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Recuerda...(sobre Amalek y el atentado a la Embajada de Israel en Argentina)

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-07-21 11:40:53
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Recuerda...(sobre Amalek y el atentado a la Embajada de Israel en Argentina)

Por el Rabino Dr Mordejai Maarabi

Hace un Shabat atrás, mirábamos al pasado, casi con socarrona mirada, echando un vistazo —al menos un vistazo— sobre un pedazo de historia que quedó atrapada entre libros antiguos y héroes viejos, frente a los lectores y escuchas absortos ante lo increíble, ante lo imposible, ante el "no puede ser"...

Hace un sábado atrás nomás, nos congregamos aquí y en otras sinagogas, bajo el mismo nombre con que la tradición —vieja y amada tradición— nos aglutinaba por espacio de veinticinco horas o más, durante el Shabat que dio en llamarlo "Zajor"... "¡Recuerda!"

¿Por qué, se preguntaba el judío común, el presente siempre, por que D-s mío, siempre debo recordar? ¿Por qué esta actitud rellena de nostalgia, que encierra —de una u otra manera— un rencor escondido, una invitación a la bronca, si es que lo que hay que recordar es una mancha en mi historia?

"Zajor et asher asá lejá amalek...", habrán repetido rabinos y maestros, en sinagogas, casas de estudio, escuelas, en sus hogares... ¿Los estarían comprendiendo aquellos oídos —tiernos algunos, más aventajados los otros, ganando experiencia algunos— cuando en su intento de abordar el drama, lo trágico, las palabras amenazan con jugarles una mala pasada?

"Recuerda lo que te hizo a ti Amalek..." repetía una y otra vez la Sagrada Torá al ser leída. Pero... ¿qué me hizo? ¿Quién es Amalek? ¡Pero si esto es historia! ¡No podemos vivir ligados perpetuamente al pasado! Clamaban seguramente quienes en su afán de hallar reparo espiritual para sus almas en el marco de ese día espiritual por excelencia se aprestaban a oír una nueva tanda de explicaciones acerca de un episodio ya un tanto lejano...

Hace un Shabat atrás explicábamos que este Shabat predecía, siempre, a la celebración de Purim. Tan sólo cuestión de horas —96 horas— nos separaban de un momento, que nos predisponía a un encuentro semanal en este mismo recinto, pero con otra dimensión: ya casi estábamos comprando un poquito de alegría para traerla a nuestro encuentro, porque necesitamos alegrarnos, aunque menos sea, en medio de la semana de trabajo. Porque Purim —la fiesta de las circunstancias, como se la ha llamado— se estaba aproximando. Shabat Zajor lo anunciaba.

Hace un Shabat atrás hablábamos de Amalek. ¿Quién lo conocía? ¿Dónde vivía? ¿A qué se dedicaba? ¿Qué religión profesaba? ¿Qué es lo que hizo? ¿Por qué?

Demasiadas preguntas para una sola noche. ¿Es que siempre los judíos debemos cuestionarnos por cada palabra, por cada letra, por cada acción? ¡Qué difícil, Rabino, se torna llegar a querer ser judío! ¡Cuántas cosas ignoro! ¡Creo que nunca llegaré a comprenderlo!

"Y vino Amalek..." decíamos el Shabat pasado. Y atracó a un pueblo. Más precisamente a Israel. A la salida de Egipto. ¿Y qué? nospreguntamos. ¿Cuántos pueblos atacaron a Israel en el desierto, en la tierra, fuera de ella? ¿Qué tiene de especial este ataque?

