruos recién en el siglo XX. Lo cierto es que ya éramos monstruos mucho antes. Isaías veía una situación de cautiverio y hundimiento nacional sin parangón para aquella época. Y su respuesta no es la venganza sino la justicia. Y no sólo eso: él va más allá de la justicia sólo para el pueblo judío, expandiendo la visión para bien de todas las naciones, incluidos los terribles asirios. El no quiere absolver a los asirios que habían destrozado el reino de Israel, pero no los quiere destruir. Sí quiere que se haga justicia contra quienes cometieron el agravio, pero la visión es que un día también los asirios y los babilonios, entre las demás naciones todas, se vuelvan más humanos y cesen las guerras.

-Todo muy bien, pero haciendo la salvedad de que él está llamando a todos los hombres a trabajar activamente para que esa época mesiánica llegue, y no la idea de que Dios mandará a un mágico Mesías que resolverá todo el estofado por medio de milagros. Aquí chocan dos visiones antagónicas de lo que es el Mesías dentro del judaísmo.

-Muy bien, es que como tú dices, la visión bíblica de Isaías no es la visión ortodoxa de lo mesiánico. La visión ortodoxa tiene más que ver con la Halajá (la Ley Oral, reunida en el Talmud) que con la Biblia. La Halajá es muy posterior a la Biblia, se empezó a escribir recién en el siglo I de la era común. Yo soy judía bíblica, no halájica. El judaísmo ortodoxo no es el judaísmo original, sino una versión posterior.

-Está bien, estás cometiendo una herejía pero allá vos.

-Lo hago sólo contigo y en secreto, sé que no me vas a mandar a la hoguera. Lo cierto es que Isaías no sólo llama a una participación activa en la construcción de un mundo mejor y más justo: lo exige. Dicta una serie de normas humanas para actuar. Y fíjate, y que se fijen nuestros afligidos amigos en la Argentina, que nuestros profetas, que tienen estas visiones tan extraordinarias para toda la humanidad, empiezan siempre por denostar a los políticos, a los príncipes y reyes, precisamente por robar al pueblo. Mira el ejemplo de Jeremías, que profetizó una destrucción que fue más traumática porque implicó a Jerusalem y al Primer Templo, destruido en el 586 aec. Jeremías creía en la redención, pero creía que la redención llegaría cuando el pueblo se portara mejor, y comienza por fustigar a los príncipes y reyes que robaron los sagrados instrumentos del Templo para mancharlos en la cocina del rey. Si quieren una buena metáfora de lo que están haciendo varios gobiernos en los países de los lectores, ahí la tienen. Jeremías no hunde al pueblo en la depresión y en la congoja autocompasiva. Les dice: "Sí, gente, las cosas tienen que cambiar. Empiecen por transformar vuestro comportamiento".

Que quede bien claro, cuando aquí hablamos de robo como modo de hundir un país, yo lo veo también aquí en Israel. Con todas las penurias sociales y económicas, les cuento a mis lectores que todos los parlamentarios israelíes, incluidos los de Meretz y los de Jadash, el partido comunista, ¿en qué se pusieron de acuerdo? ¡En aumentar sus sueldos! O sea que hay otros robos que también suceden aquí en Israel.

Estos profetas nos estaban diciendo que la solución venía de nosotros mismos. Si Dios manda el Mesías o inicia la época mesiánica o, como creen nuestros lectores cristianos, llega por segunda vez Cristo, o si reaparece Krishna para los hindúes, o para mis lectores mayas, si Ku Ku Kan reestablece su reino en el cielo, no es que no importe, pero en este momento es irrelevante, porque hay cierto modo de actuar que tenemos que adoptar primero: exigir justicia a los demás, pero también ser justos nosotros. Porque los que saquearon en la Argentina, que más allá del jefe de familia pauperizado, al que no critico, fueron agitadores que se llevaron árboles de Navidad y otros artículos que no tienen nada que ver con la pobreza, lejos de criticar el modelo para proponer otro, se plegaron a él.

En el mismo sentido, el caricaturista argentino Mono Mario publicó una caricatura en la que parodiaba el atentado en las Torres Gemelas. El avión volteaba el obelisco, y en lugar de caer éste sobre la gente, caía sobre los políticos. Los lectores se deben haber regocijado, y yo también lo hice. Mono Mario, si me estás leyendo, gocé con tu caricatura, pero también tengo una crítica para ti... mejor dicho, para vos. No propusiste otra alternativa. Eliminas a la clase política, muy bien. ¿Y? ¿Quién asumirá el poder? ¿Crees que la gente es naturalmente bondadosa? Yo no. La gente es bastante salvaje, los políticos al fin y al cabo, son gente igual que más o menos todo el mundo.

