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Bienaventurados sean los optimistas

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-26 11:18:08
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Bienaventurados sean los optimistas

Elecciones en Israel, modelo 2001
Por Marcelo Kisilevski

El 6 de febrero del 2001, un Israel agotado elegirá una vez más a quien regirá sus destinos. Las encuestas dan por ganador a Ariel Sharón por varios cuerpos y no muchos más que Ehud Barak mismo se hacen ilusiones en contrario. Sólo que en el Israel post-moderno, por definición, nada es seguro: ni la guerra que preanuncia el sólo regreso de Sharón al gobierno, ni la paz que intenta vender. Ni siquiera su propia permanencia como premier.


Finalmente el primer ministro Ehud Barak jugó su última carta y envió a sus más pacifistas colaboradores a tratar de obtener lo más parecido posible a un acuerdo de paz con los palestinos. Con tono muy serio, el canciller en ejercicio, Shlomo Ben Ami, aseguró en el hotel Hilton de Taba, en la frontera entre el Sinaí egipcio e Israel, que las partes habían llegado en esta ronda de conversaciones desesperadas al punto más cercano a un histórico acuerdo de paz. Detrás de bambalinas, el encargado de la seguridad preventiva en la Autoridad Palestina en Gaza , Mujamad Dajlán, definía mejor el documento conjunto, en la jerga ya común a árabes y a israelíes: "Jarta barta", burdo palabrerío inútil.

Es cierto, como decía un miembro de la delegación israelí, que en las conversaciones de Taba "se comenzó a hablar de los problemas verdaderos, a tocar las líneas rojas".

Por ejemplo, en el tema de los límites, las partes intercambiaron mapas, analizaron en profundidad qué bloques de asentamientos judíos podrían ser dejados intactos y cuáles no, cómo vivirían los colonos judíos, cuál sería su ligazón física con Israel, cómo lograr que en esas zonas vivan la menor cantidad posible de palestinos, qué zonas recibiría el estado palestino como compensación, etc.

En el tema de la seguridad se presentó la dificultad más dura, pues los palestinos se oponen enérgicamente a que Israel mantenga una fuerza en el Valle del Jordán. Israel señala argumentos de necesidad de alerta temprana en caso de emergencia. Los palestinos se niegan a que Israel viole su soberanía y se oponen también a que Israel efectúe vuelos sobre su futuro territorio nacional.

En el de los refugiados, Iosi Beilin –uno de los arquitectos de los acuerdos de Oslo- junto con el jefe de la delegación palestina, Nabil Shaat, diseñaron el "menú" de soluciones a proponer a los refugiados. Trataron la conformación de una organización internacional que lleve a cabo la distribución de las indemnizaciones y la rehabilitación de los refugiados, y elaboraron algunas fórmulas alternativas para resolver la cuestión del derecho al retorno y la de la responsabilidad histórica por el problema. La definición quedará en manos de los líderes máximos, pero Beilin aseguró que "el problema es absolutamente solucionable".

La comisión sobre Jerusalem se reunió una sola vez y no llegó a nada. Los israelíes se empecinaron en que primero hay que resolver cómo se va a administrar la vida cotidiana en la "zona sagrada" de la Ciudad Vieja y sólo después hablar de soberanía. Los palestinos insistieron en que fuera al revés.

Los israelíes salieron con la sensación de un logro que se les va de las manos. Estuvieron cerca, pero a una semana y media de las elecciones, no es políticamente plausible firmar nada. Los palestinos, por su parte, parecen haberse despertado a la realidad de que el próximo premier israelí será Ariel Sharón, e hicieron un sincero intento por ayudar a Barak.

