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La gran hora del odio y el terror

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-27 13:44:59
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La gran hora del odio y el terror

El volcán palestino-israelí
Por Marcelo Kisilevski

Israel se despierta cada día a una nueva realidad. La violencia sigue su escalada no sólo cobrando víctimas humanas, sino acabando con la cordura de uno y otro lado. No queda claro cuál es el fin estratégico de los palestinos, a no ser que se trate de una lucha inter facciones por heredar el liderazgo de Arafat, cuando el estado palestino con Jerusalem como su capital estaba al alcance de la mano. Barak y Arafat están perdiendo las riendas. Sus reemplazantes son de temer.


Por un momento pareció que en el último segundo, antes que suene el gong de la asunción de mando de George W. Bush en EE.UU. el 20 de enero y de las elecciones en Israel el 6 de febrero, la cordura reinaría y el acuerdo de paz relámpago propuesto por Clinton sería una realidad.

De Bill Clinton ya hemos escuchado. Su propuesta era tan detallada que recordaba los ocho años, no sólo de documentos leídos, sino de lloriqueos escuchados de boca de israelíes y palestinos en incontables reuniones cumbre, en diversas reencarnaciones de gobiernos israelíes que fueron y vinieron durante su presidencia, desde Itzjak Rabín hasta Barak, pasando por el imposible Biniamín Netaniahu. Ahora tenía una última oportunidad de pasar a la historia como el gran hacedor de la paz. No sólo para que el principal recuerdo de su gobierno no tenga la forma de un cigarro y de una mujer rechoncha, morena y de ojos claros. Clinton teme que, después de tantos esfuerzos por ser inscripto en la historia gloriosa de los estadistas del mundo, venga otro, un tal Bush cuyo único mérito es ser "hijo de", y se lleve los laureles.

Su propuesta era meticulosa, no sólo en los detalles, sino en el esfuerzo por tomar en cuenta las múltiples sensibilidades de cada una de las partes. Clinton intentaba dar respuesta a todos los puntos y aspectos del proceso de paz. Empezando por los refugiados, el derecho al retorno de los palestinos quedaba como una reivindicación moral inalienable. Israel debía ver el modo de dejar ingresar a su territorio algunas decenas de miles, con fines de "reunificación familiar" y humanitarios. El resto tendría el derecho a retornar al futuro estado palestino o sería indemnizado de varios modos, y absorbido en sus países anfitriones actuales. Clinton dijo que entendía el drama de los refugiados, pero a la vez respetaba el derecho del pueblo judío a un estado, no sólo con fronteras seguras, sino con demografía segura.

Jerusalem sería dividida bajo el criterio étnico, el mismo que primó a la hora de la Partición de Palestina en 1947: donde viven los judíos será la zona judía, y donde árabes, la árabe. Dentro de la Ciudad Vieja, los barrios musulmán y cristiano serían palestinos; el judío y el armenio, israelíes. En los límites de la Ciudad amurallada habría barrios de Jerusalem oriental que pasarían a soberanía palestina, como Silwan en el sudeste, por donde se emplazaba la bíblica Ciudad de David. Desde allí, los árabes del estado palestino podrían acceder al Monte del Templo. Este estaría dividido también, sobre una base extraña, surrealista. La explanada, palestina. El sótano, donde hay excavaciones arqueológicas que se supone podrían revelar restos del Templo de Jerusalem, sería judío. El Muro de los Lamentos y su explanada, en el borde del Monte del Templo, seguiría en manos israelíes, pero desde arriba, los feligreses judíos serían mirados y vigilados por gendarmes palestinos.

En cuanto a los límites, los palestinos hubieran recibido el 95% de los territorios tomados por Israel en 1967. Quedarían algunos bloques de asentamientos, habitados por unos 40.000 judíos, que serían anexados a Israel, en especial al sur de Jerusalem, la zona de Gush Etzion, y al norte, en torno a la ciudad de Ariel. El resto de los colonos, unos 140.000, serían evacuados. Por si fuera poco, los palestinos recibirían en compensación un 3% adicional de territorios de dentro de la Línea Verde, en especial en la deshabitada zona de Jalutza, al sur, junto a la Franja de Gaza.

