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Cambia, todo cambia

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2003-08-06 13:46:05
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Cambia, todo cambia

Las clases de Sharona
Por: Sharonah   Fredericko
Marcelo   Kisilevski

El Éxodo de Egipto, el Holocausto, las religiones, Yeshaiahu Leibovich, San Martín y Bolívar, nos ofrecen verdaderos campos de prueba en los cuales ejercitar nuestra actitud ante los cambios que nos ofrece o nos impone la vida. En nuestro poder está ver los cambios como castigos de los que somos eternas víctimas, o bien desafíos que vuelven nuestra vida más interesante, creativa y plena.

-Sharona, estuve leyendo un libro maravilloso.

-¡No me digas nada! ¡Abriste por fin la Biblia!

-No, todavía no. Se trata de "¿Quién ha movido mi queso?"

-Oh, de Spencer Johnson. ¿Qué te parecen las dos ratitas adorables?

-Ah, me he quedado enamorado de ellas. Y eso que a mí las ratas no me atraen especialmente. Pero lo que me quedé pensando es que ese tipo de filosofía, sobre cómo enfrentar el cambio y el futuro que presenta el libro, ya debe haber sido inventada por otra gente, ¿no?

-Sí, como ocurre con la gran mayoría de los "descubrimientos" yanquis. Pero hay que darles a los yanquis el crédito. No se preocupen mis lectores, no me he puesto la camiseta de Bush ni mucho menos. Pero la grandeza de muchos psicólogos en Yanquilandia no es tanto inventar como sintetizar. A veces es cierto, como lo dicen los británicos despectivamente, que los norteamericanos enuncian lo obvio. Pero a veces hace falta enunciar lo obvio.

-¡Oh, cuánta verdad hay en lo que dices!

-Este tipo Spencer Johson, que es un psicólogo conductista bastante humanista hizo bien en señalar que hoy en día que es un tiempo de tanto cambio que es espantoso, el ser humano está más horrorizado que nunca frente al cambio, y super vulnerable. En el libro que mencionas, recuerdo el tramo donde una de las ratitas que ha perdido su queso y que por primera vez debe mover su traserito para encontrarlo, está corriendo por el laberinto y está mal, acongojado, tiene miedo. Y la descripción es hasta conmovedora. La ratita tiene miedo de no volver a encontrar jamás nuevamente su queso, que es una obviedad, pero es un miedo que todos aquellos que hemos buscado trabajo hemos experimentado. En algún momento, la ratita escribe en la pared: "¿Cómo reaccionaría yo si no tuviera miedo?" Y si bien es enunciar lo obvio, vamos a decirles a mis queridos primos británicos: ustedes no lo dijeron y los yanquis sí, y hacía falta decirlo. Es un ejercicio mental increíble: ponerte a anotar las cosas que harías si no tuvieras miedo, y ahí darte cuenta de cómo el miedo te está limitando.

Seguramente recordarás las fiestas del Milenio, de cómo las critiqué, quedando como una aguafiestas. Hoy tengo orgullo, porque dije que me parecían una porquería, un despilfarro de dinero que se podría haber utilizado para la educación y la salud y que sentía que el mundo tenía un montón de problemas irresueltos que iban a estallar en el nuevo milenio. Ojalá me hubiera equivocado pero tuve razón. Porque el ritmo de cambio que enfrenta hoy en día el ser humano es casi imposible de resistir.

Pido a mis lectores que intenten recordar cómo era la vida antes del celular y del e-mail. Hoy en día no podemos imaginar la vida sin el correo electrónico y ustedes nos están leyendo gracias al Internet. Con cada invento, se ha dicho que el mismo resolvería el problema del agobio y el estrés, y que facilitaría la vida. Eso nunca pasa, porque estamos tan agobiados y estresados que cada nuevo invento sólo agrega una gota más al vaso. Pero somos seres extraños, porque todos decimos que queremos el cambio, pero al mismo tiempo –y me incluyo- le tenemos un miedo atroz.