Obviamente, se despertaron tarde. Mejor hubiera sido, por ejemplo, no volver a desaprovechar una oportunidad histórica –y van…-, la de aceptar la propuesta que Clinton y Barak le ofrecieron a Arafat en bandeja, tanto en Camp David como en la propuesta del presidente norteamericano saliente: el estado palestino con Jerusalem como su capital. Mejor hubiera sido no sacar de la manga la reivindicación que hasta ahora no había sido central: el derecho al retorno, que hace volver todo a fojas cero. Mejor hubiera sido no empezar una nueva Intifada, que es a la derrota de Barak lo que la ola de autobuses volados por el aire en marzo y abril de 1996 fue a la derrota de Shimon Peres frente a Bibi Netaniahu.

Que linda es la paz

Barak quería lograr antes de las elecciones algo totalmente distinto. Quería una propuesta de acuerdo de paz que convirtiera estas elecciones en un plebiscito. Que el tema no fuera Barak o no Barak –donde sabe que pierde- sino "este acuerdo de paz" o "la guerra de Sharón". En cambio, su plataforma en el tema de la paz es una declaración de buenas intenciones. Como en la escuela, composición tema: "Qué linda es la paz". Antes de la declaración de qué bueno y cuán posible es hacer la paz, las encuestas daban a Sharón como ganador en los comicios del 6 de febrero por un 50% de los votos contra un 33% para Barak. Después de la declaración, según el Instituto Geocartográfico, Sharón se llevaba un 53%, y Barak un 27%. Jarta Barta.

Barak va a perder en estas elecciones, a menos que cuatro días antes, el plazo legal, renuncie a su candidatura y el Laborismo pueda postular en su lugar a Shimón Peres. De paso sea dicho, el triunfo de éste sobre Sharón tampoco es nada seguro, pues las encuestas sobre ese hipotético enfrentamiento dan empate.

Los motivos para el triunfo de Sharón y la derrota de Barak son múltiples, pero los principales, como suele suceder, son atribuibles a Barak mismo. El premier, que admite con ridículo orgullo que no es político, se supo hacer odiar en primer lugar por sus propios compañeros: no sólo es mal político, tampoco sabe trabajar en equipo, liderar a los propios. Y eso que los cursos de liderazgo empresarial y trabajo en equipo están tan de moda como la asesoría de imagen, tanto en Israel como en todo el mundo post-moderno. Asesores de imagen hubo y los hay. En cómo ser buen líder, Barak repite de grado.

Con los demás partidos que formaron su coalición, el hasta hoy líder laborista soñó un sueño imposible: ir con su mayoría coalicionaria, del que participaban más partidos de derecha que de izquierda, a un proyecto de paz total con los palestinos. Finalmente se quedó sin el pan y sin la torta. Los socios coalicionarios lo abandonaron por su concepción, pero la misma no pudo ser puesta en práctica. Ahora no tiene amigos en casa, tampoco tiene socios políticos ni acuerdo de paz.

Visto en retrospectiva, sin embargo, el abandono de los partidos de derecha no está del todo justificado. La paz definitiva con los palestinos no se malogró por las trabas de esa derecha, sino por la brecha insalvable entre el discurso pacificador de Barak y sus hechos en el terreno. Sin bien las conversaciones de Camp David y sus ofertas generosas a los palestinos fueron su medida más audaz, aquí en casa, durante un año y medio, Barak no entregó un solo centímetro de tierra a los palestinos, ni siquiera de lo que Israel adeudaba de Wye Plantation. Es más, el gobierno de Barak construyó mucho más en los territorios –aunque sin hacer olas- que el mismísimo gobierno de Netaniahu. Y una vez iniciada la Intifada de Al Aqsa, debido al fracaso de Camp David –cuyas causas recorríamos en otra nota- la administración Barak echó mano de todos los recursos que la dominación de los territorios le permite, en especial el cierre doble de los mismos: el general tradicional, entre los territorios e Israel, y la "coronación" de las ciudades dentro de la Margen Occidental. Aclaremos que, dada la escalada palestina de sólo piedras a armas de fuego, bombas de todo tipo y actos terroristas en las ciudades israelíes a manos del Hamás y también del Fataj, Israel ha mostrado relativa moderación en lo que a muertes se refiere, que en otras circunstancias, en otros países, habrían alcanzado los miles.