Por último, a cambio de este estado palestino con Jerusalem como su capital, el derecho figurado de retorno de los refugiados y casi-casi todos los territorios entregados, los palestinos debían declarar el fin de sus demandas, poniendo punto final al conflicto palestino-israelí.

Barak, un Napoleón en apuros

Hasta aquí Clinton. Ehud Barak se lanzó presuroso a aceptar la propuesta, como que se trata de la tabla de salvación de su gobierno y de toda su breve y meteórica carrera política. Después de todo, como parte de una generación política que en todo el mundo se caracteriza por la juventud y el paracaidismo, desde Menem, Collor de Melo y Fujimori en Latinoamérica pasando por Clinton y Blair allá en el norte y Netaniahu en el propio Israel, Barak es un forastero que no ha logrado hacerse un hogar en el Laborismo ni en la política israelí. Su estilo personalista y militar -napoleónico, lo acusan- hace que el apoyo interno que recibe sea debido a las encuestas, más que a su capacidad de trabajo en equipo o al afecto que le profesan. Si no respetan siquiera a una figura de la talla de Shimón Peres, nada evitará que le den a Barak también una patada en el trasero no bien cambien los vientos de las encuestas, o bien, pierda las elecciones.

Como campaña electoral, lo único que Barak puede presentar como credenciales es la retirada del sur del Líbano. A pesar del primer momento de tensión, al principio de la Intifada de Al Aqsa, cuando Hizballah secuestró en la frontera a tres soldados israelíes cuya liberación aún se negocia, y de un foco de lucha que la organización shiíta mantiene como llamita de irredentismo, para justificar su existencia, la política de irnos de allí de una vez se ha probado exitosa.

Por lo demás, sin embargo, Barak ha fracasado. No ha logrado traer la paz, no ha logrado mejorar la economía, ni enviar a los religiosos al servicio militar, ni cambiar el orden de prioridades en el país. El informe de la Oficina Central de Estadísticas, según el cual uno de cada cinco niños israelíes viven por debajo de la línea de pobreza -aunque ésta no sea ni por lejos la línea de pobreza del Tercer Mundo- es alarmante en un país que se supone desarrollado y con tradición socializante.

Una de las razones de su fracaso es su ya nombrado estilo personal dirigista. Cuando no le iba bien en el frente palestino, se daba vuelta y apuntaba al tema de los religiosos. Cuando éste se le iba de las manos, se dedicaba a la pobreza, para irse de nuevo a Camp David, abandonando todo lo demás. Los asuntos, uno por uno y en exclusiva. Sin consultar con nadie, sin participar a nadie. Ahora que tiene elecciones, no sabe si dedicarse a ellas o a la actual ola de terrorismo, lo cual puede ser una sola y misma cosa. O bien al voto árabe israelí, donde está sopesando la posibilidad de pedir una disculpa "histórica" a esa minoría (un 20% de la población) por las injusticias del pasado y por los 13 muertos por la policía en los comienzos de la actual Intifada, de este lado de la Línea Verde. Para eso podría volver a reconciliarse con Shimón Peres, el único capaz de traerle el voto árabe. Pero ese zigzagueo eterno en su agenda, y la omnipotencia, es lo que lo hace perder amigos y dejar un tendal de decepcionados a cada paso.

Pero otra de las razones de su inminente caída está grabada genéticamente en el actual sistema electoral. La elección directa del primer ministro hace, por un lado, que la soberanía popular recaiga no sólo en la Kneset, como era el sistema parlamentario puro, sino también en la figura del premier. El "corte de boleta" hace que la gente vote por sus apetencias ideológicas y sectoriales, dejando de lado el "voto táctico", al que pueden dedicar el voto para el Ejecutivo. Ello no sería inconveniente, a pesar de la fragmentación parlamentaria que esto provoca, en un sistema presidencial normal. Clinton gobernó muchos años sin mayoría legislativa, y duró sus ocho años, ni un día menos.

