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El Sionismo en una era de revoluciones

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-01 14:41:42
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El Sionismo en una era de revoluciones

Pensamiento Sionista
Por Anita Schapira

El sionismo, concepto desarrollado por Teodoro Herzl a fines del siglo XIX, ha sufrido ciertas transformaciones y evoluciones a lo largo del tiempo. Este artículo analiza el origen del sionismo, las diferentes acepciones que le dieron a este término diferentes pensadores judíos y su adaptacion a las diferentes "revoluciones", a las diferentes épocas y a los cambios que sufrió la humanidad en el último siglo.

El estudio de los fenómenos históricos implica inevitablemente el análisis de temas vinculados con el tiempo; la relación entre un fenómeno determinado y su ubicación en el eje temporal es un interrogante histórico de importancia fundamental. El sionismo suscita preguntas vinculadas con el tiempo: ¿Cuándo empezó? ¿Por qué se produjo precisamente en ese momento? ¿Hubiera podido producirse antes o después? Estos interrogantes definen al sionismo como un fenómeno histórico, una función del tiempo, cuya explicación está condicionada a la comprensión del marco histórico amplio en cuyo seno tuvo lugar.

Yaacov Talmon definió al sionismo como "la reacción judía ante el factor más efectivo del mundo moderno, el nacionalismo"; Gershom Scholem lo definió como "el retorno utópico de los judíos a su propia historia" , y continuó explicando que "la irrupción de los judíos en la historia 'secular' puede ser definida como un acto existencial". Estas dos definiciones ubican al sionismo en una secuencia histórica general: no tuvo lugar en espacios espirituales autónomos, tal como algunos describen la historia judía en la diáspora; tampoco fue la continuación de los anhelos milenarios por Sión, como tienden otros a describirlo, sino que fue un producto de su época, una reacción a determinados acontecimientos históricos que exigieron una nueva forma de diálogo entre los judíos y la sociedad circundante.

El sionismo fue uno de los últimos movimientos nacionales europeos. La opinión imperante es que demoró en aparecer y demoró en concretarse. En este contexto se mencionan dos fenómenos paralelos: el movimiento nacional árabe y el Holocausto. El sionismo herzliano surgió en las postrimerías del imperialismo europeo; la posibilidad de una nación europea de colonizar un país oriental, que en el siglo XIX era aceptada como un fenómeno legítimo y hasta moral (cf. Rudyard Kipling, "Tomó el hombre blanco") se convirtió en algo casi imposible en el siglo XX, con el surgimiento de los movimientos nacionales extra- europeos que hicieron tambalear los fundamentos morales del colonialismo europeo y produjeron un vuelco en la opinión pública ante los movimientos colonizadores blancos que vulneraban los derechos de los nativos.

La lucha entre el movimiento nacional judío y el movimiento nacional árabe por el control de Eretz Israel se puso de manifiesto en el contexto de la aparición demorada del movimiento sionista. Por otra parte, si el sionismo herzliano tenía la intención de resolver la cuestión judía en Europa en su sentido existencial, el sionismo demoró en crear el refugio judío del que hablaba Herzl: el Holocausto se anticipó al estado de los judíos. El Estado de Israel no impidió el exterminio de los judíos, sino que se creó a partir de él.

Corno historiadores, nos cuesta afrontar la gama de posibilidades no concretadas por la historia. Aceptamos que no todo lo sucedido debía haber ocurrido, que en las diversas encrucijadas históricas, los acontecimientos podrían haber evolucionado de distinta manera, por supuesto con consecuencias totalmente diferentes. La dificultad del historiador consiste en que una vez que ha fijado cuáles son las posibilidades no concretadas, sólo puede suponer cuáles habrían sido las posibles consecuencias de dichas opciones, en caso de haberse producido. La descripción de la historia no acontecida no nos permite reconstruir las consecuencias imprevisibles de acciones no sucedidas. Por eso, no cabe cuestionamos si el sionismo perdió una ocasión mejor de concretarse cincuenta años antes; es una pregunta ahistórica, porque así como en aquel entonces determinadas circunstancias eran más propicias para el sionismo, había otras que tal vez lo habrían convertido en un fenómeno absolutamente ilógico.