Pero definitivamente, no se puede decir que Barak haya hecho honor al estandarte dejado en el campo de batalla por Itzjak Rabin al caer. En un año y medio de gobierno siguió más bien con la labor iniciada por Bibi Netaniahu en el destrozo de las relaciones con el mundo árabe, y continuó con el deterioro del estado de bienestar en el plano interno.

Barak quiso probar "de una vez y para siempre" si era posible llegar a la paz con los palestinos. Los resultados dejan un tendal de decepción. Pero luego de la derrota, el Laborismo y el resto del campo de la paz en Israel deberán hacer el análisis del fracaso y responder a la pregunta: ¿el fracaso hasta ahora en las negociaciones de paz se debió a que ésta es intrínsecamente imposible, pues las posiciones israelíes y palestinas son inencontrables? ¿O a errores tácticos en las negociaciones? Barak deberá responder si el no haber logrado la paz le demuestra que "no hay con quién hablar", que no hay un socio para la paz, o si en realidad la paz estaba al alcance de la mano y no se logró por fallas en las negociaciones o porque los contras de siempre no lo dejaron terminar.

Salvar lo que se pueda de Eretz Israel

Para la derecha se trata de su gran hora. Desde que se firmó el tratado de Oslo en 1993, esa mitad de los israelíes –y con ella también una buena parte del judaísmo diaspórico- ha visto perderse el sueño de la Gran Eretz Israel, el dominio exclusivo del pueblo judío sobre la Tierra de Israel bíblica e histórica.

Desde entonces, se han dedicado a reagrupar sus filas, lamer las heridas, redelinear sus plataformas. La Gran Eretz Israel, las "dos márgenes del Jordán", dejó de ser el objetivo, al menos del Likud (otros, como Beny Beguin y el movimiento Beitar hacia la derecha, lo siguen sosteniendo). El llamado de la hora es, en cambio, "salvar lo que se pueda", reducir los daños causados por el proceso de paz. Algunos futuros socios de Sharón, como Rejavam Zeevi (apodado Gandhi), volvieron sobre viejas pesadillas radicales. Gandhi –cuyo punto programático principal es el "transfer", la expulsión de los árabes de los territorios- volvió a afirmar abiertamente por televisión que su sueño era que los árabes sencillamente se fueran, para desesperación de los encargados de la campaña de Sharón.

Otros, como los colonos en los territorios, ven al que probablemente sea el próximo primer ministro de Israel con entusiasmo contenido. Ellos conocen el récord de Sharón. Todo su récord. Y saben perfectamente tres cosas: primero, que a la hora de la verdad Sharón no podrá cumplir todas sus promesas; segundo, que Sharón ya ha mostrado sus dotes de pragmático, como cuando evacuó violentamente Iamit en el Sinaí, luego del acuerdo de Camp David de 1979, o cuando participó en el diseño de la retirada israelí en Wye Plantation junto a Netaniahu; y tercero, que a la hora de hacer la paz con los árabes, ningún líder tiene las manos tan libres como uno de la derecha. Si Sharón sube al poder con más de un 50% nada podrá detenerlo si quiere llevar a Israel una guerra… o si quiere blanquear su imagen histórica firmando una paz -definitiva y durable, o temporal y más o menos aceptable- con los palestinos. Pues si no lo acompaña la derecha, tendrá a todo el centro y la izquierda del mapa político de su lado.

Esta última posibilidad es una visión optimista que no muchos comparten en Israel. Aquí planteo solamente su plausibilidad, porque es técnicamente posible, y porque han habido antecedentes. Además, una cosa es ser ministro de Defensa, cuyo jefe es el primer ministro –al que se lo puede, entre otras cosas, engañar-, y otra bien distinta lo es ser premier, cuyos jefes son todas las presiones nacionales e internacionales, comenzando por Europa y los Estados Unidos. Netaniahu ya probó de esa medicina y, cuanto mucho, pudo desacelerar el proceso de paz, pero no detenerlo.