El fantasma de Bibi

Pero el invento israelí viene con trampa: la posibilidad de la Kneset de voltear al premier por medio de una moción de desconfianza perdura en el actual sistema. Es más difícil, es cierto. Para ello hace falta mayoría absoluta, 61 diputados, para voltear al Ejecutivo y disolver la Kneset. Para llamar a elecciones sólo para Primer Ministro, dejando intacta la Kneset, hace falta el voto de dos tercios de los diputados, un total de 80. O bien, que renuncie el primer ministro.

Este mes vimos el sistema en acción. El Laborismo no tenía mayoría para nada, y el Likud lo había convertido en un puching-ball al votar una y otra vez leyes ridículas e imposibles, como una nueva ley de familias numerosas, por la cual las familias ultraortodoxas podrán recibir 500 shekels adicionales (unos 125 dólares) a partir del décimo hijo. Ni en el Likud saben de dónde saldrá el dinero.

Luego de Camp David comenzó la iniciativa de disolver la Kneset por ley, el otro modo con que cuenta la oposición para hacer caer el gobierno, que es como cayó Biniamín Netaniahu. El fantasma de este último, precisamente, es lo que desencadenó la renuncia de Barak. Primero, sorpresivamente, el actual premier se subió al podio de la Kneset y anunció que apoyaba la disolución del parlamento, para someter a voluntad popular su programa de paz con los palestinos. Pero las encuestas de la prensa -esa prensa insidiosa- daban a Netaniahu, que por entonces se dedicaba a dar conferencias en el exterior por la módica suma de 50 a 100 mil dólares, como ganador más seguro frente a Barak, que el actual líder del Likud Ariel Sharón. Entonces Bibi volvió, muy "preocupado" por la situación, casi obligado por las circunstancias de un pueblo que lo llamaba de vuelta a liderar.

Ocurre que la ley de elección directa marca que sólo se puede postular a premier quien es diputado o encabeza una lista de candidatos a la Kneset. Si se disolvía la Kneset, Bibi habría de encabezar la lista del Likud. Pero si las elecciones son sólo para Primer Ministro, Bibi tiene un problema, porque no es diputado ni hay listas a la Kneset, pues ésta continúa en funciones. Por eso Barak renunció, provocando elecciones sólo para su cargo, con el fin de enfrentarse con Sharón, más fácil en las encuestas, antes que con Netaniahu.

El Likud armó lío, e impulsó la modificación de la ley de elección directa, de modo que posibilitara a "todo ciudadano", y ya no sólo a diputados, postularse para premier. Entonces Bibi tuvo un ataque de cordura: con una Kneset tan fragmentada no podré gobernar, dijo, así que sólo me postularé si hay elecciones también para la Kneset.

El Likud tuvo que hacer girar las velas del barco a toda velocidad y navegar a toda máquina hacia la disolución de la Kneset. Pero chocaron contra el iceberg de Shas. Este partido religioso sefardí tiene 17 bancas en la Kneset, apenas dos menos que el Likud. Buena parte de su "inflación" parlamentaria se debe a decepcionados de Bibi que, de haber elecciones hoy, regresarían "a casa", al Likud. Luego de conciliábulos de su consejo de sabios, Shas decidió no suicidarse en favor de Netaniahu ni de nadie. Shas no dio su voto a favor de elecciones generales, así que las mismas serán el 6 de febrero del 2001, sólo para Primer Ministro. Bibi entonces volvió a sus conferencias, así que los candidatos serán, en este rincón Barak, y en el otro Sharón. De todos modos, éste sobrepasa a aquél en las encuestas por unos 15 puntos de ventaja. La actual ola de terrorismo palestino, igual que a Bibi en 1996, cuando estallaba un autobús por semana, le dará a Sharón una victoria segura.

Rechazo palestino, y terror

Del lado palestino la complejidad también gobierna. Arafat estaba más que ansioso, igual que Barak, por aceptar la propuesta de Clinton. Nada querría más el anciano líder que terminar sus días cumpliendo su promesa de un estado palestino con Jerusalem como su capital, ofrecido en bandeja por Clinton y Barak.