-¿Cómo ve el judaísmo el cambio?

-De un modo muy ambivalente. No tiene una actitud del todo positiva ni del todo negativa. Pero digamos que cambiar por cambiar también es una tontería. El judaísmo te exige que tengas alguna base para cambiar. Es decir, que tengas una base de valores inmutables, y eso sí me parece excelente. Porque si tus valores también son recambiables, entonces eres una persona muy cínica y puedes llegar a cualquier extremo de depravación moral. Donde me parece que el judaísmo, como cualquier otra religión, sí falla, es en la fosilización de la costumbre como obstáculo para el cambio. En este sentido, nuestros amigos católicos saben que la Iglesia Católica también se ha destacado en eso. Piensen, si no, en los católicos norteamericanos que están escandalizados por el episodio de las desviaciones sexuales de los curas en Estados Unidos. La Iglesia, lamentablemente, apareció intentando tapar el hecho de que curas graduados en instituciones prestigiosas acosaran sexualmente a niños en las escuelas católicas. Hubo católicos que gritaron que querían un cambio y hubo otros que quisieron tapar el asunto. Y así como el ala que propone el cambio siempre son los más intelectuales y los más sospechosos, o sea obviamente los jesuitas, también en el judaísmo, aquellos que proponen cambios radicales son cruelmente hostigados.

-La Torá es una historia de cambio. La salida de Egipto es tomar la vida en las propias manos, buscar el cambio, y a la vez enfrentarse a lo desconocido.

-Sí, tomemos el episodio en la Biblia en el que Moisés y los Hijos de Israel están por cruzar el Mar Rojo, y tienen miedo del mar. Si lo interpretamos filosóficamente, está claro que enfrentarte con un mar de posibilidades es espantoso, y nadie tiene la valentía de tirarse primero. Ocurre una cosa significativa: Moisés tampoco la tiene. Finalmente lo hace alguien llamado Najshón, y desde entonces, en hebreo cualquiera que abre la brecha se lo apoda el "Najshón del grupo".

Es muy significativo: durante los cuarenta años en el desierto la actitud de los hebreos es de recelo y renuencia al cambio. Odian a Moisés por haberles obligado a cambiar. No es que estuvieran bien en Egipto. Eran esclavos, y si bien no eran tratados como trató Hitler a los judíos en Alemania nazi, y la esclavitud en poder de Ramsés II distaba mucho, en términos del mundo antiguo, de ser lo peor, era esclavitud al fin. El pueblo de Israel quería volver al estado de cautiverio porque carecían de lo que Moisés les intentaba obligar a tener: poder de elección sobre qué hacer con la propia vida.

Tanto se oponen al cambio, y tantas rebeliones le hacen, que finalmente obligan a Moisés a decir algo que en mi juventud no entendí y que después hasta acepté: que ninguno que haya nacido en la esclavitud entrará en la Tierra Prometida. Si lo tomamos al pie de la letra es hasta despiadado: ¿cómo vas a negar a la gente que nació en la esclavitud ver el anhelo de su vida? Pero visto a nivel más filosófico tiene razón: esa gente no tiene la mentalidad necesaria para aceptar el cambio.

¿Qué era, si no, el becerro de oro? Pues una constatación gigantesca de la resistencia al cambio. ¿Me sacaste de la esclavitud? Pues yo vuelvo a mis antiguos dioses paganos egipcios. Por más que en Egipto me quejaba y rogaba a Dios que me salvara, ahora que estoy a salvo vuelvo con mi alma a la seguridad y la certidumbre de la esclavitud y sus dioses. Y los dioses de la esclavitud vienen conmigo en esta travesía: yo no he dejado Egipto.

