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De unidad nacional se trata

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-01 14:26:41
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De unidad nacional se trata

Política Nacional
Por Marcelo Kisilevski


Ariel Sharón necesita desesperadamente poder formar un gobierno de unidad nacional. Las razones son múltiples y todas confluyen. Una tiene que ver con lo exterior, otra con lo interior y con el contrahecho sistema electoral. El Laborismo, en tanto, se devana por salir de entre los destrozos dejados por Ehud Barak. Los militantes comenzaron por castigar a la dirigencia.

Lo exterior

Collin Powel, flamante secretario de Estado norteamericano, el recordado y admirado jefe de las fuerzas aliadas en la Guerra del Golfo, ha llegado al Medio Oriente en un intento de poner orden. El principal objetivo de George W. Bush Jr. no es la paz entre israelíes y palestinos, sino el poder completar lo que su padre comenzó: derrocar a Saddam Hussein. El último bombardeo de EE.UU. sobre Irak tuvo un doble propósito: por un lado atender el caso puntual de aviones iraquíes que sobrevolaron cielo prohibido por el régimen de sanciones de las Naciones Unidas. Pero el segundo, más importante, fue el de enviar un mensaje bien claro a Saddam: que la era Clinton se acabó, y que si la política blanda de los demócratas permitió que el régimen de sanciones se acabara, esos días dorados han tocado a su fin.

Powel ha llegado a la región con órdenes precisas. Por un lado, mejorar la imagen de EE.UU. en el Medio Oriente dejada por su antecesor. Desde Camp David, donde Clinton alabó por demás la disposición de Israel a hacer "concesiones dolorosas", el mundo árabe, en especial la calle, vio confirmada toda la propaganda de satanización del Tío Sam. Y por otro, una vez cambiada la imagen, reconstruir la coalición árabe anti-Saddam. No será fácil lo segundo sin lo primero: a pesar de que los líderes árabes están ansiosos por entrar en la égida de Bush, a falta de otro padrino, sus respectivas opiniones públicas parecen decirle: si usted, Sr. Powell, se apura tanto a "atender" a Saddam, mejor piense de nuevo, y encárguese primero de Ariel Sharón. Y sus líderes deben escuchar: si no sofrena a Sharón, mal podremos sumarnos a una coalición anti-iraquí. Desde ya, la respuesta de toda la prensa árabe a los ataques a Irak por el presunto desarrollo de armas atómicas en el corto plazo, señalaban a Israel como el primer causante de la carrera armamentística nuclear en el Medio Oriente. Y ahora, esa capacidad atómica, dicen, está en manos nada menos que de Sharón.

El premier israelí electo, por su parte, tiene todas las intenciones del mundo de portarse "bien" en todos los frentes, empezando por el externo. Por ejemplo, está por llegar la comisión Mitchell, la comisión internacional auspiciada por EE.UU. que habrá de investigar los antecedentes de la Intifada de Al Aqsa. Ariel Sharón, el mismo que subió a la explanada del Monte del Templo, encendiendo la mecha de la violencia en octubre, está bien tentado de prohibirles la entrada a Israel, pero no lo va a hacer. Si así lo hiciere, generará el descontento de los palestinos; Arafat apelaría al Consejo de Seguridad de la ONU; EE.UU. se vería obligado a vetar cualquier resolución antiisraelí, lo cual provocaría a su vez el enojo de todo el liderazgo árabe y su no incorporación a la coalición que quiere resucitar Bush contra Saddam.

Este es, pues, el origen de los deseos de Sharón por congraciarse con la nueva Casa Blanca. Lo mejor que puede hacer es volver a no constituir un obstáculo para Bush en su arremetida contra Saddam. Bush ya puso en claro que el Medio Oriente no está en el centro de sus prioridades. Y si se siente inclinado por alguna de las partes es por los árabes. Pero si de árabes se trata, no le interesa tanto la suerte que corran los palestinos, como sus fructíferas (más bien petrolíferas) relaciones, de él y de la familia Bush, con Arabia Saudita, con una corte real que desprecia a los palestinos y que le molesta que le agiten a la opinión pública, amenazando la estabilidad del régimen o quizás arrastrando, aquí como en los demás países que rodean a Israel, a una guerra a la que el liderazgo árabe actual no está dispuesto. Por eso, a israelíes y a palestinos por igual, Bush les dice: es mejor que dejen muy pronto de molestarme, mosquitos.

Ariel Sharón no tiene amigos en el mundo. Hasta que demuestre lo contrario, sigue siendo aquel matón de Sabra y Shatila y del Monte del Templo. La mejor manera de desmentirlo desde el vamos es dándole nada menos que la cartera de Defensa al Laborismo. Si no es Ehud Barak, mejor aún es Shimón Peres.

