Artículo
Jinuj.net / Artculos de Consulta / Los judos y la paz Estas accesando Jinuj.net como usuario invitado
No has hecho login a Jinuj.net. Utiliza esta forma para entrar al sistema.
Login:     Password:    
¿Olvidaste tu password?     Obtén una cuenta Gratis

Los judos y la paz

   Información general    Categorías    Resúmen   
Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-05-01 14:12:27
Administrar:
Calificacin: El artículo no ha sido calificado
Visitas: 3458

Los judíos y la paz

Los puentes del judaísmo
Por Gustavo D. Perednik
 
La tradición judía se adelantó a su época cuando puso en la cima de la pirámide de sus valores a la paz, en una era en que las más desarrolladas civilizaciones antiguas exaltaron la guerra. La paz fue ubicada en el nivel de las leyes, como parte de un código de conducta para la vida práctica, y no como el hermoso símbolo abstracto de lo que jamás se habrá de conseguir.


En las referencias a la mitología comparada, predominan hoy los tres teóricos más destacados en el tema: Mircea Eliade, Claude Levi-Strauss y Georges Dumézil. Este último, eminente historiador de las religiones antiguas, es del tipo de intelectual para el que conviene soslayar sus opiniones políticas a fin de apreciar mejor su brillantez.

Dumézil fue el primero en reconocer el común denominador de las llamadas culturas indoeuropeas, tanto en lo que respecta a sus dioses como en los valores sociales de los que derivan esos dioses, desde la India hasta Escandinavia. Los protagonistas de los mitos y leyendas de esos pueblos reflejan una estructura social en común. Para ponerlo en términos dumezilianos, las deidades paganas exteriorizaban una "ideología trifuncional"; sus tres funciones eran la mágica y judicial, la guerrera, y la de fertilidad. Las tres estaban respectivamente representadas en las clases sociales: clero, ejército y productores.

Dumézil explica que en todos los pueblos indoeuropeos, la característica es la exaltación de la guerra. Sus culturas comienzan con batallas en los cielos, y la glorificación de la guerra las acompaña hasta en sus máximas creaciones literarias como la Ilíada o la Eneida.

Consecuentemente, quien busque el valor de la paz en la sociedad antigua, quien desee reconocer en esa época una genuina aspiración a una humanidad armoniosa, se verá obligado a abrevar en fuentes muy distintas: las de Israel.

No es secreto que la literatura judaica es singularmente inspiradora del valor de la paz. Todas nuestras plegarias concluyen con una invocación para que "Quien hace paz en las alturas, nos dé paz a nosotros". Nuestro saludo milenario es "Shalom", una voz que comparte su raíz con otras que expresan nuestras metas más preciadas: integridad, paz, fidelidad, y Jerusalem.

En la Torá, la paz tiene preminencia sobre otros valores, como cuando los hermanos de José saltean el de la verdad, para lograr confraternidad. El arquetipo a imitarse, el de Aarón, no es meramente quien "ama la paz" sino quien la procura activamente (Rodef Shalom).

Con todo, la materia judaica no trata de citar versículos bellos e inspiradores, sino de esgrimir la ley. La Torá, categórica en favor de la paz, nos prescribe: "cuando te aproximes a una ciudad para combatir, primero debes ofrecerle paz". Es el dictamen de la ley judía.

En el mar del Talmud, el valor de la paz es virtualmente el máximo. Los renunciamientos se recomiendan mipnei darkei shalom, en aras de la convivencia, y esa función se atribuye a rabinos y eruditos, quienes deben promover la paz: Talmidei Jajamim Marbím Shalom Baolám.

En la modernidad

Es poco sabido que, con el propósito de evitar la Primera Guerra Mundial, se gestionó el encuentro entre judíos provenientes de los países enfrentados.  De un lado acudió a la cita el único israelita cercano al Kaiser alemán Guillermo II, su asesor Albert Ballin, constructor de la marina mercante alemana. Del otro lado, se apersonó el amigo y consejero del rey británico Eduardo VII, Ernest Cassel, quien en su momento financió la construcción de la represa de Asuán. La reunión de Ballin con Cassel obviamente fracasó, ya que no desvió la devastadora trayectoria de la guerra (Ballin se suicidó debido a la misma). Empero, el malogrado encuentro reafirmó una misión judía: la de agotar el diálogo para intentar la paz.