Ahora bien, yo creo que eso es muy humano. Yo no estoy juzgando al pueblo. Pero no es casual que Josué fuera el único de los nacidos en Egipto que sí entró en la Tierra Prometida. Moisés tuvo una familia de porquería. No podía confiar en Aharón, su hermano el sacerdote, que se había rendido a las presiones del pueblo y había ayudado a fabricar el becerro de oro; tampoco podía confiar en sus hermanos ni en sus hijos. Josué era el único que le fue fiel en todas las circunstancias, el que estuvo dispuesto a cambiar. Resulta ser el único ex esclavo y el que conduce el emprendimiento.

Josué propone el cambio, pero aunque suene feo, lo puede hacer solamente cuando toda la generación anterior está muerta. Pero si lo llevamos junto con el Rambam, Maimónides, que propone una lectura filosófica y simbólica de la Biblia, yo creo que aquí hay un mensaje muy relevante: para que el cambio verdadero suceda, tenemos que desprendernos de una vez y para siempre de ciertas actitudes que nos esclavizan. Y es muy difícil, porque estamos atados a esas actitudes, porque ellas son las que nos dan la coartada para todos nuestros fracasos. Imagínate no tener coartadas ni excusas, y tener que enfrentarte con tus propios fracasos. Para ello, tus antiguas coartadas, tus viejos modos de ver el mundo, tus preconceptos esclavizantes, tienen que morir.

-Vamos a ver un ejemplo.

-Por ejemplo, si alguien se ve como víctima. Ojo, hay gente que es víctima de verdad, pero que no se ven como tales. Victor Frenkel, el magnífico escritor que fue sobreviviente del Holocausto, pasó los sufrimientos más inconcebibles en los campos de concentración, pero nunca se vio como víctima sino como sobreviviente. Hay una gran diferencia. Elie Wiesel, escritor y filósofo, se vio siempre como sobreviviente del Holocausto y no como víctima. Me causa muchísimo dolor no poder decir lo mismo de Primo Levy, que también sobrevivió a Auschwitz, porque al final de su vida sí se vio como víctima y por eso terminó suicidándose. No estoy juzgando a Primo Levy, me parece uno de los escritores más magnos del mundo judío, y no voy a juzgarlo a él ni a nadie que se haya suicidado después del Holocausto, porque fue conocer y sufrir lo más depravado. Pero lo que hizo Victor Frenkel fue tomar el peor de los sufrimientos humanos, del que ni tú ni yo ni nadie que nos lee tiene idea, y lo encauzó hacia la educación, hacia la iluminación intelectual de los demás seres humanos a fin de mejorar la situación general del mundo. Victor Frenkel es un ejemplo magnífico del poder del pensamiento positivo frente al desastre. Pues Victor Frenkel sí sufrió, no estoy de acuerdo con los de la New Age, que sostienen que todo lo que te pasa es porque tú lo decides. Ni Frenkel ni nadie decidió estar en campos de concentración. Porque el pensamiento positivo te da el poder de cambiar, te da la fuerza para enfrentar y superar esos desastres. Y eso fue lo que hizo Frenkel.

Frenkel fue un hombre con muchísima compasión por toda la humanidad, y sin una pizca de odio por los alemanes. No era un "buenudo" que amaba a sus verdugos. Al contrario, luchó para que la gente reconociera los crímenes nazis y para que eso no sucediera más, reeducando a la gente para que el fenómeno del nazismo no se pudiera repetir.

Ahora bien, Victor Frenkel no sólo incorporaba el cambio a su vida sino que buscaba el cambio, porque veía la situación del mundo entero como muy podrida. Creo que si pudiéramos resucitar al profeta moderno Victor Frenkel, seguramente lloraría. Lloraría, pero no se desesperaría, porque nunca se desesperó, por mucho que lloró. Sabía que el cambio verdadero es un proceso muy, muy lento.

Vienen a mi mente las palabras de uno de mis héroes, Simón Bolívar, pronunciadas en un momento de desesperación comprensible. Dijo que todo el compromiso de su vida, de liberar a América Latina, de crear una confederación de pueblos, terminar con el triple yugo de la tiranía, la ignorancia y la pobreza, había sido en vano, que todo estaba perdido, y que se sentía como si hubiera arado en el mar. Son palabras muy duras.