Y decíamos, tratando de alquilar alguna respuesta, que era diferente. El mismo texto lo desnudaba: "...y acuchilló a los rezagados entre los tuyos, todos los débiles que se atrasaban..." ¡Qué infame cobardía la de Amalek! ¡Agarrárselas contra los desprotejidos! Allí comenzamos a comprender algo más de este inmundo grupo llamado Amalek, que se atrevía a inundar las páginas de la Torá con la sangre más inútilmente derramada... Ya nos empezábamos a confundir. Pero... pensábamos para nosotros, si esto pasó hace miles de años, ¿para qué recordarlos? ¡Si finalmente, en la batalla, los vencimos!... ¿Los vencimos? ¿O Amalek sigue vivo? Pero, ¿en dónde vive? ¿Será algún pueblo africano, asiático, americano o europeo? ¿Por qué la Torá, tan sabia y reflexiva, que me pide que lo recuerde, no me da un dato más concreto, una dirección donde hallarlo y poner las cuentas en claro? ¿Dónde, por D-s, estás Amalek?

Hace un Shabat atrás decidimos al hablar y al recordar tomar recaudos, para no tan sólo recordar sino, y por sobre todo, tomar los recaudos necesarios para que no tengamos que lamentar pérdidas. Frente a Amalek. Frente a la aciaga circunstancia que fue Purim —un vil y estúpido sorteo realizado por un genocida— para saber con sarcástica exactitud qué día era el mejor para acabar con los judíos...

Hace un Shabat atrás creíamos que la historia es historia, y por lo tanto, pasado. Y no sé si agradecíamos por este presente o más bien por no pertenecer a un pasado un poco más glorioso, más orgulloso, diríamos.

Hace un sábado atrás, intentábamos comenzar a saborear el regocijo íntimo y sincero, hasta diría burlesco en el otro extremo, por sacar a relucir un pedazo de nuestra epopeya, en donde judíos como nosotros, simples algunos, asimilados otros, observantes algunos, laicos otros, conmovidos por el timbre del odio ancestral y gratuito profesado por líderes del momento, decidieron tomar la historia en sus propias manos e intentar cambiarla. Si es que se la podía cambiar... Y nuestro deber era contarla a nuestros hijos. E intenté contársela. Para que supieran por qué. Para que entendieran cómo...

Hace un sábado atrás nos costaba tragar eso que la Torá pedía al pueblo judío, cuando una vez asentado en su tierra —todo el pueblo— y librado de sus enemigos, decía: "...borrarás la memoria de Amalek de debajo de los Cielos. No lo olvides". ¿Qué? ¿Cómo? ¿El libro que me habla de vida me ordena "borrar" —lisa y llanamente borrar— a un pueblo? No, no lo puedo aceptar. Mi condición humana y judía no me lo permite, nos decíamos una y otra vez. ¿Será venganza? ¿Se puede guardar rencor eterno? ¿Será... será posible?

Ya pasó una semana de aquel Shabat. Aunque debemos reconocer que nuestros sabios separaron los días de la semana en dos grupos: del domingo al martes, días que aún sobrevive en ellos el espíritu del sábado que concluyó; del miércoles al viernes, días de preparación para el próximo Shabat...

Pero nos cortaron la alegría. Nos rompieron, brutalmente, la paz que arrastrábamos —cada uno a su manera— del Shabat pasado. Nos quitaron la alegría de un vivir de un sábado para otro sábado, intercalando en ella la explosión de júbilo por un nuevo Purim, que no hacía más que agregar alegría a la alegría, en estos días donde la alegría se oferta poco y escasea en el mercado humano...

Amalek vino de vuelta. No tuvo reparos. Como antes, como entonces. Otra vez a los rezagados, otra vez con los más débiles. Otra vez para llenar de horror y salvajismo el desierto que ahora llamamos ciudad, y que a diferencia de aquel, lo habitamos, aunque en soledad...

Pero... ¿quién es? ¿Dónde vive? ¿A qué se dedica? ¿Qué religión profesa? ¿Qué hizo? ¿Por qué...? Son preguntas que se renuevan para una vieja historia. Son demasiadas palabras para adornar nuestra duda, nuestro asombro, nuestra incapacidad de creer, nuestro "no puede ser..." Ninguna pregunta ha sido respondida. Ni antes ni ahora. No existe lo oficial, sólo existen presunciones. No hay culpables, sólo sospechosos. Lo único que hay, con certeza, son víctimas, muertos por doquier que han quedado al desamparo de la Providencia... Todos los rezagados, los débiles, decía la Torá...