Esa misión se hizo carne en el Estado de Israel, que desde su misma Declaración de Independencia hizo llamamientos continuos a nuestros vecinos árabes para que aceptaran vivir con nosotros en paz. Pese a la obstinada agresión, el mensaje de Israel permaneció incólume: a la paz se llega por el diálogo entre las partes enfrentadas.

Sin embargo, del mismo modo como se malogró el intento previo a la Gran Guerra, Israel tampoco pudo conseguir aún el bien más anhelado: la paz. El motivo principal del fracaso es que Israel, la única democracia en la región, se ve en la obligación de convivir con un mar de totalitarismos. Y por su misma naturaleza, las dictaduras requieren de la guerra.

Las guerras nunca estallan entre democracias porque las naciones, en condiciones normales, obligan a sus gobiernos a evitar la confrontación. La dictadura, por el contrario, no goza de las limitaciones de sus súbditos, y necesita de la guerra porque la ayuda a aferrarse al poder bajo la excusa de la supuesta amenaza externa.

La índole dictatorial y represiva del mundo árabe, y su consecuente asimetría con la pujante democracia hebrea, pudo revisarse durante la reciente propaganda electoral en Israel. Y no solamente porque somos el único Estado con elecciones democráticas en el Medio Oriente, sino porque el tipo de publicidad que ventilaban nuestros dos candidatos era inimaginable en las sociedades árabes. Uno y otro competían en mostrar quién traería paz más rápida y eficazmente, uno y otro acusaban a su adversario de fracasar en el camino hacia la paz, uno y otro proponían, bien a la judaica, la paz como valor supremo.

En el mundo árabe, ese mensaje no habría conseguido ningún voto. Aquí, la voz de la paz intentaba seducir al elector israelí; allí, es la guerra y la sangre del enemigo lo que se promete para cosechar publicidad. Cuando Arafat y Barak regresaron de Camp David sin acuerdo en sus manos, para el primero significó un aumento de su popularidad; para el último significó su ulterior derrumbe político.
Si las circunstancias son así, no es porque los árabes estén afectados por genes belicistas hereditarios, ni tampoco porque el Islam sea necesariamente violento. No hay genética en juego y podrían perfectamente destacarse los valores de la paz en el Islam. Hay incluso imanes islámicos (como Abdul Hadi Palazzi) que se basan en el Corán para proponer la paz con Israel y una completa validación del sionismo. Pero esas voces son ahogadas por la sociedad totalitaria, la de los jeques y los Sadames que someten a sus pueblos a las peores privaciones y necesitan del "monstruo sionista" para justificarlas.

Mientras esos regímenes se perpetúen en los veintiún estados árabes, podremos aspirar a llegar con ellos a la no-beligerancia, quizá a una no-beligerancia calma y amistosa, pero no a la paz real entre los pueblos.

Es notable al respecto el libro bíblico de Ester, que narra una cruenta guerra de los judíos por su supervivencia durante el siglo V a.e.c.. La historia concluye con un versículo muy elocuente: "El gran Mordejai, el judío, fue querido por la mayoría de sus hermanos, benefactor de su pueblo y predicador de la paz". Aunque había liderado a los hebreos frente al intento de exterminio de Hamán, y aun cuando los condujo a una aplastante victoria, fue querido, de sus hermanos, sólo por la mayoría. Incluso Mordejai, nos dice la Biblia, careció de aprobación unánime. La unanimidad no es judaica. En las guerras que viene librando Israel, las diferencias esenciales entre Mordejai y Hamán se repiten: Mordejai no goza de apoyo absoluto, debe persuadir y respetar diferencias. Ese es su motor de progreso, su garantía de anhelar la paz, su bendita debilidad.