En Jerusalem no lo podían creer: Arafat había aceptado la propuesta del presidente saliente, y al día siguiente le enviaba a Clinton una carta con nada menos que 24 objeciones. No se trataba de una respuesta al estilo israelí: "Sí, pero". Allí había solamente "peros". Para ellos, de repente, la propuesta carecía de claridad en el tema de Jerusalem, en el de los refugiados y en el de los límites. O sea, en todo. O sea, el rechazo liso y llano.

¿Qué ocurrió? Sencillamente, la coalición de Arafat, y con ella su poder, se desmembra, dejándolo al final de su camino como una sombra de lo que fue, sin poder tomar decisiones ni pactar con nadie sobre nada. Es obvio que el rechazo de la propuesta de Clinton le provoca un daño político irremediable en la arena internacional. Además, no firmar ahora es tener que negociar más tarde con Ariel Sharón, archienemigo de los palestinos, y con Bush en la Casa Blanca, cuya línea de acción y su actitud general hacia el tema mesoriental aparece como incierta.

Pero las agrupaciones y milicias en los territorios, empezando por el Hamás, han ganado la calle. Aquellos que piensan en términos occidentales y se preguntan dónde está la oposición "pacifista" a Arafat, así como la que tienen los israelíes al estilo Meretz y Shalom Ajshav, es mejor que despierten. No todo el mundo funciona como en sus cabezas. Arafat tiene una oposición feroz, pero si ésta se hace con el poder, deberemos enfrentarnos a un pueblo palestino islamizado, o mejor dicho iranizado. Las manifestaciones islámicas se hacen cada vez más numerosas. Presionado y amenazado, Arafat se vio obligado últimamente a liberar a un líder del Hamás, Abel El-Aziz El Rantisi, y ya no puede arrestar a militantes armados de esa organización terrorista, como antes.

Dentro del propio Fataj, el liderazgo joven también llama a Arafat a no ceder, y prácticamente resisten todas sus órdenes si no se refieren a aumentar la lucha armada. En especial surge la figura de Maruán Barguti, líder de la milicia Tanzim, de corte nacionalista más laico que el Hamás. Como están las cosas, es preferible que Barguti se haga con las riendas, si Arafat acaba perdiendo su liderazgo, que no el Hamás. Hay quienes prevén la toma del poder por Barguti o algún otro líder de la calle palestina, dejando a Arafat como símbolo inmaculado de la lucha del pueblo palestino por su redención.

El enojo de los palestinos no es sólo contra Israel, sino también contra la elite llegada de Túnez con los acuerdos de Oslo, encabezados por Arafat y todos sus ministros. Estos líderes no sólo no debieron sufrir la Intifada ni la cárcel israelíes, sino que, llegados a los territorios gracias a Itzjak Rabín, configuraron un régimen corrupto que se cargó con todo el dinero de las donaciones europeas a la Autonomía Palestina. No es casual, por un lado, que al principio de la Intifada, refugiados palestinos enardecidos hayan quemado lujosos restaurantes en Gaza: allí se come a reventar -y se bebe alcohol, cosa prohibida por el islam, otro factor que juega en la actual guerra- mientras en los campos de refugiados aledaños se vive en la miseria. Tampoco es casual, por otro lado, que el liderazgo europeo parezca estar dándole la espalda, esta vez a Arafat y a los palestinos. Hasta que éstos no se organicen y administren como corresponde, es difícil que la Comunidad Europea vuelva a poner un centavo de euro, o a contradecir a la Casa Blanca en favor de la por ahora malograda causa palestina.