-Bueno, Sharona, no sé si es la función de una caricatura proponer alternativas y modelos, es ir demasiado lejos.

-Está bien, pero la caricatura en sí se inscribe en una actitud general de quejarse sin pensar en un modelo constructivo para crear. Cuando hablamos del optimismo duro tenemos que pensar en eso. Un gran escritor argentino, Ernesto Sábato, cuando criticaba al régimen militar y las olas de corrupción durante y después, también propuso cambios constructivos para todo el sistema de bienestar social argentino que, si hubieran sido implementados habrían conducido a un cambio.

Bono, de U2, cuando lleva a su fabuloso conjunto de rock de beneficencia exigiendo que el FMI borre gran parte de la deuda externa, que es ficticia, del Tercer Mundo, él está haciendo algo concreto. Si la Argentina como país exigiera eso, sería otra cosa. Pero la mayoría de los argentinos no exigieron nada.

La mayoría de los israelíes tampoco exigen nada. Con 280 mil desocupados en el país (cerca de un 9% de la fuerza laboral), fuera de dos periodistas que ya son conocidos por ser ácidos, uno se llama Kobi Barkai y la otra es nacida en la Argentina, Ilana Dayán, nadie criticó el autoaumento de los parlamentarios.

En cuanto a EE.UU., después de lo que pasó, salvo los neoyorquinos, que están muy despiertos, el resto del país está absolutamente dormido, como el resto del mundo.

Deberíamos militar en organizaciones que enfatizan la defensa de los derechos humanos, como yo milito en Amnesty International (sólo lo digo para que no se diga "y por casa cómo andamos..."), o en agrupaciones ecologistas, o por la igualdad económica, que hay muchos grupos. Si cada persona hiciera algo, mucho cambiaría. Nelson Mandela fue liberado por Amnesty International gracias a miles de cartas de ciudadanos particulares escribieron a lo largo de más de 20 años. Pero Nelson Mandela también llevó a cabo una transformación en Sudáfrica, con todos los problemas nuevos allí. Erradicó la maldad del Apartheid y ahora tiene que hacer lo mismo con el crimen violento y la pobreza.

Las acciones de la gente tienen valor, pero en especial a largo plazo. Los hippies en los años '60 se equivocaron pensando que al ser optimistas a corto plazo iban a cambiar el mundo. No fue así. Pero el movimiento contra la guerra de Vietnam sí despertó la conciencia de los norteamericanos, plantando las primeras semillas de duda con respecto a todas las acciones violentas que emprendemos los yanquis por el mundo.

-¿Pensás que el pueblo judío se ha comportado a lo largo de la historia de un modo optimista duro?

-Sí, definitivamente. De otro modo, por ejemplo, no estaríamos aquí. El ejemplo de la creación del Estado de Israel después del Holocausto es tan evidente que casi no lo tengo que dar. Pero rápidamente digamos que la determinación del pueblo de crear su estado, y de hacerlo precisamente después del Holocausto, lo que sin él hubiera acontecido probablemente cien años después, es algo que respeto de Ben Gurión, aunque le tenga bronca por otras razones de índole económica. El dijo: justo en el momento en que estamos peor, es cuando debemos seguir adelante. Y también aprecio su determinación de elegir la estrella de David -o, como lo llamamos los sefardíes, el sello de Salomón- como símbolo del estado, después de haber sido usado como símbolo de ignominia durante la Segunda Guerra Mundial. Eso es optimismo duro. Ojalá nuestros primos palestinos -y ojalá haya alguno que lea español- entendieran que suicidarse no es el modo de construir un país, que el pueblo palestino tiene todo el derecho de vivir por la independencia y no morir por ella, que el suicidio no es la meta. Ser optimista duro, para el palestino, sería sentarse y hablar con los israelíes, yo sé que no son fáciles, vivo con ellos, pero los palestinos deben hablar porque quieren conseguir la independencia. ¿Los suicidios qué logran a nivel real? Logran endurecer tanto la opinión pública israelí que reducen a cero la posibilidad de que haya un estado palestino. Lo que venden el Hamás y la Jihad Islámica es la desesperación, no el optimismo duro.

Si nos vamos más al pasado, dos hechos a mencionar son la Inquisición...

-Perdón, pero antes de la Inquisición, ¿sería muy loco pensar, en esta misma línea, que la destrucción del Segundo Templo dio lugar a la producción del Talmud?

