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La tentacin del voto en blanco o la crtica del pragmatismo obsecuente

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-26 11:15:21
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La tentación del voto en blanco o la crítica del pragmatismo obsecuente

Elecciones en Israel, versión 2001
Por Sergio Rotbart

El autor de la siguiente nota se niega a entregarse a la realidad de unas elecciones donde el votante se ve obligado a elegir entre "el cólera y la peste bubónica". La Intifada de Al Aqsa, explica, se ha dado sobre el trasfondo de un período de gobierno laborista en el que el dominio sobre los territorios y la política de asentamientos se profundizaron más -aunque silenciosamente- que durante el vocinglero mandato de Biniamín Netaniahu.

"La diferencia entre Ariel Sharón y Ehud Barak es la misma que existe entre el cólera y la peste bubónica; el público deberá elegir si prefiere vomitar o rascarse". Así describió el dilema con el que se enfrentarán los ciudadanos israelíes en los comicios del próximo 6 de febrero el periodista Dorón Rozemblum. La metáfora no es descabellada; por el contrario, la diferencia entre dos tipos de peste ilustra muy bien cuál es la causa de un fenómeno nada despreciable -tanto cuantitativa como cualitativamente-: la apatía y la disconformidad frente a dos opciones que, en el mejor de los casos, se diferencian por su grado de negatividad (mal menor frente a mal mayor) más que por encarnar dos caminos claramente separados, en direcciones opuestas, inconexos.

Para explicar este fenómeno del acercamiento y desdibujamiento de las diferencias entre los dos grandes bloques de la política israelí (las llamadas derecha e izquierda o, en su variante más localista, el "campo nacional" versus el "campo de la paz"), es necesario no centrarse exclusivamente en el terreno de las concepciones ideológicas, las declaraciones de principios y los objetivos estratégicos, donde -a pesar de que también en este plano se siente la erosión del pragmatismo, la mercantilización y su exigencia de productos "digeribles y moderados"- las diferencias todavía son claras, sino que es preciso analizar los hechos producidos en el terreno de la política concreta, evaluar sus resultados y medir la distancia que separa a estos últimos del discurso.

Evidentemente, son los partidarios del campo de la paz quienes tienen más motivos para refugiarse en el descontento y la desilusión, pues durante la cadencia de Ehud Barak la distancia entre los objetivos declamados y el camino emprendido para lograrlos ha alcanzado el límite de la disonancia cognitiva. Muchas veces las verdades de Perogrullo deben explicitarse para analizar una realidad que, por más compleja que parezca, debe enfrentarse mediante el análisis racional y una visión de mundo basada en valores éticos: mientras que un fiel creyente de la Gran Israel tiene poco que reprocharle a Bibi Netaniahu o al actual candidato del Likud, Ariel Sharón, quienes no están dispuestos a efectuar más renuncias territoriales pero sí a pagar el precio de la perpetuación del conflicto y el enfrentamiento con los palestinos, un partidario del campo de la paz tiene mucho que reprocharle a Ehud Barak, quien para llegar a un acuerdo posible con la dirigencia palestina eligió un camino paradójico, cuando no antagónico, a los objetivos declarados.

De la Paz a la separación

En primer lugar, la tentación populista de hacer un gobierno con t-o-d-o-s lo llevó a formar una coalición tan amplia y heterogénea (aunque, es preciso aclarar, sólo en el sector judío) que junto a Meretz incluía al Mafdal (Partido Religioso Nacional, fiel representante de los asentamientos en los territorios ocupados), pero tan exclusivista y homogéneamente étnica que excluyó a todos los partidos árabes, a pesar de que Barak contó con el apoyo absoluto de los votantes árabes. La tradicional consigna del movimiento pacifista Paz Ahora de que los asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza son el principal obstáculo para llegar a un acuerdo de paz con la dirigencia palestina fue alevosamente violada por el gobierno de Barak. La construcción en esos asentamientos aumentó de 1367 unidades habitacionales construidas en 1999, a 1626 erigidas en los primeros 11 meses del año 2000 (sin contar la construcción rural y privada). No es casual que Itzjak Levy, dirigente del partido Mafdal, fuera el ministro de Construcción y Vivienda durante el actual gobierno, y su política de agrandamiento de los asentamientos judíos más allá de la Línea Verde fuera aceptada por todos los miembros de la coalición, incluidos Meretz y el Laborismo. Así, desde el punto de vista del "campo de la paz" israelí todo el accionar relacionado con la ampliación de los asentamientos tuvo lugar en el marco de la ley: la confiscación de tierras, la destrucción de casas y las limitaciones al movimiento de los palestinos. De hecho, durante gran parte del 2000 el ensanchamiento de los asentamientos y la profundización del dominio israelí sobre los territorios conquistados en 1967 fueron los principales preparativos ante las conversaciones sobre el acuerdo definitivo con la dirigencia palestina.