El argumento que expondré a continuación es que existió un vínculo inseparable entre la historia del siglo XX y la concreción del sionismo; que en el siglo XX hubo determinadas características sin las cuales cabe dudar de que el sionismo hubiera podido concretarse. Así como es dudoso que el sionismo hubiera podido concretarse antes de su momento de realización, también es dudoso que hubiera podido hacerlo más tarde. Y con más crudeza: ¿puede imaginarse en el mundo de hoy en día la concreción de un proyecto como éste? Mi respuesta es negativa, y trataré de demostrarla señalando las características peculiares del siglo XX que contribuyeron a la realización del sionismo.


Isaiah Berlin definió al siglo XX como el siglo más terrible de la historia de Occidente. Eric Hobsbawm tituló su libro, que delimita al siglo XX, "La era del extremismo". El elemento más destacado en todos los intentos de definir el siglo XX es el de la inestabilidad, del extremismo ideológico y político, de un mundo cuyos fundamentos tambalean.

El sionismo como movimiento y como ideología quiso hacer tambalear el status quo. Fue una de las corrientes revolucionarias que desafiaron la división del mundo existente, con sus sociedades institucionalizadas y sus estructuras de poder. La relación entre las conmociones del siglo XX y la transformación del sionismo de idea en realidad concreta es obvia, casi trivial, cuando se examinan las evoluciones y encrucijadas políticas que constituyeron el punto de inflexión en la historia del sionismo. Toda la grandeza de Herzl no fue suficiente para cambiar la realidad política y obtener el charter deseado para el pueblo judío en Eretz Israel, pues él se movía en un mundo europeo estable.

El gran cambio en el destino del sionismo se dio con el descongelamiento de la política que siguió a la Primera Guerra Mundial y a la división del Imperio Otomano. La Declaración de Balfour fue consecuencia de una serie de hipótesis, en parte erróneas, que llevaban el sello de la época; la tendencia de los estadistas británicos, en particular de la aristocracia, a contemplar el mundo como su campo privado de juegos, en el que podían hacer todo lo que se, les ocurriera, fue la que engendró la insólita idea de que seria interesante otorgar a los judíos la posibilidad de asentarse en Eretz Israel, y ver qué podrían hacer allí. La misma línea de pensamiento dio origen a las actividades de Lawrence de Arabia contra el Imperio Otomano, manipulando las aspiraciones nacionales de los árabes, y fue la que introdujo a la dinastía hachemí en la historia del Oriente Medio, creando el Irak moderno y el reino de Jordania. Ese era un mundo aún regido por los europeos, manejado con una visión europeo céntrica, que observaba a quienes no pertenecían al "club europeo" con una arrogancia despreciativa. Fue un momento de transición, que parecía el apogeo del dominio europeo a nivel mundial, pero que ya portaba la simiente del fin de dicho poderío, en la imagen de los genios que Gran Bretaña liberaba de la lámpara para vencer al Imperio Otomano. El movimiento sionista supo aprovechar ese momento histórico, si bien desde un comienzo fue consciente de los peligros que implicaba la alianza con una fuerza europea en decadencia.

La política volvió a congelarse a principios de los años '20. El nuevo momento propicio para el movimiento sionista se dio con la Segunda Guerra Mundial, con la declinación de Gran Bretaña y Francia y el ascenso de dos potencias nuevas, los Estados Unidos y la Unión Soviética. El reparto del botín después de la Segunda Guerra Mundial fue lo que permitió el nacimiento del Estado de Israel. El desangramiento militar y económico de Inglaterra después de la guerra la llevó a una creciente dependencia de los Estados Unidos, al repliegue del Imperio Británico y a una nueva ventana de oportunidades en el Oriente Medio. En los Estados Unidos, el tema de los refugiados judíos, consecuencia directa de la guerra, convocó a la opinión pública judía y general en pro del estado judío. Al mismo tiempo, el imprevisto respaldo de la Unión Soviética a la creación del Estado de Israel se comprende sobre el telón de fondo de la guerra fría y los esfuerzos de la URSS por penetrar en el Oriente Medio.

