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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-27 13:41:49
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¿Es bueno para los judíos? (O la pregunta original de siempre)

George Bush Junior, presidente de los EE.UU
Por Marcelo Kisilevski

Se acaba para Israel la era de un presidente "user friendly" en la Casa Blanca, allá en Washington. Eso no significa que todo esté perdido ni mucho menos para los intereses israelíes. La amistad con su aliado más importante, Estados Unidos, nunca bajará de cierto mínimo común denominador. Pero las relaciones serán más distantes con una administración que buscará remarcar su influencia en el Medio Oriente petrolero y, sobre todo, mucho silencio de radio. Tal vez sean ésas, precisamente, buenas noticias para el proceso de paz.


En Israel, como en muchas cosas, no estaban preparados para la victoria de George Bush hijo en las últimas elecciones norteamericanas. Una vez conocidos los resultados, cuando Al Gore reconoció su derrota, los analistas comenzaron a tartamudear, sin que haya una respuesta inequívoca a la eterna pregunta del título. Lo único cierto es que, fuera quien fuese el ganador, estábamos aquí ante dos candidatos desconocidos y grises. Pero no todo son nubarrones. Con Gore aún podíamos contar con la continuidad de una administración demócrata que conoce la realidad del Medio Oriente y que estuvo muy involucrada en el intento de lograr la paz. Con Bush, salvo su presidente, el resto de los funcionarios, como Dick Cheney y el nombrado secretario de Estado, Collin Powel, son gente ya avezada tanto en asuntos de estado como de política exterior, incluido el Medio Oriente. Es menos claro, no obstante, para qué lado harán soplar el viento los nuevos capitanes de la nave.

Según un informe del consulado israelí en Houston, capital de Texas, el hogar de Bush, los intereses de EE.UU. en el Medio Oriente no cambiarán. A eso se suma la renovada religiosidad de Bush, hace algunos años, gracias a su esposa, Laura, que lo arrastró de vuelta a la iglesia los domingos, y a que dejó de beber. Esto lo hace reingresar a la comunidad de cristianos protestantes que apoyan a Israel por derecha. No es un apoyo que nos deba alegrar demasiado recibir: sus bases son cuasi fundamentalistas, a saber, que en Israel se librará la batalla decisiva entre Gog y Magog, como reza el Apocalipsis, entre las fuerzas de la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Los israelíes, en la visión cristiano-norteamericana aggiornada, representan la luz y el bien; los palestinos la oscuridad y el mal. No es, ni mucho menos, un reconocimiento de las bondades del judaísmo: al cabo de la batalla, en la que triunfarán los buenos -con la ayuda de los más buenos, o sea los cristianos norteamericanos- todos, buenos vencedores judíos y malos vencidos mahometanos, verán la luz de Cristo y serán salvados.

Por otro lado, sin embargo, están las estimaciones acerca del aislacionismo tradicional del republicanismo norteamericano. En las palabras de un alto funcionario de la nueva administración: "A nosotros no nos interesa quién orina en el pozo de quién en Nablus". Es decir, a los republicanos no les interesan los pequeños conflictos, sino cuando no tienen más alternativa.

Los que temen el trasfondo de la familia Bush como familia petrolera de Texas, indican que su interés por la cuestión del Medio Oriente será menos favorable a Israel. Los palestinos, en efecto, albergan grandes esperanzas en una administración que les será mucho más favorable que la del presidente Clinton, que a pesar de los roces, mantenía una conversación telefónica semanal con su amigo Ehud Barak. Hay quienes interpretan que la continuación de la violencia por parte de la Autoridad Palestina, una violencia que aumenta a medida que se acerca el final de la era Clinton, y a medida que éste quema sus últimos cartuchos de paz, está destinada, precisamente, a esperar tiempos mejores después del 20 de enero del 2001, cuando asuma el petrolero Bush.