Si bien la "visita" de Ariel Sharon al Monte del Templo -autorizada por el gobierno- fue la mecha que encendió el fuego de una nueva Intifada , la carga de oxígeno propicia para precipitar el estallido fue -en parte- responsabilidad de la política de Barak. Durante su mandato la "paz" se convirtió en un concepto abstracto en cuya base se asienta el principio de la separación y la aspiración expresa a deshacerse de los palestinos. Esta tendencia se expresó claramente en la anterior consigna electoral de Ehud Barak: "Nosotros aquí y ellos allá", y se agudiza en la actual campaña, en la que el líder laborista llama a la "separación unilateral" en caso de que las conversaciones en torno de un acuerdo final no lleguen a buen puerto. También el ex premier Itzjak Rabin subió al poder con una consigna similar: "Sacar a Gaza de Tel-Aviv", y aunque los acuerdos de Oslo encarnaron mucho más que la simple aspiración aislacionista, lo cierto es que el "proceso de paz" se convirtió en el transcurso del tiempo, sobre todo luego del asesinato de Rabin, en una consigna vacía de contenido que esconde la amarga realidad del aislamiento coercitivo de los palestinos en islas de autonomía limitada sin una continuidad territorial al lado de un renovado sistema topográfico y judicial que perpetúa la superioridad israelí.

La irrupción de la Intifada de Al-Aqsa debe analizarse en el marco de un proceso que para la inmensa mayoría de los palestinos implica el deterioro de las condiciones materiales de existencia, lo cual explica también la popularidad de la que goza la consigna de que el proceso de paz es la continuidad de la dominación israelí por otros medios. Si bien el desprestigio del que gozaba Yasser Arafat y su entorno a los ojos de los palestinos hasta el momento del levantamiento era grande, hasta el punto de que varios analistas se sorprendieron cuando constataron que la violencia no estaba dirigida contra las autoridades de la Autonomía Palestina, aún los israelíes (y principalmente aquellos que más directamente representan el régimen de ocupación: los colonos y los soldados) son vistos como el enemigo, principal responsable de una situación de penuria y opresión.

Como lo afirma la organización Betselem, que se ocupa de registrar la violación de derechos humanos en los territorios ocupados en 1967, los distintos métodos de castigo colectivo que aplica Israel contra la población palestina ante los hechos de violencia y terrorismo no emanan de consideraciones de seguridad puras. El cerco, el aislamiento y la prohibición de circular se ejercen indiscriminadamente sobre millones de habitantes y no sobre personas determinadas que amenazan la seguridad de los israelíes. Estas medidas no hacen más que acentuar la grave situación económica y la desesperación de quienes la padecen.

Otras consignias, otros dirigentes

El mayor desengaño frente a las promesas electoralistas de Ehud Barak lo han experimentado quienes constituyen el sector en el que mayor apoyo recibió en las elecciones de 1999: los árabes israelíes. La discriminación en la distribución de presupuestos e inversiones en infraestructura y servicios de la que este sector de la población es víctima históricamente, se ha acentuado durante el actual gobierno. A ello se le suma la política de expropiación de tierras y demolición de casas. Pero la gota que rebalsó el vaso del descontento de los ciudadanos árabes fueron los 13 muertos por parte de las fuerzas de seguridad durante las manifestaciones ocurridas el pasado mes de octubre en distintas ciudades árabes. En este caso fue evidente la "política del gatillo fácil", tomando en cuenta que en manifestaciones de ciudadanos judíos mucho más multitudinarias, y en las que no faltaron provocaciones y enfrentamientos con la policía, ésta nunca osó disparar, ni mucho menos a matar.

En momentos en que el conflicto entre israelíes y palestinos ha cobrado nuevamente la forma del enfrentamiento y la violencia directos, es común que el miedo y el odio cundan en la población como una reacción casi natural. La grandeza de un verdadero dirigente comprometido con las metas y valores del campo de la paz deberán ser proponer una alternativa que neutralice y supere a esos sentimientos, orientando el apoyo popular hacia un programa de reconciliación y convivencia pacífica. La "separación unilateral" suena más a venganza que a voluntad de reconocer los derechos del otro bando, y su eventual efectividad como consigna electoral se sustenta sobre la base del miedo y el odio.

Hacen falta otras consignas y otros dirigentes para que el campo de la paz israelí recupere los viejos principios del reconocimiento mutuo, la coexistencia y la cooperación.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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