Para bien o para mal, el sionismo halló su cauce en un mundo configurado por las dos guerras mundiales, con el trasfondo del ocaso del colonialismo y el europeocentrismo. La rapidez con que tuvo lugar el proceso de creación de la entidad judía soberana en Eretz Israel - treinta años - sólo puede entenderse cabalmente en relación con la velocidad con que en aquella misma época se produjeron otros procesos a nivel mundial, que en un lapso muy breve generaron una situación muy lábil en el Oriente Medio e hicieron posible el cambio del status quo. En 1948, poco después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo aún estaba abierto a procesos revolucionarios: en la misma época en que surgió el Estado de Israel, la India logró su independencia después de una sangrienta guerra civil, Mao Tse Tung asumió el poder en la China, los comunistas se apoderaron de Checoslovaquia y la amenaza de la URSS sobre Europa Occidental parecía lo suficientemente concreta como para generar el Plan Marshall. A diferencia de ello, el mundo de la segunda mitad del siglo XX estaba dividido en áreas de influencia; las guerras ya no producían cambios en las fronteras; quien tenía algo, lo retenía, y quien aspiraba a incorporarse al club, quedaba afuera. De hecho, los cambios del status quo se tomaron imposibles.

Como ya hemos señalado, la relación con procesos políticos de origen europeo

es el aspecto más sencillo del vínculo entre el sionismo y las conmociones del siglo XX. Analizaremos a continuación los aspectos sociales y culturales-ideológicos.

El sionismo tenía la intención de convertir a un pueblo diaspórico en un pueblo territorial, con soberanía en su territorio. Desde el punto de vista social, esto implicaba procesos de inmigración y reasentamiento en Eretz Israel de un pueblo que desde hacía siglos era mayoritariamente europeo. ¿Cómo hacer para que un pueblo europeo se transformara en mesoriental?. Esta cuestión está indisolublemente ligada con uno de los fenómenos predominantes a fines del siglo XIX y el siglo XX: la gran emigración de los pueblos. Una de las leyendas más conocidas es la del judío errante: un anciano con un lío al hombro, que deambula de país en país.

En rigor de verdad, a partir del siglo XVI los judíos casi no se movieron de sus lugares, hasta el último cuarto del siglo XIX. Sólo entonces se integraron al gran movimiento migratorio europeo, que envió a millones de alemanes, italianos, irlandeses, ingleses y polacos a las colonias de ultramar. Para los judíos de Europa del Este, la inmigración a tierras de ultramar fue precedida por la conciencia de que el orden de vida existente tambaleaba, y en especial la seguridad física. Mientras los problemas de la existencia judía estuvieron limitados a la cuestión de las posibilidades económicas, a la esperanza de un futuro mejor, los judíos tendieron a preservar sus marcos de vida tradicionales y a no arriesgarse a viajar con rumbo desconocido. Pero a partir del último cuarto del siglo XIX, los judíos comprendieron que los gobiernos no podían garantizarles la seguridad física; ésa fue la razón primordial que generó la bola de nieve de la emigración allende los mares, El colapso de las pautas de la sociedad judía tradicional en Europa del Este a partir de la ola de emigración masiva ya era evidente para un observador atento a principios del siglo XX. El libro de Agnon "Huésped por una noche" describe fielmente el proceso de vaciamiento de la aldea que pierde a sus jóvenes, el ocaso de toda una cultura y la sensación de que no hay camino de retomo. En la Primera Guerra Mundial, los judíos fueron expulsados de la Zona de Residencia al interior de Rusia, las aldeas fueron destruidas y las tradiciones se quebraron. Con el estallido de la revolución bolchevique y la guerra civil que la sucedió, lo que aún quedaba de las viejas pautas de vida se consumió en la hoguera de la guerra. El lapso entre ambas guerras mundiales no propició la estabilidad: la creación de nuevos estados nacionales en Europa del Este generó cambios económicos que afectaron a la pequeña burguesía judía; los más jóvenes e intrépidos optaron por partir. El conocido poema de Ytzik Manguer, "Junto al camino hay un árbol" refleja esta realidad.