Es cierto, cambió la historia. Cambiaron los métodos. Cambió el ser humano. El hombre inicialmente creado fue puesto un escalón más arriba que el animal y la bestia. Corrió el tiempo. Llegó al lugar del animal y la bestia. Se equiparó a ellos; compitió con ellos. Hoy ya no. Los animales y las bestias han ocupado el escalón superior. El humano.... ¿dónde está? "Aieca" preguntaba D-s por doquier a Adam. ¡¿Dónde estás?! ¡Hasta eso has llegado!

Hay hombres, mujeres, niños, ancianos que claman a D-s con la misma pregunta... Nos robaron la alegría, la de sabernos vivos para poder contar, a quien sea y donde sea, que la Torá —por más vieja que fuera— está hoy hablándonos, susurrándonos a nuestros frágiles oídos: ¡Recuerda! ¡No olvides! Recuerda y no olvides para que no permitas nunca jamás que aquello que hizo Amalek vuelva a ocurrir...

Nos han conmovido. Como argentinos, como judíos. Hay quienes pretenden separarlos y separarnos. Ya es muy tarde. Estamos aquí e incorporados. Ahora, tal vez, se comprenda el sufrimiento de un pueblo al que la humanidad, repleta de inmundos y repugnantes terroristas, le está negando una parte de su historia: la de poder vivir con dignidad, con fronteras seguras dentro y fuera del Estado de Israel. La deuda ya no es tan sólo de 6.000.000 de almas... ¡Cuánto, cuánto crece esa cifra a diario! ¡Cuanta muerte violenta! ¡Cuanta masacre organizada! ¡Cuanta impunidad legalizada! ¡Cuanto dolor hay adentro!

Amalek atacó de nuevo y por la espalda. Sin reparos. Cuanto más escucho, más me confundo. Me hablan de la conexión Damasco-Teherán, me informan sobre la hermandad islámica, se lo adjudican al hezbollá, lo niegan, ahora resultan dos mujeres alemanas, especialistas en explosivos, fracción de no sé qué cosa... Y mañana... ¿qué voy a escuchar? ¿Tal vez me dirán que no fue nadie? ¿que tan sólo fue una ilusión? ¿o tal vez una de las tantas películas que alimentan las tardes y las noches de nuestros hijos en la televisión, en los juegos electrónicos, donde todo arde, donde todo explota, donde se mata a todos, en medio de una gran confusión? Sólo sé que me duele. Aunque también me da miedo. Me da miedo porque a los viejos conocidos de siempre, los nazis y antijudíos de esta sociedad argentina, que todavía festejan el Purim de ellos, y aunque un día anticipado, las horas fanáticas e inhumanas de estos serse que no sé cómo llamar, han dado un nuevo motivo para insultarme, insultarse o insultarnos por la calle...Ayer por la noche, casi a la medianoche, retornando a mi hogar, después de un día muy especial, una mezcla de dolor, tratando de superar el golpe de Hamán, después de haber compartido con mis hijos, con mi familia, con mis amigos, con mi comunidad en marcha, que más que marcha fue vestir al cemento frío de calor humano y revestirlo, decía, por unas horas de pies que no sólo caminaban sino que lloraban por los acontecimientos, ayer a la noche, en pleno barrio residencial —ya no importa cuál—, y desde un hermoso Peugeot 505, verde agua, poblado por adultos y por niños, sí, por niños, después de recibir una pedrada —tal vez por mi kipá— escuchaba un nuevo motivo para disfrutar por ellos, para amenazar, para no dejar nunca que la herida cierre: "Moishe hijo de p... te vamos a poner una bomba para que explotes". No sé si esto se lo voy a contar a mis hijos...

Bibliografía

Tomado de Masuah




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