Mi otro héroe, José de San Martín, jamás dijo una cosa así. Porque San Martín tuvo una actitud mucho más realista frente al cambio. Luchó y liberó no menos que Bolívar, y tuvo que enfrentar lo más duro, quizás más duro que la muerte prematura sufrida por Bolívar: el exilio en Boulogne Sur Mer, en la casa de su amigo Alejandro Aguado, un judío cubano –para nuestros lectores cubanos- que lo mantenía en Francia, rodeado de plantas sudamericanas, porque extrañaba. Pero él no se desesperaba, decía que entendía que él había sido el principio de un proceso, y que terminar con una porquería de 350 años de duración, a saber el imperialismo español, no se podía lograr en 12 años. O sea, no se sintió fracasado, y marcó el rumbo, fue el adalid de la liberación sudamericana y de los derechos universales. Sólo que, a diferencia de Bolívar, por no subir a la cima de la euforia, tampoco cayó al abismo de la congoja. Como Moisés, de quien es, quién sabe, la reencarnación. Porque a pesar de tener un temperamento a veces muy ardiente, nunca estuvo ni súper alegre ni súper acongojado. Podía sentir tristeza, pero nunca llegaba a extremos.

¿Qué es lo que quiero decir aquí? Que si hablamos de cambio, los que abrieron un verdadero camino, gente como Moisés, como San Martín, como Victor Frenkel, como Martin Luther King, todos eran gente que sabía esperar, y tan generosos que sabían que los frutos de su búsqueda y de su lucha quizás no los verían en vida. Y tenemos que pensar en nuestras vidas. Somos todos muy egoístas: si no vemos los frutos, no hacemos nada. Queremos todo instantáneo.

Una amiga china me decía que los occidentales estudian las artes marciales de un modo equivocado, pues piensan que en un año van a poder dominar el kung-fu, el ike-do y el tae-kwon-do. No es así. Si los monjes budistas dedican 50 años a perfeccionar una sola técnica, ¿cómo esperamos dominar todo en un año? A veces el occidental busca el cambio por el cambio mismo.

-Bueno, pero si hablamos del extremo del cambio frívolo, también tenemos que hablar del otro extremo, el del rechazo violento a todo cambio.

-Sí, esto es lo que ocurre concretamente, más que en ninguna otra cultura, en el mundo musulmán, que rechaza el cambio a cualquier precio. Hay muchos musulmanes moderados que no. Pero hay una corriente nociva en gran parte del mundo musulmán. Se ve en los ejemplos de Osama Bin Laden, que fue subvencionado por norteamericanos y al final los terminó matando. Una corriente fundamentalista que intenta reestablecer un sistema coránico de acuerdo con su visión particular, pero que no responde a lo que en realidad se daba en la era dorada del islam. El islam fue la religión que estimulaba las ciencias en tiempos en que el catolicismo en su época oscura las reprimía. Pero alguien como Osama Bin Laden, o el régimen de Irán, ven en el cambio una amenaza al orden establecido del islam tal como lo conciben ellos. Y ahí muchos intelectuales hindúes han señalado algo que es muy doloroso para el mundo musulmán pero que es una píldora que hay que tragar. El hinduismo supo aceptar mejor el modernismo que el islam. El hindú, que es una persona insuflada con su fe y sus creencias en todos los dioses, en el dios padre Brahma, en Vishnu, en Krishna, en Shiva, supo mantener su fe, sus hermosos templos y sus primorosas esculturas de dioses con cuarenta mil brazos, y también entrar en un mundo tecnológico, tener mucho éxito, construir las ciudades de high-tech más exitosas de Asia, y seguir siendo totalmente hindú. Y el trabajador de high-tech en la India termina trabajando en su proyecto y va al templo para encender el incienso para que el dios Shiva le dé la fuerza para tener éxito en ese proyecto, y vuelve a su trabajo. Pero en ningún momento lo ve como un conflicto entre civilizaciones. Se puede ser gente de fe y aceptar el cambio. En eso el mundo musulmán ha fracasado horriblemente. Y digo esto como una judía que critica mucho a su propio pueblo, así que pido a los musulmanes que nos están leyendo que hagan un poco de autocrítica también.