La emigración como fenómeno legítimo, aceptado y paneuropeo convirtió la posibilidad de emigrar en general, aun a Palestina, en una opción que muchos judíos tomaron seriamente en cuenta en momentos necesarios. Si bien la inmigración a los países colonizados por blancos, en especial los Estados Unidos, eran la opción preferida, desde el momento en que la emigración se transformó en un fenómeno legitimo hizo posible la revolución ideológica que implicaba la decisión de emigrar a Eretz Israel.

El cambio de rumbo de la emigración judía y su orientación a Eretz Israel fueron en primer término consecuencia de procesos mundiales, y no de una convicción ideológica. El cierre del acceso a los Estados Unidos ante la inmigración de Europa del Este y del Sur a comienzos de la década de 1920 estaba también dirigido a Los inmigrantes judíos que se agolpaban a las puertas del país de las posibilidades ilimitadas. La crisis económica mundial de 1929 reforzól as tendencias de cierre de los países tradicionalmente inmigratorios. Al mismo tiempo, la situación de los judíos de Europa se deterioró con el ascenso del nazismo al poder y con las tendencias protofachistas de los gobiernos de Polonia, Rumania y Hungría. Quien lea la novela de Bashevis Singer "La familia Moskat" quedará en primer lugar impresionado por la sensación de asfixia, de jaula cerrada, sin salida, que embargaba a los judíos de Polonia a fines de la década de 1930. La solución sionista se transformó en la única posibilidad real abierta a los judíos, no porque Ibera más acertada o mejor, sino porque las otras soluciones sencillamente no existían. El tratamiento de shock que recibió el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial convirtió a la opción sionista en la única alternativa razonable para cl futuro de la existencia del pueblo como ente colectivo.

La gran emigración de los pueblos se prolongó también durante la década posterior a la Segunda Quena Mundial; el dominio del comunismo sobre los países de Europa del Este generó una ola de refugiados judíos que afluyó a Occidente. El deterioro de la situación de los judíos en los países islámicos a partir de la creación del Estado de Israel produjo la emigración de casi todos sus judíos. En aquellos desafíos, el único país dispuesto a absorber a todos los refugiados judíos era Israel.

La huida de los refugiados de Oriente a Occidente no fue exclusiva de los judíos: millones trataron de hacerlo. Algunos años más tarde, la emigración de los países de Asia y €frica a las ex potencias coloniales habría de convertirse en uno de los principales fenómenos de la segunda mitad del siglo XX. La disposición a asumir el riesgo y cambiar de destino, sin resignarse a la realidad circundante, fue una de las características del siglo XX. Sin este cambio de mentalidad con respecto a la emigración, no se podría imaginar la transformación del sionismo de idea en realidad. Uno de los aspectos más interesantes del "destino de los judíos en el siglo XX": al hablar con un judío de sesenta años, se comprueba que sus padres nacieron en Bucovina en el seno de una familia pobre, numerosa y observante que emigró a América del Sur. Su familia amplia pereció en el Holocausto. El mismo nació en Venezuela, se dedica a una profesión liberal, profesa ideas laicas y quiere preservar sus lazos con el judaísmo. Algunos de sus hijos viven en Israel y otros en Venezuela. Es una historia bastante rutinaria de los desplazamientos de los judíos en el siglo XX; hay millones como ella.

