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Multiculturalismo en Israel: entre el modelo ideal y el proceso histrico

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Aportado por: aizik
Fecha de creación: 2002-04-28 19:34:54
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Multiculturalismo en Israel: entre el modelo ideal y el proceso histórico

Sociedad israelí
Por Sergio Rotbart

Los bienes de la globalización han hecho impacto en Israel tanto como los males que conlleva. Fundamentalmente, el país vive en la contradicción de una nación que pregona la unión del pueblo alrededor de valores compartidos, pero que en sus prácticas neo-liberales ha conducido a una brecha económica sin precedentes. Cuando el estado de bienestar contenido en el sionismo como ideología amalgamadora se desmembra, el idílico multiculturalismo se convierte en sectorialismo salvaje.


Había una vez un israelí que trabajaba en la sucursal telavivense de una empresa multinacional con base en los Estados Unidos. Volvió una noche a su casa en su automóvil japonés. Su mujer, que trabajaba en una firma de importación de cocinas alemanas, ya estaba en casa. Su pequeño auto italiano solía desplazarse más rápidamente en el torbellino del tráfico. Tras una cena consistente en carne argentina, zanahorias de California, miel mexicana, queso francés y vino español, se sentaron a ver un programa en su televisor, fabricado en Singapur. El programa era un documental sobre la Guerra del Golfo, durante la cual el gobierno israelí liderado por el nacionalista Itzjak Shamir aceptó la presión norteamericana de no responder por la vía militar a los ataques de misiles iraquíes, y en cambio confiar en el accionar de la primera potencia mundial. Mientras lo contemplaban, se sentían calurosamente patrióticos, y muy orgullosos de ser israelíes.

Esta paráfrasis de un texto de Raymond Williams sobre el nacionalismo a fines del siglo XX, originalmente ejemplificado mediante el caso inglés de la guerra de las Malvinas-Falkland, en pleno auge de la liberalización y transnacionalización de la economía británica impulsadas por Margareth Thatcher, resulta sumamente oportuna y vigente para comenzar a desentrañar el dilema del alcance y las características de la identidad nacional en una sociedad tan integrada a la economía internacional moderna y al libre mercado capitalista "globalizado" como lo es la actual sociedad israelí. Efectivamente, los poderosos elementos internacionales y supranacionales han penetrado en la realidad israelí de un modo extraordinario en los últimos años, coexistiendo con las viejas ideas sobre la nacionalidad y la identidad colectiva. Esos elementos no sólo se manifiestan en el caso de los mercados mundiales de alimentos y de bienes manufacturados, sino también en la pertenencia activa a una alianza política y militar y a una comunidad económica supranacional.

La coexistencia de una economía transnacional con la vigencia del estado-nación como marco representativo de las identidades y grupos sociales tiende a reforzar el argumento según el cual el nacionalismo es una "construcción" ideológica –y, por lo tanto, artificial- cada vez más alejada de las necesidades y prácticas concretas que componen esos marcos colectivos. Lo que intelectuales como el citado Williams, Eric Hobsbawm y Benedict Anderson sostuvieron acerca del carácter construido y homogeneizador del nacionalismo en general, en Israel se tradujo en en la crítica "post-sionista" al consenso nacional supuestamente basado en un modelo monolítico que dio lugar a prácticas y discursos discriminatorios contra otros grupos nacionales (los árabes-palestinos) o comunidades judías de origen distinto a la élite ashkenazí (los inmigrantes judíos de los países árabes). Según esa línea de pensamiento que cuestiona el pasado y la vigencia del sionismo en Israel, el viejo modelo del "crisol de diásporas" ya no responde al proceso actual, en el que que la pluralidad de comunidades, culturas y sectores es más determinante de las relaciones sociales existentes que el presunto denominador común basado en una identidad nacional homogénea. Muchos analistas de este fenómeno incluso llegan a afirmar que la sociedad israelí de hoy es ya multicultural, más cercana al modelo de convivencia entre distintas comunidades étnicas que caracteriza a los Estados Unidos que al de estado-nación más integral de algunos países europeos.

Del crisol de las diásporas a los enclaves culturales

Sin embargo, hay dos componentes que caracterizan al multiculturalismo -al menos a su tipo ideal- cuya existencia en el caso israelí es, cuanto menos, parcial y marginal: el pluralismo, entendido como el respeto a los derechos y las prácticas del otro, de lo distinto, y una identidad colectiva que, respetando las diferencias, aglutine a los distintos grupos en un común denominador (como podría ser la identificación con la democracia y la idea de solidaridad social).

Por el contrario, la sociedad israelí de las últimas tres décadas atraviesa un proceso de fragmentación, tribalización de las diferencias culturales, polarización ideológica y profundización de la brecha social cuyo resultado es la coexistencia, en estado de tensión latente o de conflicto abierto, de varios enclaves socioculturales. Es más probable que un israelí laico, de origen ashkenazí, con una afiliación política de centro-izquierda, sienta mayor afinidad con el mundo de valores, ideas y costumbres de un judío laico norteamericano o italiano que con el de otro israelí de origen oriental, tradicionalista y votante del partido Shas.