No es que haya adoptado el proceso de paz acuñado en Oslo. Ya le puso en claro a Powel que, si bien no condicionará un encuentro con Arafat al cese total de la violencia palestina, no negociará hasta que ésta no cese por completo. Sin embargo, existen razones para creer que ha aprendido algunas lecciones del pasado. Ha sabido evacuar asentamientos (Iamit, en el Sinaí, 1981), y firmar junto a Bibi Netaniahu la paz con los palestinos, entrega de territorios mediante, en Hebrón y en Wye Plantation. Sharón tiene que elegir si pasar a la historia como aquel que trajo una paz al menos temporal, bajar la temperatura del volcán, por medio de acuerdos menos ambiciosos que el que quiso tejer Barak, o si seguir la corriente de la escalada violenta, quedando para la posteridad, sencillamente, como un matón más en el Medio Oriente. Su afán por un gobierno de unidad nacional con el Laborismo debiera ser una señal de que elige la primera opción, y a eso apunta también su empeño en acentuar ante el mundo su imagen de abuelito bueno.

Lo interno

Las razones de índole interna se relacionan más con la realpolitik aún que las anteriores. Se podría llegar a decir que, al darles el ministerio de Defensa a los laboristas, está construyendo su coartada a la hora de los fracasos que seguro habrán de venir en el campo de la guerra-paz con los palestinos. Cuando esos fracasos vengan, los culpables seguirán siendo los que provocaron todo desde el comienzo. Pero ocurre que el Laborismo, tal vez por esa razón, rechazó la cartera –hasta el cierre de estas líneas-, exigiendo en las negociaciones ministerios más "sociales" como Trabajo y Bienestar Social, Salud, Educación. Sharón no ha desistido por eso de la unidad nacional. Al contrario.

El problema real pasa por su peso político. A pesar de haber sido elegido por un 62%, una mayoría como no había tenido ningún candidato en la historia de Israel, Sharón está atado de pies y manos a causa de la pobreza en escaños parlamentarios. Con apenas 19 bancas que posee su partido, el Likud, necesita formar coalición con los demás partidos hasta completar la suma de 61 diputados que le dén el sí en la Kneset. Al hacer el reparto de carteras entre los demás partidos, Sharón y el Likud quedarán en clara minoría dentro de su propio gabinete.

Dependía, pues, de la disposición del Laborismo a ingresar en el gobierno, no solamente la imagen de Sharón ante el mundo, sino el real perfil político que tendrá su gestión. En efecto, si los laboristas con sus 26 bancas (¡la mayor bancada de la Kneset!) no ingresaban en la coalición, Sharón habría tenido que buscar a los 42 diputados que le faltan entre los partidos más pequeños, la mayoría de ellos más derechistas que él. Los principales fantasmas que sobrevolaban el sueño de Sharón eran el partido Moledet, que llama a la expulsión lisa y llana de los palestinos, e Israel Beiteinu, cuyo líder Avigdor Liberman –ex mano derecha de Netaniahu- llama a acelerar la conflagración regional. Otro socio "natural" de Sharón es el Partido Religioso Nacional (Mafdal), los ortodoxos de corte sionista nacionalista opuestos a cualquier concesión en los territorios y quienes encabezan el movimiento de asentamientos en Cisjordania y Gaza. También los ultraortodoxos no sionistas, tanto los ashkenazíes de Iahadut Hatorá como los sefardíes de Shas.

Shas, con sus 17 bancas (recordemos, apenas dos menos que el Likud), es hace ya tiempo un fenómeno socio-político en sí mismo. Mezcla de populismo religioso con habilidad para manejar las reglas de juego de la democracia israelí, Shas ha sabido atraer a votantes tradicionalistas y sefardíes pertenecientes además a las capas carenciadas de la población judía que, tradicionalmente, votaban por el Likud. Es por eso que, obligado a seguir a sus bases, el partido ha sufrido en la última década un claro giro hacia la derecha. También se habla de "bancas prestadas": al ver que tampoco Shas trae las soluciones mágicas, muchos en el Likud esperan que miles de votantes "vuelvan a casa".

Pero lo cierto es que ninguna coalición, con o sin el Laborismo, tiene posibilidad de sobrevivir si no es con Shas. Sólo que si es con el Laborismo, Sharón no se verá obligado a caer en las garras programáticas de la extrema derecha de Moledet, Mafdal e Israel Beiteinu.

Una razón más para ir corriendo a los brazos del Laborismo, ofreciéndoles lo mejor de su capital en materia de carteras en el gabinete, es el haber puesto las barbas en remojo desde el principio, en lo que a la gobernabilidad del sistema respecta.

Tanto Biniamín Netaniahu como Ehud Barak, sus antecesores, apoyaron el sistema de elección directa del Primer Ministro porque creyeron que al recibir el voto popular, ello los hacía menos vulnerables a los embates coalicionarios. Y al ser electos, ambos creyeron que habían sido coronados reyes con poderes ilimitados. Se dirigieron a amigos y enemigos con arrogancia, y cayeron estrepitosamente.