El aspecto más apasionante del vinculo que existe entre el sionismo y la era de las revoluciones es el lazo ideológico- espiritual. El siglo XX "despertó las más grandes esperanzas nunca generadas por el género humano y destruyó todas las ilusiones e ideales", como señalara Yehudi Minujin. En el siglo XX, la confrontación entre las potencias no se limitó a las luchas de poder en el ámbito político, sino que revistió un cariz ideológico, de choque entre diversas concepciones de mundo, entre filosofías básicas, con respecto a la forma deseable de la existencia humana. La Internacional roja y la Internacional negra, el comunismo y el capitalismo, la democracia y la dictadura constituyeron las grandes líneas de choque del siglo XX. Es cierto que las ideologías eran laicas, pero hablaban de política en términos de redención total, de solución del enigma de la historia, de todo o nada. No se conformaron con brindar respuestas concretas a situaciones dadas, sino que pretendieron sugerir cl orden ideal de la sociedad humana. Los métodos de reclutamiento, las formas de comportamiento, la actitud ante el otro que imperaban en estos movimientos despiertan asociaciones con el mundo del fanatismo religioso. No es casual que Yaacov Talmon haya hablado del mesianismo laico, y que lo haya considerado una de las principales vertientes del siglo XX, en su lucha por la hegemonía con la corriente pragmática, laica, evolucionista y tolerante.

Desde principios de siglo, dos creencias redencionistas han hecho tambalear el status quo mundial: el nacionalismo y el socialismo; la redención de la nación o la del individuo y la sociedad. Ambas se originaron en la Europa del siglo XIX, pero habrían de conquistar el mundo entero, convertirse en agentes de modernización y europeización, sustituir a las religiones de la revelación como fuente de explicación para el pasado y esperanza para el porvenir, foco de solidaridad social y lealtad política. En apariencia, se trataba de dos creencias contrapuestas: una hablaba en nombre de la libertad y reclamaba el derecho a la autodeterminación y a la expresión específica y particular de los pueblos; la otra se basaba en la igualdad universal, que trasciende las fronteras de pueblos y países. Una hacia hincapié en las diferencias entre las personas, en la cultura particular, en el pasado compartido, en la aspiración a preservar las diferencias; la otra quería crear un mundo en el que todas las personas fueran iguales, en el que no hubiera discriminaciones basadas en la nación, la raza o el sexo, en el que todos miraran al futuro borrando el pasado. En realidad, había una cercanía nada desdeñable entre ambas creencias y en los mensajes que irradiaban a sus fieles, en particular cuando se trataba de naciones sometidas a un dominio extranjero, para las cuales la redención nacional se vinculaba con la enmienda social y económica.

Los movimientos de liberación nacional, en especial los extra- europeos, adoptaron un orden del di a socialista ligado al sector de la izquierda revolucionaria. El sionismo pertenecía a ese mundo espiritual, en el cual se desdibujaba la línea divisoria que separaba a la redención nacional de la redención individual, en el cual la enmienda del mundo en el reino de Dios y la enmienda de la injusticia milenaria perpetrada contra el pueblo judío parecían converger en el mismo tren del futuro que galopaba hacia el sol naciente. Inclusive las vertientes internas del movimiento sionista, en especial en su primera generación (la de Herzl), que no se vieron cautivadas por los encantos del ideal socialista, veían al sionismo no sólo como una ideología que aspiraba a modificar la situación política del pueblo judío, sino que también trataba de crear en Eretz Israel una sociedad ejemplar, sustentada en la justicia social. Basta con mencionar en este contexto "Altneuland", la novela utópica de Herzl. La segunda generación de sionistas, nacidos desde 1880 en adelante, confrontaron con el ideario socialista, y la síntesis entre éste y el ideario sionista constituyó un componente fundamental en su concepción de mundo. Los jóvenes judíos arrastrados por la revolución se sentían poderosamente atraídos por la idea socialista: se trataba de una ideología básicamente sustentada en el principio de la justicia natural y la igualdad de todos los seres humanos, que ofrecía una explicación global a los sufrimientos del pasado y proponía esperanzas para un futuro en el cual todas las diferencias basadas en la nacionalidad se esfumarían por completo, y los judíos realmente podrían integrarse a la sociedad cosmopolita que habría de surgir.