Días de fiesta para la derecha israelí

Mientras tanto, Ehud Barak deberá medirse en elecciones sin acuerdo de paz como plataforma, y en medio de una guerra que en lugar de fatigarse se enciende cada vez más. Los palestinos no dan muestras de cansancio. Por el contrario, han comenzado una desenfrenada ola de atentados terroristas que se suceden a razón de uno por día. A no ser por una desesperación no calculada y el deseo pasional de poner a Israel de rodillas, las metas de la actual revuelta, cuando todo se podía haber solucionado en un tris, no están claras. Podría tratarse incluso, en realidad, de una guerra entre las facciones palestinas por ocupar el vacuum político dejado por Arafat. Quien más violento sea, quien más israelíes mate, más poder político adquirirá.

Como quiera que sea, sigue dependiendo de ellos el poner fin a la violencia: si quisieran, ello podría ocurrir mañana pues, sea o no exagerado el uso de la fuerza por parte de Israel, es una fuerza de reacción y no de acción. Todo, la muerte de manifestantes, la liquidación de líderes palestinos por medio de francotiradores, sean técnicas efectivas y exitosas o, por el contrario, trágicos errores, podría cesar de la noche a la mañana, si los palestinos así lo dispusieran, obteniendo a cambio su anhelado estado con Jerusalem como su capital.

Por el momento, lo único que han logrado, es la escalada y, con cada atentado volcar al pueblo israelí hacia la derecha, hacia los brazos de Ariel Sharón en las próximas elecciones. Como "logro" adicional, con el último asesinato de Biniamín Zeev Kahana y su esposa, dejando 5 niñas y un varón, de entre 2 meses y 10 años de edad como huérfanos, han despertado al monstruo dormido de la ultraderecha violenta israelí.

Kahana era el hijo del rabino Meir Kahana, legendario líder del movimiento Kaj, eventualmente puesto fuera de la ley. Kahana fue asesinado en Nueva York allá por 1984, por un fanático fundamentalista, mientras emitía un discurso ante sus seguidores. Su hijo Biniamín fundó un nuevo movimiento en memoria de su padre: Kahana Jai, Kahana Vive. Ahora también él ha sido asesinado, en un nuevo atentado con disparos contra coches judíos que pasan por la ruta, y aún no se sabe si fue un blanco marcado, como venganza por las ejecuciones israelíes de líderes palestinos, o si fue un golpe de suerte.

Lo cierto es que, al mismo tiempo que el doble funeral de Biniamín Kahana y su esposa Talia, los ultraderechistas se lanzaron a un minipogrom anti-árabe, rompiendo vidrieras de negocios árabes en Jerusalem. De nuevo volvieron los gritos de venganza y, por primera vez desde los tiempos previos al asesinato de Rabin, se escuchó gritar una y otra vez, sin ningún prurito o autocontención: "Barak traidor". Un allegado a Kahana dijo por radio: "Uziel entró en los años '40 a un mercado árabe y mató a 70 árabes. Hoy es un héroe nacional, con una estampilla en su honor, una calle y un kibutz, Ramat Uziel. Si alguien hiciera eso hoy en día sería considerado un criminal. ¿Qué clase de pueblo somos? ¿Eso es un pueblo normal?" Todos los entrevistados en ese grupo aseguraron que el asesinato de Kahana no quedaría "impune", y que había llegado el momento de "hacer algo". Destruir la aldea de los terroristas que mataron a su líder y a su esposa, matar a sus habitantes y construir un asentamiento judío sobre las ruinas era sólo una de las "felices" ideas.

Ehud Barak se dirige hacia las elecciones, pues, como un tren en vía de colisión, y a toda velocidad. Cada día que pasa nos despertamos a una realidad más dura, y no está claro cuál va a ser el desenlace final. Hay quienes especulan que los palestinos esperan un "gran golpe", ya sea una gran reacción israelí o bien un gran error por parte de Tzahal, como la matanza de 100 refugiados en un campamento de la ONU en 1996 durante el operativo Viñas de Ira en el sur del Líbano. Ello les daría un triunfo diplomático-político en la arena internacional por knock out.

Barak aguanta el chubasco como puede. Para la derecha israelí, en cambio, se trata de su gran hora. Las negociaciones de paz, por el momento, han terminado, y el "nosotros les advertimos" de Sharón y todo su sector, festeja por las calles.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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