-Pasando, pues, al judaísmo, y más allá del Éxodo, que es en sí mismo una historia de cambio, ¿hay alguna expresión de la oficialidad rabínica acerca de cómo ver el cambio?

-Sí, claro. Mira, es muy irónico que hoy en día el Talmud se haya convertido en la fuente de leyes que petrifican la vida social. Por ejemplo –y perdonen los lectores ortodoxos, pero eso sí está en el Talmud-, que una mujer que muere en el parto es por haber tenido relaciones sexuales durante la menstruación. Es interesante que a su esposo no le pasa nada, pero ella muere merecidamente. Es algo muy primitivo. Lo irónico es que el Talmud, escrito entre el primero y el sexto siglo de nuestra era, fue en su contexto un intento de modificar la ley bíblica para adaptarla a la nueva realidad en Babilonia. Digo que hay que estudiar el Talmud; no creo que tenga que regir mi vida como judía creyente que soy, con leyes que fueron expresamente diseñadas para adaptarse a la realidad de la Babilonia pagana del quinto siglo. Ojo, que la Babilonia pagana era un jolgorio, decididamente era mucho más divertida que la Bagdad de nuestros días. Pero fue frente a esa Babilonia pagana que fueron diseñadas leyes que permitieran mantener el judaísmo. Allí lo visual era muy fuerte, se veían los dioses a todo color, y el judío corría con debilidad por no poder ver al suyo. Contra eso debía desarrollarse una filosofía atractiva con normas de acción concreta que visualizaran un tanto el contenido monoteísta. Vale, no hay problema. Pero hoy en día no puedes venir a decirme que si me caso no puedo divorciarme si mi marido no quiere, sólo porque en el Talmud está escrito que si mi marido no me concede el derecho de divorcio, el famoso "guet", tengo que estar "anclada". No estoy hablando así nomás. En Jerusalem hay más de 300 mujeres denominadas " agunot ", literalmente "ancladas". Sus maridos las dejaron, se fueron en la mayoría de los casos al extranjero, a los rincones más recónditos del Amazonas, pero no se molestaron en concederles el divorcio, por lo que ellas no pueden reiniciar su vida, por una norma convertida en ley del estado. Entonces, algo que sirvió en su momento como herramienta de cambio en otro momento, hoy en día actúa como impedimento. Si me lo preguntas, creo que el judaísmo, hasta la época de Spinoza, supo adaptarse. En cambio, la ultraortodoxia judía de hoy es nuestra versión del fundamentalismo musulmán.

-Alto ahí. Yo tengo una palabra de defensa para nuestros hermanos ultraortodoxos.

-Está bien, pero que no sea más que una, no vaya a ser que te censure...

-Es cierto que ellos intentan presentarse como el judaísmo más tradicional cuando en realidad son uno de los fenómenos más modernos de la historia judía. Pero cuando la ultraortodoxia nace en el siglo 18, lo hace como reacción, como adaptación a una realidad adversa, como un reconocimiento del cambio y como cambio en sí. Tanto la forma jasídica –en sí misma una revolución-, más mística y afectiva, como la forma lituana, más racional y erudita, se transforman en "jaredim" reaccionando, por un lado, a la asimilación propuesta por el Iluminismo europeo, y por otro a formas judías modernas como el reformismo y el sionismo.

-Lo que dices es muy cierto. Pero creo que si hoy en día pudieras resucitar al Baal Shem Tov, el padre del jasidismo, estaría horrorizado al ver las actitudes tan antihumanistas y tan intolerantes de gente que actúa en su nombre. No creo que quisiera que judíos que lo siguen tiraran piedras a judíos que siguen otra corriente u otro estilo de vida.