La revolución inminente constituía una presencia permanente en la vida cotidiana. Cuando un pequeño huérfano judío de la Varsovia de principios de siglo lloraba de cansancio en su pobre lecho después de una jornada de trabajo agotador junto a personas toscas y violentas, su buen amigo le acariciaba la cabeza y lo consolaba: "No llores, Slutzkin, la revolución está por llegar!" (los dos habrían de vivir la mayor parte de sus vidas en un kibutz del valle de Jezreel. La confianza en la redención cercana constituía la base del discurso encubierto que iluminaba los rostros y confería sentido espiritual a cualquier acto trivial y cotidiano. Las energías anímicas generadas a consecuencia de la sensación de estar tomando parte en el curso de la historia hacia su meta final, en el avance del tren del tiempo hacia un futuro mejor, fueron la fuerza motriz del movimiento sionista, al igual que lo fueron en las revoluciones desde Beijín hasta €frica del Norte

El siglo XX se caracteriza por ser el siglo de la totalidad: grandes masas humanas que en los siglos anteriores no habían sido partícipes de los grandes avatares de la historia se vieron arrastradas por la tempestuosa ola de la era revolucionaria. La guerras dejaron de constreñirse al área de combate y las poblaciones civiles se vieron no menos afectadas que los combatientes en el campo de batalla. El alistamiento a la guerra era total: todos los recursos de la nación, todo el potencial humano, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. También la revolución (nacional o social) exigía el alistamiento de la nación toda, tanto de las masas simples como de los intelectuales, tanto de los soldados como de los poetas.

A fin de asegurar este alistamiento total y duradero, se creó un sistema de propaganda y esclarecimiento, educación y adoctrinamiento destinado a garantizar el compromiso permanente del individuo con el fin supremo. En una visión a vuelo de pájaro a fines del siglo XX, estos métodos de adoctrinamiento nos parecen ingenuos en el mejor de los casos, y destructores en el peor. Enarbolaron el estandarte del valor del ente colectivo y de los objetivos colectivos de la sociedad; persuadieron al individuo de que debía sacrificar su vida en pro de la meta colectiva; hicieron hincapié en valores como la entrega al grupo colectivo, el patriotismo, la aceptación de las decisiones de la sociedad, lo que cierto dirigente de la izquierda israelí definiera como "conformismo revolucionado"; crearon mitos de mártires que en la lucha contra las fuerzas del mal ofrendaban sus vidas en aras de la redención colectiva y describieron un mundo maniqueamente dividido ente las fuerzas de la luz y las de las tinieblas, entre la justicia absoluta y el mal absoluto, en el cual el combate entre ambos sectores era una lucha a muerte. En esa lucha el individuo cumplía una función decisiva; por eso, en ningún momento podía liberarse del deber de hacer todo lo posible, sacrificando incluso lo más querido, la felicidad personal y hasta la vida, en pos de la meta colectiva. Era la lucha por el futuro de la nación, por el futuro de la humanidad, y quien no se alistaba baje esa bandera era un traidor, o simplemente un cobarde.

Estos métodos educativos fueron compartidos por todos los movimientos revolucionados del siglo XX. Y no sólo por ellos: en tiempos de guerra total, como las guerras mundiales, los mecanismos de reclutamiento y propaganda de los países combatientes abogaron por los valores de la entrega a la sociedad y la disposición al sacrificio. El individuo, su felicidad y sus planes personales eran considerados secundarios en una época en la que el ente colectivo luchaba por su existencia. La tolerancia, la apertura a ideas rivales, la disposición a escuchar al contrincante era percibida como un lujo que no podía permitirse en tiempos de grandes angustias nacionales o sociales. Las democracias que luchaban por su supervivencia adoptaron los métodos de educación y propaganda de las grandes creencias redentoras laicas.

El movimiento sionista fue hijo de su época. Para reclutar a sus adherentes se vio forzado a entablar un combate perpetuo contra las otras creencias de redención que competían con él por el alma de los jóvenes judíos: el comunismo y el bundismo. El fanatismo, la exigencia de una lealtad absoluta, la intolerancia eran las armas usuales de ese combate. También en el seno del movimiento sionista se entablaron luchas incesantes por las almas de los fieles: el movimiento sionista no era monolítico, y en su seno convivían diversas corrientes, desde la derecha próxima en sus concepciones a la extrema derecha europea de aquellos tiempos hasta la izquierda al borde del comunismo. Como suele suceder en las sectas religiosas, cuanto más cercano en sus ideas estaba el rival, más peligroso parecía, y la desviación era considerada el peor de los pecados. El castigo más terrible consistía en el repudio y la expulsión. En una sociedad voluntaria, en la cual la pertenencia tiene una importancia decisiva, ese castigo equivalía al antiguo anatema.