En el régimen totalitario, la gente vive sin oxígeno y se le dicta lo que debe decir y pensar. El progreso es más lento porque la creatividad queda trunca, y no hay paz porque nadie se atreve a demandar renunciamientos en aras de la misma.

El fracaso de pacifismo

En ese punto, precisamente, es donde el pacifismo no supo distinguir la demanda de paz frente a sociedades democráticas, de la misma demanda formulada ante regímenes atroces que aumentan su ferocidad gracias a la debilidad del oponente.

Antes de la Segunda Guerra, un filósofo de la talla de Bertrand Russell sostenía que para evitar una invasión alemana "Inglaterra debía desarmarse, y recibir a las tropas nazis como a turistas". Si sonreímos al leerlo, es porque no se le hizo caso. Igualmente sonriamos por el hecho de que aquí tampoco se atendió a pacifistas como Avishai Ehrlich cuando hace diez años insistían en que Israel debía ceder ante Sadam, y hace veinte denostaron a Menajem Beguin por la destrucción del reactor nuclear iraquí.

El pacifismo podría prosperar precisamente entre democracias, puesto que el movimiento por la paz en una de ellas generaría la contrapartida en la otra. En Israel, por el contrario, siempre fue una demanda unilateral. Pacifistas nunca existieron en el mundo árabe, porque por definición pacifista es quien en aras de la paz exige a su gobierno concesiones; una demanda que en los regímenes árabes es causal de muerte expedita por traición..

La frustración por esa asimetría empujó a los pacifistas locales a tres actitudes indignas. La primera fue la crítica ciega y lacerante contra su propio país. No importaba cuánto Israel se esforzara, siempre estaba en falta. La segunda, fue el vaciamiento de contenido del concepto paz. Sumidos en su desconcierto, terminaron por transformar la palabra paz en un eufemismo por "repliegue del Estado judío", o bien la confundieron con el concepto de "tratado de paz". Olvidaron una premisa insoslayable: un tratado es "de paz" sólo si conduce a la paz, no si se circunscribe a mencionarla muchas veces.

La tercera indignidad de la conducta pacifista, fue la contemplación pasiva del asesinato de sus conciudadanos. "En aras de la paz", no había que responder a la agresión. Los muertos judíos eran "víctimas de la paz". Al agresor hay que perdonarle aun la máxima brutalidad, "todo por la paz".

Difícil imaginar una mayor distorsión de la paz. Una exhibición masoquista de la otra mejilla tal vez podría justificarse con versículos del Nuevo Testamento, pero no tiene nada que ver con la visión profética judía de la paz, que indica que la autodefensa es una obligación, no sólo un derecho. Y ella acerca la paz, no la aleja.

Ni las raíces culturales europeas ni los regímenes árabes pueden enseñar paz. Otra vez, Israel es singular, gracias a la constancia que ese valor ha tenido en nuestra historia.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



Algunas evaluaciones hechas por los miembros de Jinuj.net:

Autor Fecha del mensaje

  fernandogye 21/1/2004 7:24 AM
Es un artculo con interesante informacin sociolgica e histrica. Es particularmente importante remarcar la naturaleza de los regmenes que rodean a Israel. Sin embargo, se ha obviado el carcter guerrero y conquistados que est contenido en el Pentateuco, que podra derivar en que el artculo sea percibido como maniquesta. En todo caso, es grato contar con estos espacio de informacin. Cabe remarcar, la frase de que en el judasmo, al igual que en las democracias, no hay unanimidad. Me alegra que as sea.

Ver todos los comentarios hechos por otros usuarios. (1 comentarios)

En Jinuj.net nos interesa saber tu opinión sobre el material publicado. Para hacer comentarios y calificar este artículo es necesario que ingreses al sistema.

Si no tienes una cuenta en Jinuj.net, puedes obtenerla fácilmente llenando esta forma.
Si quieres saber más sobre Jinuj.net haz clic aquí