Las relaciones carnales de Bush

Los palestinos debieran moderar su optimismo. Es cierto, Bush es petrolero, y tiene buenos negocios con el lado árabe del Medio Oriente, lo cual podría implicar una relación menos condescendiente para con Israel. Pero su inclinación es hacia Arabia Saudita más que hacia los palestinos. Si los arabistas demócratas se inclinaban hacia la causa palestina, los arabistas de la administración Bush tienen sus ojos puestos en el Golfo Pérsico. Eso implicará el deseo del nuevo inquilino de la Casa Blanca de aumentar su influencia allí, neutralizando a Irán y a Irak (el triunfo en la Guerra del Golfo, herencia de su padre, está en peligro de disolverse por la presión de buena parte del mundo para levantarle las sanciones a Saddam Hussein). Para ello activará a Arabia Saudita -incluso más que a Egipto- para influir sobre Siria a que se aleje de Irán, y para convertirlo en un aliado que neutralice a Irak. En definitiva, es el reflotamiento de la vía siria en las negociaciones de paz.

Por otro lado, se trata de un asunto más cómodo para un Bush ignorante y carente totalmente de ganas de lidiar con el problema de los asentamientos en los territorios y de Jerusalem. El Golán, definitivamente, es un asunto mucho más fácil de resolver. Y si en Israel gana la derecha encabezada por Ariel Sharón, al gobierno israelí también le será más cómodo avanzar por la vía siria, como lo demostró el coqueteo, en su momento, entre Biniamín Netaniahu y Hafez El Assad.

Desde este punto de vista, Arafat está ante una encrucijada. Por un lado, las posibilidades de lograr un acuerdo con la próxima administración son más reducidas, y por eso le conviene apurarse y cerrar trato con Barak antes del 20 de enero. Desde este punto de vista, Camp David, la Intifada de Al Aqsa y el rechazo de la última propuesta de Clinton, son valiosísimas oportunidades perdidas. Por otro lado, en su esperanza de que Bush sea más imparcial, aunque más no fuera por su indiferencia al tema palestino-israelí, debe levantar una ola de violencia tal que le recuerde a Bush que no puede ignorar nuestro volcánico conflicto por más que se esfuerce.

Los analistas en Israel coinciden en que ha culminado la era de los telefonemas semanales entre el premier israelí y el presidente norteamericano, tal como ocurría entre Clinton y Barak. El acceso al presidente será más difícil, pues sus asesores preferirán alejarlo de un tema que no maneja, y darle a Powel facultades parecidas a las de Henry Kissinger.

Sin embargo, las relaciones entre Israel y Estados Unidos no fueron las mejores durante el año y medio de Ehud Barak. Muchas promesas norteamericanas se evaporaron en el aire, como la de elevar las relaciones bilaterales a la de "aliados estratégicos". Barak pidió a Clinton ligar este "ascenso" con los acuerdos con Siria y los palestinos, de modo de poder venderlo mejor al público israelí con vistas a las elecciones del 6 de febrero. Eso deberá esperar.

El principal problema que ensombreció las relaciones fue la operación de venta del avión de espionaje y alerta temprano "Phalcon" a China. Como se recordará, la venta se congeló finalmente, por presión norteamericana, en vísperas de la cumbre de Camp David en julio. Como consecuencia, EE.UU. exigió firmar un acuerdo con Israel por el cual el país del norte podrá supervisar -y vetar- ventas israelíes de armas a cuatro países "preocupantes": India, Pakistán, Rusia y China. El acuerdo está trabado ahora por tecnicismos, e Israel espera que la administración Bush "se olvide" del asunto.

Tampoco los israelíes deben ser tan optimistas. La mirada de los republicanos, en general, está puesta, en lo que a política exterior respecta, en las grandes campañas. Los pequeños detalles de por dónde pasará el límite dentro de la explanada del Monte del Templo eran el hobby de Clinton. Los republicanos salen de sus fronteras sólo cuando se trata de una enorme Guerra de las Galaxias, por ejemplo. O una rimbombante Guerra del Golfo. En este terreno, Bush tendrá siempre un ojo abierto sobre lo que pasa en los cuatro grandes de oriente, en especial luego que India y Pakistán hicieran su ingreso triunfal en el club del átomo, y no querrá que Israel moleste en la vigilancia.