Del otro lado del análisis, por ejemplo, Baruch Kimmerling (uno de los llamados "nuevos historiadores" o "post-sionistas") plantea en el matutino Haaretz cuáles son las dos opciones de entre las cuales elegirá Ariel Sharón para conducir su administración del conflicto.

La primera es la "opción Shamir": tal como lo hiciera Itzjak Shamir (Likud) desde la convención de Madrid en 1991 hasta su derrota ante Itzjak Rabin en 1992, se trata de negociar por la negociación misma, sin llegar a ningún acuerdo, con el fin de mantener lo más posible la situación existente. La expectativa sería que el gobierno de la Autoridad Palestina caiga o que Arafat declare la independencia. Esto le daría la excusa necesaria a Sharón para anexar los territorios más amplios posibles. Locual, a su vez, hará empeorar la situación de los palestinos en los territorios, la violencia y la anarquía conducirán a una guerra civil, Israel reprimirá, y así sucesivamente.

La segunda opción es la llamada "opción Avigdor Liberman", a nombre del ex mano derecha de Biniamín Netaniahu y actual líder del partido Israel Beiteinu, de inmigrantes rusos de derecha. La política soñada por este partido es la respuesta al problema demográfico, por el cual si no hay cambios, no se podrá evitar en el futuro que los árabes constituyan la mayoría de la población de Eretz Israel (Israel y los territorios juntos).

El "sueño erótico" de los libermanistas es la escalada de violencia hasta llegar a una guerra regional. En medio del caos de la guerra se podrá efectuar una "purificación étnica" de miles de palestinos, a la Kosovo, en especial en los territorios. Cuanto más oposición armada palestina surja, más fuerzas de Tzahal se verán arrastradas a la represión de palestinos, "cerrando el círculo", desde su punto de vista, iniciado en 1948.

Por último Kimmerling se entretiene con la visión optimista bautizándola "opción De Gaulle". Según la misma, Sharón es un jugador de fútbol comprado por el Likud de la banca de suplentes del Laborismo que, deseoso de purificar su nombre para la posteridad, cerrará trato con unos palestinos agotados y temerosos de su figura y prestigio monstruosos. Si en la Kneset no halla mayoría, cosa probable, aun con la izquierda y los árabes de su lado, Sharón podrá llevar el acuerdo a plebiscito y ganará con aplastante mayoría. He aquí lo que opina el Kimmerling: "Bienaventurados sean los optimistas".

Una paradoja trágica

Más allá de todas las circunstancias que llevan a estas elecciones, y más allá de todas las especulaciones sobre lo que vendrá, lo único cierto es que son muy pocos los que quieren que Barak triunfe. Esto no demuestra tanto el afecto hacia Sharón, como el desafecto, por decirlo con palabras suaves, hacia Barak.

Lo cual lleva a una especie de paradoja trágica en la política israelí: Barak, que ganó con una mayoría enorme, gracias a que se presentó como el heredero de Rabin y a que, como tal, terminaría de alcanzar la paz histórica con los palestinos, terminó no sólo decepcionando a esa mayoría, sino arrojándola a las fauces de quien sólo promete la perpetuación del conflicto.

El único consuelo es que estas elecciones no son definitivas. Las han provocado sobre todo los sinsentidos técnicos del actual sistema eleccionario, y no satisfacen la necesidad de barajar por completo y dar de nuevo. En efecto, ya hay quienes pronostican que Sharón, con menos respaldo en la Kneset aún que Barak (el Likud tiene apenas 19 escaños, frente a 26 del Laborismo y 17 del partido religioso sefardí Shas) no se podrá sostener por mucho tiempo, y deberá llamar a elecciones anticipadas, tanto para la Kneset como para el Ejecutivo, incluso antes que culmine este mismo año. Bienaventurados los optimistas.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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