-Sí, sería muy loco... Bueno, no, en realidad sí.

-Lo que pasa es que como sos judía bíblica y no talmúdica, preferís descartarlo.

-Claro, tienes razón, y está bien que lo menciones, porque de verdad, si no fuera por la destrucción de Jerusalem en el 70 ec, no se habrían fundado las grandes academias de Babilonia, así que Marcelo, has dado en el blanco y es cierto que tengo un problema personal con el Talmud, así que ponlo en la nota. Lo cierto es que realmente se fundaron 10 academias de estudio halájico en Babilonia, no importa que a mí no me guste la Halajá.

Pero pasando a lo que a mí más me apasiona, entre los siglos XVI y XVIII se producen 300 años de Inquisición, tortura, desapariciones y matanzas en el mundo sefardí y ashkenazí. Vemos en esa época tan tenebrosa un florecimiento de filosofía judía que fue de lo más sublime. No siempre fue aceptada por las autoridades clericales judías, tanto ashkenazíes como sefardíes, pero qué nos importa. ¿Quién diantres recuerda quién fue el teólogo estúpido que se opuso a Spinoza? Nadie. Si alguien me puede decir quién fue, en el mundo ashkenazí, el tonto que descartó las ideas de Moshé Hess, le doy un premio, pero nadie lo recuerda. Sí se recuerda a Spinoza y a Moshé Hess, miembros de comunidades judías que habían sido víctimas de atroces persecuciones.

Moshé Hess vivió en Alemania a mediados del siglo XIX. La comunidad alemana no había sufrido pogroms en carne propia como la polaca, pero vivía en una situación de encierro bastante oprimente. Después de una historia tan tétrica, Hess se atrevía a decir, en una carta que le mandó a Karl Marx, que él como judío ortodoxo -él sí era judío halájico- creía que se podían fusionar perfectamente la visión de justicia social de la Biblia con la socialista de Marx para crear un mundo mejor para todos. No habló con ningún chauvinismo judío. Moshé Hess veía en la venida del Mesías -y él sí creía en un Mesías de carne y hueso- algo para toda la humanidad. Yo creo que Marx no entendió la generosidad de Hess, porque Marx quería que Hess se adecuara a la imagen del judío provincial y chauvinista, y resultó que le salió con una visión más contundentemente socialista que la suya. Sabemos que por eso Marx apreciaba tanto a Moshé Hess. Era uno de los pocos pensadores judíos con quienes Marx podía mantener un diálogo, a pesar del autoodio de Marx.

En Spinoza tenemos un ejemplo aun más contundente de optimismo duro. No te olvides que Spinoza fue víctima de uno de los más aciagos boicoteos que ha sucedido en la historia judía toda. Lo cierto es que la mayoría de la gente que critica a Spinoza no sabe qué escribió.

Spinoza no fue ateo. Lo que él decía en su libro Los Tratados era que la grandeza de Dios era tal y su presencia en el mundo era tan extraordinaria que trascendía los límites de cualquier escritura sagrada. Eso no es ser precisamente ateo. De hecho no lo fue. Fue lo que llamamos panteísta: veía a Dios en todo. Y fue el primer pensador judío que propuso para el pueblo la opción de restablecer su hogar nacional en su sitio histórico. Es decir que, a pesar de haber sido excomulgado y aislado por la gente más obcecada de su propia comunidad, se atrevió a soñar con una solución que englobara a su pueblo y, al fin y al cabo, al mundo entero. Porque Spinoza fue también uno de los primeros filósofos que postuló la necesidad de desvincular la religión del estado. No para destrozar la religión, sino para garantizar la libertad de todos los credos.

Ahora bien, Spinoza decía todo esto en tiempos en que la Inquisición quemaba a gran parte de Sudamérica y del sur de Europa. Moshé Hess escribía en una época en que Europa estaba sumergida en una serie de guerras interminables, que solamente incrementaban la pobreza y las desigualdades. Y ambos pensadores tuvieron la osadía de decir, después de los pogroms y de la Inquisición: no tomamos venganza, nuestro aporte es, justamente a causa de los pogroms y de la Inquisición, no soñar sino diseñar un porvenir mejor para la humanidad.

Y con eso me gustaría terminar, recordando las palabras de un gran escritor judío, también sobreviviente del Holocausto, Elie Wiesel, que decía que el mayor desafío para el pueblo judío no es solamente salir de Auschwitz, sino salir de Auschwitz con los valores judíos incólumes.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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