-Disculpame, Sharona, pero los sigo defendiendo. Los jasidim decían que no hacía falta ser un erudito de la Biblia y del Talmud para ser un "tzadik", un justo a los ojos de Dios...

- ...Y hoy son los más obsesionados con el Talmud.

-Sí, pero ellos no decían que no había que estudiar Torá y Talmud. Al contrario, decían que solamente si la pobreza impide estudiar, tenemos que acercarnos a Dios por otro lado. Pero si la situación económica nos lo permite, sí podemos y debemos estudiar. Y por ende volvieron a cambiar, tanto en Israel como en Estados Unidos y sí se volcaron al estudio cuando las circunstancias lo permitieron. O sea que ellos sí van cambiando. Y además van cambiando con la tecnología. Son de los que mejor utilizan la computación e Internet para difundir la Torá.

-Estás mencionando todo lo positivo, pero te olvidas del punto que más hay que destacar. Está muy bien que acepten el cambio, pero el problema es cuando intentan congelar a todo el resto de la sociedad en su modelo. Y en Israel imponen leyes que obstaculizan el fluir de la vida normal para los demás judíos. Porque solamente en nuestro querido Estado de Israel, un judío conservador, si ha sido convertido por un tribunal rabínico conservador (israelí), no es aceptado como judío aquí. Es algo que no les cuenta el shelíaj en la Sojnut, pero se los cuento yo, porque así es la ley. Solamente aquí, si una pareja se casa en Israel por ceremonia conservadora o reformista no están casadas. Y si una persona se convierte al judaísmo aquí en Israel –no en el exterior- por el conservadurismo o el reformismo, no es considerado judío aquí.

-Se me acabaron las defensas.

-Te gané. O sea que en la medida en que se trata de una corriente que va teniendo su propia evolución, todo bien. Pero cuando esa corriente intenta imponer su voluntad a todo el resto de la población, entonces sí estamos ante nuestra propia versión de Osama Bin Laden. Y soy de Nueva York, a no creer que comparo a la ligera. Y lo reafirmo. Porque así como Bin Laden mató a sus miles de un golpe, esa gente ha matado a miles por no aceptarlos en el judaísmo, al destrozar muchas vidas de gente que tuvo que irse del país. Como el caso de chicos de madre sueca (cristiana) y padre israelí (judío), nacidos en un kibutz, una de las máximas realizaciones del judaísmo contemporáneo, y han crecido como judíos, y han dado la vida cayendo en combate por el estado judío, pero no pueden ser enterrados como judíos y son enterrados fuera de la cerca. ¿Por qué? Porque su madre no es judía, y entonces por la Halajá (ley judía), no son judíos, o sea por culpa de la estrecha interpretación de una ínfima parte del pueblo judío de lo que es ser judío. Gente que, dicho sea de paso, no ha servido ni medio día en el ejército. Eso no es cambio; eso es autoritarismo. No te olvides que también Osama Bin Laden es un experto utilizando el Internet para sus propósitos. ¿Y qué? ¿Eso da testimonio de su adaptación al modernismo?

Y como decía Ishaiahu Leibovich, "a mí no me importa lo que hacen los árabes; yo soy judío, y a mí me importa lo que hacen los judíos". En materia de judaísmo sano, no hay más sano que Leibovich, y él decía que Spinoza sí era judío. Antes de morir dijo que era una vergüenza que la corte rabínica en Israel no hubiera anulado la estúpida excomunión de Spinoza, porque según él, no hubo pensador más judío que Spinoza. Decía, como buen ortodoxo creyente, no ultraortodoxo, que el judaísmo que no acepta el cambio es un judaísmo destinado a la autoextinción. Quiero recordar a mis lectores que Leibovich, que fue prácticamente el único filósofo de nivel que Israel ha producido, era un científico, un físico, y un biólogo, como su gran adalid el Rambam. Y él amaba la ciencia. Igual que el hindú en Bangalor, él no veía ninguna contradicción entre la aceptación y hasta la celebración de la ciencia, y el judaísmo.