La razón de la ingobernabilidad del sistema está en su carácter de híbrido: ni parlamentario ni presidencial. Si bien el premier es elegido directamente, aún debe formar coalición, debido a la facultad de la Kneset de aprobar la existencia del gabinete o de voltearlo mediante mociones de censura, figura que no existe en ningún régimen presidencial. Pero el "corte de boleta" hace que cada votante pueda sufragar según su conciencia, haciendo crecer a los partidos pequeños de modo desmedido, dedicando su voto táctico al primer ministro más cercano a sus ideas. Ello no sería problema si la moción de censura y otros mecanismos afines no existieran. Pero existen, obligando al primer ministro electo, presunto poseedor de la soberanía popular, a intrincadas piruetas para mantenerse en el poder. No es probable que Sharón sobreviva mucho tiempo en su sillón. Pero sus posibilidades se reducen más aún si el Laborismo no lo ayuda. Y si Sharón cae, su pesadilla se potenciará con el regreso de Biniamín Netaniahu a la escena política, lo que el viejo oso –o viejo lobo vestido de abuelita- quería realmente evitar.

El Laborismo busca su camino

La mayoría de los laboristas estuvo ansiosa por ayudar a Sharón. Por un lado, debido al sincero deseo de condicionar su accionar, de limitarlo a mantenerse por la línea de la cordura, si ya no de la paz. Pero por otro lado, la ansiedad del Laborismo por permanecer en el gobierno a pesar de la derrota en las urnas es tan patética como comprensible: desde los inicios del establecimiento judío en Palestina el Laborismo ha sido elite gobernante y psicológicamente, sencillamente les cuesta ser oposición. En lo individual, muchos políticos esperan reconstruir su popularidad desde el trampolín de un ministerio en el gobierno del contrario.

Uno de ellos era Ehud Barak, que se apuró demasiado en renunciar a la vida política en la noche de su derrota. Instado por Sharón a permanecer como su ministro de Defensa, Barak titubeó y luego aceptó: si se iba, cumpliendo su declaración, volver a la política le sería mucho más difícil en el futuro que a Netaniahu, pues éste tiene bases populares que lo están esperando con veneración. Barak ni siquiera se ocupó de que alguien sienta por él siquiera lástima. Un ministerio era la oportunidad de reconstruir su imagen deshecha.

Pero las presiones dentro del partido pudieron más. Los herederos están demasiado ansiosos por comenzar a sacarse mutuamente las pestañas. Eso, y la presión de los medios de comunicación, que lo atacaron furiosamente por su nuevo zig-zag, lo convencieron de renunciar una vez más –otro zig zag- pero esta vez de modo definitivo.

Por lo menos cuatro son los candidatos que se perfilan: Biniamín Ben Eliezer, un buen político de comité, perteneciente a la generación veterana, la que le debiera tocar el turno de liderar si no fuera por la camada de políticos jóvenes y ambiciosos según el molde creado en otras latitudes. Ben Eliezer, apodado Fúad, es gran amigo de Ariel Sharón –fenómeno más que típico en la política de este extraño país- y gran partidario de la unidad nacional; Jaim Ramón, gran orador y gran operador, pertenece a la nueva generación, cuyo elemento adicional es su carencia de pasado militar destacable: con un poco de suerte, pronto el primer ministro israelí serán un civil; Shlomo Ben Ami, actual canciller, profesor de historia, intelectual y también perteneciente a la generación joven, pero quedó demasiado pegado a la gestión de Barak; y el favorito, Abraham Burg, que según las encuestas tiene las mayores posibilidades de ganar. Joven y ambicioso, Burg viene construyendo su base electoral dentro del partido desde hace más de un año. Además es religioso, lo que lo puede convertir en potable a los ojos de los más vastos sectores israelíes.

Sobre todos ellos flota el espectro de Shimón Peres, que no acaba de retirarse de la política, para desazón de Burg y el resto de su impetuosa camada. Ante la repentina acefalía en el Laborismo Peres ha sido nombrado titular interino del partido y es considerado candidato a canciller en el gobierno de Sharón.

Pero hubo un problema: cuando ya se habían repartido las eventuales carteras, vino el Comité Central del Laborismo y en una jugada bastante hábil de sus operadores, se votó a favor de la incorporación al gobierno, pero con ministros aprobados por dicho Comité. Ellos –los miembros del Comité- serían los soberanos, nadie los usaría como sellos de goma. Y aquellos líderes que fueron arrogantes, y no visitaron las sedes del partido, que no se rozaron siquiera una vez con la gente, que no contestaron los teléfonos de los líderes de zona, serán "liquidados". Varias listas negras han circulado ya por el Central con vistas a la votación.

Sharón tiene hasta fines de marzo para formar su coalición, cuando vence el plazo para la aprobación del presupuesto nacional. Por ley, si no se aprueba el prespuesto hasta marzo, se disuelve automáticamente la Kneset. Si no se aprueba su coalición, tampoco lo podrá ser el presupuesto, y el llamado a elecciones anticipadas será inevitable. Razón de más para Sharón para pedirle, rogarle, al Laborismo, que se apiade de él.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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