Al igual que otras sociedades revolucionarias, también el movimiento sionista creía en el surgimiento de un hombre nuevo, un judío nuevo, que fuera diferente de sus padres en su forma de vida y en las pautas que rigieran su conducta. La disposición a dedicarse a la ingeniería humana, a la reconfiguración de la naturaleza humana, caracterizó al osado optimismo de una época en la cual los Líderes no vacilaban en adoptar decisiones que determinaban de un plumazo el destino de naciones y estados. La fe en la posibilidad y la justicia de imponer a la realidad "grandes" soluciones, sin que importaran las víctimas que su implementación requeriría, fue aceptada por la "opinión pública esclarecida" de aquellos tiempos. La generación presente era considerada la víctima propiciatoria, el aceite que lubricaría los engranajes de la revolución, quien construiría el futuro de la humanidad, participaría en el combate que pondría fin a todas las guerras y salvada a la civilización de la destrucción. Por eso la juventud, la generación del futuro, era tan importante.

El culto a la juventud acompañó al movimiento sionista. Así como la izquierda cantaba "destruiremos el mundo del ayer", también el sionismo consideraba que lo antiguo, la tradición, el legado de las generaciones anteriores simbolizaba todas las iniquidades de ese mundo que estaba por desaparecer. "Hijo, no escuches la moral de tu padre ni prestes atención a las enseñanzas de tu madre" decía el poeta David Shimoni en un texto que se convirtió en consigna del movimiento juvenil pionero socialista Hashomer Hatzair. El añadido del adjetivo joven" a los nombres de toda clase de instituciones sociales y culturales es otro ejemplo de ese culto a la juventud.

El hecho de dar la espalda al pasado implicaba también dar la espalda a la diáspora, a todo el antiguo mundo judio, y ayudó a romper los lazos que unían a los jóvenes con sus hogares y familias, con la sociedad y los paisajes de la infancia, con la cultura conocida y el idioma íntimo y cercano. Ese hecho implicaba el enajenamiento de las formas de vida pequeño- burguesas y la aceptación de un estilo de vida nuevo en un lugar extraño, en una sociedad rígida y a veces hostil, en condiciones de escasez y pobreza física y cultural. Para poder resistir todo esto, los jóvenes que emprendían esta senda dolorosa necesitaban el marco contenedor del adoctrinamiento, que confería valor y significado al sufrimiento, y coronaba a los combatientes como redentores de la nación, corno el ejército de pioneros que finalmente habrían de triunfar. El fanatismo y la intolerancia resultaban cruciales en esa lucha: la tolerancia es el arma de Los fuertes; los débiles preservan el elemento aglutinante del grupo, la solidaridad interna, a través del celo y la lealtad total.

Desde nuestra perspectiva de fines del siglo XX, la apreciación de Yehudi Minujin de que éste fue el siglo que despertó las más grandes esperanzas y las destruyó todas parece digna de ser tomada en cuenta. Ha acabado la era de la ingenuidad. Los vientos que soplan hoy en día en el mundo occidental, al menos en los estratos formadores de la opinión pública y la moda cultural, son extremadamente individualistas. La "autorrealización" ya no significa vivir de acuerdo con las propias convicciones, sino de acuerdo con los propios caprichos. El ente colectivo pierde su fuerza de atracción, mientras se fortalecen las fuerzas centrifugas. Los ideales han perdido su capacidad de atracción, ante la crueldad de su implementación y las dimensiones de las víctimas que causara su traducción a la realidad. Se ha disipado el espíritu mesiánico que inflamara a los líderes y a las masas. La gente huye de las palabras altisonantes, porque sabe que en algunas ocasiones encubren hipócritas ansias de poder. La duda ha dado lugar al cinismo y a La crítica a los ideales absolutos, que hoy en día son percibidos como armas de exterminio masivo. La política ha dejado de ser el reino de los ideales para recuperar su condición del arte de lo posible. El pragmatismo ha hecho a un lado a la ideología.