-¿Pero por qué decís que amaba tanto a Spinoza?

-Porque decía que Spinoza fue el único que tuvo la valentía de hacer lo que todos los judíos de su época habían dejado de hacer: amar y leer la Biblia por sí mismos. Y si las conclusiones a las que llegó Spinoza no son las mismas de Leibovich, y no lo son, Leibovich tenía una fe suficientemente fuerte para aceptar los cambios de Spinoza, sin estar de acuerdo con todo. En la actitud de Leibovich tenemos una clave para la aceptación del cambio. No significa que tienes que estar de acuerdo con todo, sino que puedes relajarte y dejar vivir al que no sea como tú. Por ejemplo: Spinoza no creía en la revelación divina. Para él la Biblia era un libro histórico y magnífico, que detallaba la trayectoria del desarrollo intelectual del pueblo al cual él pertenecía. Y de hecho Spinoza escribió 72 comentarios sobre la Biblia y el judaísmo, para los que creen que no tenía mucho que ver con el judaísmo. Leibovich, en cambio, sí creía en la revelación divina. Decididamente creía que Dios se reveló en el Sinaí y lo aceptaba como un hecho histórico. Para Spinoza, era Moisés el que había creado un sistema de leyes de acuerdo con su ética, opinando, eso sí, que era un gran sistema de leyes. Leibovich, entonces, no estuvo de acuerdo con Spinoza, pero decía que éste tuvo la grandeza de intentar llegar a sus propias conclusiones por su amor a la Biblia, y por lo tanto no hay que excomulgar al que se atreva a ello, sino debatir con él, dándole un lugar de honor en la comunidad.

Toda la defensa de Spinoza que hizo Leibovich es muy importante, porque no se trataba de un judío reformista que podía ver en Spinoza un antecedente, sino que está basada precisamente en la diferencia de opinión que tenía con él, y esa es la clave que nos conduce a aceptar el cambio, lo distinto. Porque si yo voy a aceptar el cambio en mi vida, tengo que aceptar el que se da también en la vida del otro, cambio que quizás no sea de mi agrado, pero que es legítimo.

Leibovich se preguntó: ¿qué hago frente a lo distinto? ¿Lo excomulgo, adoptando los métodos de la Iglesia Católica de los tiempos de la Inquisición? Porque de hecho, eso fue lo que hizo la comunidad judía de Holanda en el siglo XVII, quizá inconscientemente. La Inquisición había creado un sistema de pensamiento que en cierto modo también se apoderó de las víctimas, entre los cuales, también, expresar una opinión "hereje" se transformó en punible. Fue la horrible herencia de una Iglesia Católica muy intolerante.

Así que, la de Leibovich, me parece la defensa más apasionada y hermosa de la idea del cambio: cuando estés frente a un cambio, no lo eches de tu comunidad, no lo excomulgues, no lo borres. Y esa defensa es mucho mejor que la que hacen los mismos reformistas, que intentan redibujar a Spinoza como si fuera reformista. ¡Spinoza no era reformista! Era panteísta, no creía en el concepto de Dios y Pueblo Elegido, creía que pertenecía al pueblo judío y se identificaba como judío cultural. Históricamente, por eso, si fuera antecedente de algo, en todo caso lo sería del judaísmo humanista y de ciertas ramas del sionismo, pero nunca del judaísmo reformista. Leibovich es la constatación de lo que es un ser generoso y vivo. El fue una persona más joven que cualquier joven que yo conozco a sus 90 años, porque siempre siguió cambiando. Por mi parte, no puedo compartir las concepciones de Leibovich sobre Dios y las mitzvot, porque soy reformista, pero ¡cómo lo respeto! Con Leibovich digo: me encantan los cambios, y aunque no sean míos, me enriquecen.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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