En cuanto a áreas especialmente sensibles para Israel, como el impulso al Pacto contra la Proliferación de Armas No Convencionales, por ejemplo, en Israel no se esperan cambios entre una administración y otra. Creen que los republicanos no son grandes entusiastas de los pactos globales, y no modificarán la vieja comprensión que han mostrado siempre hacia las necesidades de armamentos disuasivos de Israel. Existe en carpeta un pacto para la congelación de la fabricación de uranio enriquecido y plutonio, que preocupa mucho a Israel, pero el mismo está congelado hace ya dos años y no hay signos de que se vaya a descongelar a corto plazo.

Mientras tanto, en ciudad Gótica

En tanto, en Estados Unidos mismo, los judíos viven el resultado de las elecciones con una mezcla de alivio y preocupación. Alivio, porque observaron algo sorprendidos, ya durante la campaña electoral, que la candidatura de Joseph Lieberman a vicepresidente no desató en el país el debate ni las acusaciones antisemitas que algunos círculos previeron. Una vez derrotada la fórmula Gore-Lieberman, tampoco se cumplió la predicción de que muchos norteamericanos culparían al "judío Lieberman" por la derrota. Por el contrario, la dupla demócrata interconfesional se llevó más de la mitad de los votos estadounidenses y nadie hizo olas con la religión de nadie.

La comunidad judía norteamericana pasa por un proceso de alejamiento de las minorías, e intento de asimilación a las capas socio-económicas superiores y racialmente más blancas. La otrora alianza entre negros y judíos en pos de los derechos civiles no es hoy más que una hermosa anécdota de los tiempos de Martin Luther King. Hoy la mayor parte de los judíos están ubicados en el décimo superior de la escala, y muchos se preguntan ahora por qué no habrían de tantear la posibilidad de candidatear a Lieberman nuevamente, incluso para la primera magistratura.

Por eso no sorprende que el voto judío haya sido más demócrata que en elecciones anteriores, aun cuando la mejora en la situación económica siempre se manifiesta como un aumento de votos para los republicanos: 79% para Gore, 19% para Bush y un 1% para el ecologista Ralph Naider. El voto judío fue más demócrata que nunca no sólo por Lieberman, sino porque los republicanos -en especial el clan Bush- está identificado con la derecha protestante fundamentalista y con una política aislacionista, y por sus inclinaciones pro-árabes en lo que al Medio Oriente respecta.

En efecto, la comunidad judeo-norteamericana está preocupada, con vistas a la asunción de mando de Bush, por sus relaciones petroleras con el mundo árabe y por que esto, sumado a su poca accesibilidad, debilite la capacidad del lobby pro-israelí de influir en la Casa Blanca, así como en el Congreso. Sin embargo, algunos factores judíos de derecha se mostraron satisfechos con el triunfo de Bush, un presidente que, dicen, ayudará mucho menos a Barak a lograr un acuerdo con Arafat que implique la entrega de territorios e incluso comparta la soberanía en Jerusalem.

En cuanto a asuntos judíos globales, los judíos norteamericanos lloran la pérdida de Stewart Einsenstadt, vice secretario de Hacienda, que también se encargaba del tema de la restitución de los bienes saqueados por los nazis representando a Clinton. Por el otro lado, se contentan con la intencón de Bush de integrar a tres judíos en su gabinete.

En resumen, la única perspectiva clara respecto de la nueva política norteamericana para con Israel es la incógnita, que es bienvenida en Jerusalem como la posibilidad de construir una relación desde cero. Como siempre, los israelíes se lamentan no haber empezado antes. Como en la época del triunfo republicano en el Congreso durante el mandato de Clinton, lloran el haber descuidado y hasta abandonado las relaciones con los republicanos, y ahora habrá que trabajar duro.

En cuanto al proceso de paz, podemos alegrarnos junto con la derecha judía norteamericana: Bush no ayudará a Barak a llegar a un acuerdo con Arafat, pero tampoco, necesariamente, seguirá a Arafat en su juego de violencia y martirización innecesarias; más bien es posible -y hasta deseable- que acabe imponiendo a las dos partes un acuerdo al que no pueden llegar por sus propios medios. Si Bush, por ejemplo, decidiera condicionar la ayuda económica tanto a unos como a otros -puesto que no le debe favores a nadie-, los dos niños malcriados de este jardín de infantes, Israel y los palestinos, podrían verse sometidos a un régimen disciplinario distinto, que los haga, de una vez por todas, portarse bien.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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