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Santidad, Soberana e Identidad Juda

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-26 10:08:47
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Santidad, Soberanía e Identidad Judía

Una opinión poco ortodoxa
Por Raquel Hodara

Durante los últimos meses, el conflicto israelí-palestino se ha ido convirtiendo a pasos agigantados de político-territorial en cultural-religioso. Como se sobreentiende, esto amenaza con poner punto final a cualquier esperanza de solución. A diferencia de territorios -e incluso viviendas- que pueden repartirse más o menos equitativamente, "la Verdad", así como los símbolos y los ritos que la representan, son indivisibles a los ojos de quienes se sienten dueños de la misma.

Ya en la época talmúdica nuestros sabios detectaron el potencial destructivo de los enfrentamientos religiosos y trataron de advertir acerca del mismo: al analizar los mensajes ocultos entre las densas líneas del relato de Caín y Abel, hablan de la competencia por el favor divino -encarnado en la posesión del solar sobre el cual habría de construirse el Templo- como uno de los posibles móviles del fratricidio arquetípico. Nuevamente nos ponen al tanto de los peligros que acarrea el fanatismo, al narrar el terrible evento -esta vez historia y no mito- durante el cual un sacerdote del Templo de Jerusalem había sido asesinado por uno de sus compañeros, a raíz de una contienda en torno a cierto privilegio relacionado con el culto.

 Este tipo de pasiones, que en épocas más o menos normales obsesiona únicamente a fundamentalistas de todos los credos, hace presa de grupos mucho más amplios cuando las crisis étnicas se agudizan. En momentos así, no son pocos los que consideran que quienes están dispuestos a ceder o a compartir la posesión de un símbolo religioso tangible –incluso en aras de la paz- carecen por completo de identidad nacional–cultural.

Creo que respecto a nuestro caso concreto –la encarnizada polémica en torno a cualquier acuerdo con los palestinos que incida sobre el status del Monte del Templo -es imprescindible que nos formulemos al menos dos preguntas. Antes de hacerlo, permítasenos insistir: no se trata de introducir cambio alguno en la situación concreta del Monte, sino únicamente en ciertas definiciones jurídicas formales.

La primera pregunta a la que quiero referirme gira en torno a la relación entre santidad y soberanía. De acuerdo con el veredicto emitido varios días atrás por el Consejo del Gran Rabinato, según el cual "quien renuncie a la soberanía sobre el Monte del Templo estará profanando el nombre de Dios", podríamos suponer que no cabe duda acerca del nexo indivisible entre ambas. El Gran Rabinato parece estar insinuando que la carencia de soberanía política podría atentar contra la santidad del lugar (!). Sin embargo, como hemos tratado de poner en claro una y otra vez, tampoco en este caso la opinión expresada por la oficialidad rabínica es la única sustentable dentro del marco de la tradición judía. Shalom Rosenberg y Moshe Halbertal –ambos ortodoxos y profesores de filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalem– dan prueba fehaciente de la existencia de otras opciones. Mientras el primero sugiere la posibilidad de lograr un acuerdo que permita tanto a judíos como a musulmanes recitar sus oraciones en la explanada del Monte, el segundo se adentra en el tópico de la relación entre santidad y soberanía, para concluir que la una no depende en absoluto de la otra; muy por el contrario: se trata de dos conceptos mutuamente excluyentes. De acuerdo a Halbertal, la soberanía, lejos de apoyar la santidad de un determinado lugar, la profana. Su ensayo -magistral, en mi opinión- trae diversos ejemplos de la "halajá"* para demostrar que en lo más profundo del pensamiento judío, la santidad se expresa precisamente por medio de la renuncia a la potestad: durante el sábado -período de tiempo sagrado- el judío observante renuncia a su dominio sobre la naturaleza, evitando cambiarla; algo semejante ocurre respecto al año de la "shmitá"** y a ciertas reglas de conducta en la sinagoga, cuyo objeto es evitar que ésta sea considerada como una propiedad más.

Soberanía como idolatría

Otros pensadores opinan que la distancia y el anhelo son precisamente los que refuerzan los lazos que unen al creyente con el lugar que simboliza a sus ojos, más que ningún otro, la posibilidad de comunión con la presencia divina. Sólo así se explica que durante dos mil años de exilio los judíos lo hayan seguido amando con fervor sin que la abrumadora mayoría de ellos lo hubieran visto siquiera una vez.

Es más: la gran mayoría de los rabinos –incluyendo a los Grandes Rabinos citados anteriormente- prohíben a los judíos subir al Monte del Templo y ven en el acceso al mismo un sacrilegio imperdonable.

Es oportuno aclarar –vuelvo al artículo de Halbertal- que mientras las luchas de los macabeos y los zelotes por retomar el control del Templo fueron provocadas por la decisión imperial helénica -y posteriormente romana- de introducir ídolos al recinto sagrado, los musulmanes se abstienen totalmente de hacerlo, ya que respetan a pie juntillas los preceptos que prohíben la adoración de imágenes. Halbertal afirma que hoy es justamente la obstinación de ambas partes –judíos y musulmanes– por enarbolar sus respectivas banderas en el Monte, la que en realidad equivale a un acto de idolatría, ya que el Templo es usado y abusado como medio de manipulación en la confrontación entre grupos nacionales. Agrega que "tanto judíos como musulmanes, a pesar de adorar al mismo Dios, transforman al Santuario en un altar pagano sobre el cual se ofrecen sacrificios humanos; personas que se autodenominan siervos de Dios y se adjudican el monopolio sobre la tradición sagrada, están dispuestas a sacrificar una generación completa de jóvenes en aras del dominio sobre el lugar."

Formulemos ahora la segunda pregunta, quizá más provocativa aún que la anterior; cuestionémonos no sólo acerca de la necesidad imperiosa de soberanía, sino también acerca de la centralidad que muchos adjudican a la devoción por el solar del Templo en la escala de valores que pretenden imponer: ¿es que realmente aquellos que no creemos en la santidad de lugar alguno –aunque estamos conscientes de su importancia como símbolo conglomerante a lo largo de la historia– renegamos por ello de nuestra profunda identidad judía? Me rehúso a aceptar dicha acusación; es más: me rebelo ante lo que me parece una difamación malévola. Recordando que Jeremías (capítulo VII), en una inmortal arenga contra aquellos que confían en la seguridad que les da la presencia del Templo, dice que lo que Dios exige para asegurar que moraremos para siempre en esta tierra no son sacrificios, sino "hacer justicia entre el hombre y su prójimo, no oprimir al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni derramar en este lugar (¡el Monte del Templo!) sangre inocente", me atrevo a pensar que son aquellos que están dispuestos a verter sangre de seres humanos –judíos o no– en aras de cualquier objeto tangible o de cualquier rito religioso, los que desvirtúan lo más prístino del mensaje ético de nuestra cultura.

*Halajá = el conjunto de reglas y preceptos que guía la vida de los judíos observantes.
**Shmitá = el año de remisión: el séptimo de cada ciclo de siete años. De las leyes relacionadas con el mismo, la más conocida es la prohibición de cultivar la tierra.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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