La historia sionista del siglo XX transcurrió a la sombra de los grandes movimientos revolucionarios, como objeto de ellos pero no como factor impulsor o engranaje del tiempo. El sionismo no constituyó un factor decisivo en el estallido de la Primera o la Segunda Guerra Mundial, no estuvo involucrado en el estallido de la crisis económica de 1929 y sus consecuencias desoladoras; no generé la revolución bolchevique y no produjo el derrumbe de la URSS; pero todos estos acontecimientos ejercieron una influencia decisiva en la historia del sionismo. El movimiento sionista se nutrió e inspiré en ellos, adopté las formas de reclutamiento y vías de acción de ese mismo mundo espiritual del siglo XX, cuyos fracasos sirven y servirán de recordación admonitoria para las generaciones venideras, a fin de que sepan cuidarse y no acercarse demasiado al sol, que abrasa las alas de quienes aspiran a llegar a él. Pero después de que ese mundo se revelara como una fractura colosal, el movimiento sionista logró plasmar, ligado al espíritu de la época, un objetivo judío particular y concretable. Los ideales que remontaban vuelo eran imprescindibles a fin de reclutar las energías humanas necesarias para la concreción del ideal sionista. Sin él, cabe dudar que se hubieran encontrado las fuerzas anímicas y el núcleo de realizadores que lograran transformar la idea en realidad. Finalmente, el movimiento logró conservar su dimensión humana. A pesar de que en sus márgenes se desarrollaron otros enfoques, el pragmatismo y el arte de lo posible fueron en definitiva su línea directriz.

Si el movimiento sionista hubiera demorado en aparecer, ¿habría logrado concretarse en la actualidad? No es una pregunta histórica, pero me atreveré a decir que me parece que no habría podido lograrlo. Sólo en una época en la que todas las coyundas sociales se desataron, en la que todo se hallaba en situación de inestabilidad, en la que todos los valores y todas las garantías de supervivencia parecían puestos en duda, sólo en un momento histórico como ése tuvo el sionismo la posibilidad de ser aceptado como solución real a los problemas de la hora. Por otra partel sólo en una época cuyo espíritu recalcaba la importancia de la consagración del individuo al colectivo, en la cual las esperanzas de redención total conmovían los cimientos del mundo, en la cual todos los pueblos se sacrificaban por un futuro mejor, sólo entonces pudo el sionismo reclutar las fuerzas internas de sus adherentes para crear una vanguardia activa, imprescindible para su triunfo.

Hoy en día, el poder de convocatoria de los ideales colectivos se ha disipado. También el sionismo, al igual que otros "ismos", padece los achaques de la vejez: el ardor de la fe de sus creyentes se ha enfriado y su poder de convocatoria se ha debilitado enormemente. La sociedad israelí refleja el espíritu de la época de nuestros tiempos en la cultura occidental. Si Herzl dijera hoy en día "Si lo queréis, no será una leyenda", es muy posible que fuera visto como un alucinado. Pero con respecto a la primera mitad del siglo XX, cabe recordar la frase de Friedrieh Engels, quien afirmara:

"La historia es tal vez la diosa más cruel, y conduce su carruaje triunfal sobre miles de cadáveres; no sólo en tiempos de guerra, sino también en épocas de evolución económica pacífica. Nosotros, hombres y mujeres, somos lamentablemente tan necios como para no atrevemos nunca a emprender el auténtico progreso, salvo que nos veamos impulsados a ello por un sufrimiento intolerable". Parece tratarse de la descripción más adecuada de la historia del pueblo judío en el siglo XX.


 

La Prof. Anita Sehapira es titular de la cátedra Rubén Merenfeld de Investigación del Sionismo en la Universidad de Tel Aviv, y directora del Centro Ytzhak Rabin para la Investigación de Israel

Publicado originalmente en Kivunim en español No 3, mayo 2000. Trad. Orna Stoliar.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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