De acuerdo a la clasificación efectuada por el sociólogo Baruj Kimmerling, en Israel se están consolidando culturas e identidades separadas una de la otra: la religiosa-nacional, la ultraortodoxa (judía pero no sionista), la oriental-tradicionalista, la árabe-israelí y la de la clase media laica. Esta última, que constituyó la base principal sobre la que se forjó y desarrolló la cultura dominante llamada "cultura israelí", está perdiendo su hegemonía cultural, paralelamente a la caída del poder del estado, pero conserva su centralidad como clase. Kimmerling explica que la clase media-alta laica preserva su dominio en los grandes negocios, el comercio y la industria, los medios de comunicación institucionalizados, los altos grados del ejército y la academia, aunque también en estas áreas se percibe cierta erosión de su posición dominante. Pero este sector lentamente comienza a tomar conciencia de su carácter de clase estrecho y de su pérdida de hegemonía cultural, y bosqueja los nuevos límites de su "comunidad imaginada". La primera expresión contracultural que logró independizarse de la cultura dominante, con la intención de reemplazarla o al menos luchar por ese espacio, fue la cultura nacionalista-religiosa militante encarnada en el movimiento Gush Emunim (sobre cuyos miembros incluso el líder socialista Yaacov Jazan dijo que eran los "nuevos jalutzim" -pioneros-). Desde mediados de la década del ´90 esa posición de desafío y lucha por la hegemonía cultural la ocupa fundamentalmente Shas.

El espectacular crecimiento de Shas en los últimos años expresa la expansión de un fenómeno ya existente en la sociedad israelí, aunque en este caso se le ha sumado el componente étnico-sefardí. Se trata de los grupos religiosos ultraortodoxos no-sionistas o antisionistas cuya relación con el estado judío es puramente instrumental, guiada por la persecución de fines sectoriales (recursos para financiar sus organizaciones y preservar su autonomía, además de la imposición de preceptos religiosos a nivel nacional). El rasgo distintivo de Shas con respecto a las otras corrientes religiosas ortodoxas, además del mencionado aspecto étnico, es que permite la participación de miembros que no cumplen con el ideal prescriptivo de consagrarse al estudio de la Torá, pero alcanza con que respeten el descanso sabático y/o envíen a sus hijos a una escuela de su red educativa para que sean aceptados como parte del movimiento. En este sentido, la red social, educativa y religiosa de Shas actúa como una suerte de estado dentro del estado, cumpliendo funciones de asistencia y bienestar social que el estado israelí viene sesgando y desmantelando, al dar lugar a que las fuerzas del mercado actúen en su lugar.

Del colectivismo estatal al individualismo mercantil

Lo que por lo general no está explicitado ni sugerido en la tesis del multiculturalismo es que el pasaje del monolitismo del estado-nación al pretendido pluralismo de la sociedad civil y los movimientos sociales es que también implica el pasaje de ciertas formas de equidad social, cuando el estado de bienestar aún funcionaba como tal, al individualismo posesivo del mercado, en el que no hay correctivos para las desigualdades que éste produce. El nacionalismo y el apego a las formas tradicionales de identidad colectiva aún perduran en el capitalismo transnacional precisamente porque el mercado y el consumo no pueden satisfacer todas las necesidades humanas, esencialmente no lucrativas, de nutrición y atención, apoyo y comodidad, amor y fidelidad, pertenencia y participación. El hecho de que existan hoy en día, aun en sociedades materialmente ricas, tantas personas desatendidas y despojadas, es sin duda un problema público. Dejar ese problema en manos del mercado es un remedio peor que la enfermedad, porque las relaciones mercantiles están guiadas por la persecución del lucro privado, no por intentar resolver asuntos públicos como la pobreza, la desocupación, la degradación del medio ambiente y los derechos de los trabajadores extranjeros.

Resulta paradójico que hoy en día la mayoría de los políticos aún aferrados a una concepción monolítica del sionismo, que suelen hablar de los valores tradicionales del arraigo, la integridad territorial, el pueblo y la lealtad sean quienes también promuevan la política de privatizaciones y expansión del mercado, dominado por los capitales transnacionales, en la economía nacional. Hoy en día tanto laboristas como nacionalistas de derecha comparten la común adhesión a la doctrina neoliberal, cuya aplicación profundiza la fragmentación social, pero siguen endiosando a la unidad y el consenso nacional como ideales inmaculados de la sociedad. Mientras que las prácticas concretas y materiales conducen al individualismo y el interés sectorial, el discurso ideológico sigue fiel al colectivismo y a un comunitarismo imaginario, inexistente en la vida real.

Por otro lado, los críticos "post" del esencialismo sionista ven como un fenómeno positivo la declinación del estado-nación y el supuesto ingreso a la era multicultural, que estaría caracterizada por un universalismo democrático. La coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos y autónomos no garantiza, sin embargo, la eliminación de la opresión y la discriminación. Al colocar el acento en los grupos culturales y movimientos sociales particulares se corre el riesgo de subestimar o ignorar lo que ocurre en la totalidad de la formación social, en la que prevalecen las desigualdades y las relaciones de dominación inherentes al desarrollo capitalista. La preocupación por la integridad social ha pasado a ser una propiedad casi exclusiva de la derecha nacionalista, que propone la integridad territorial como componente principal de la identidad nacional. La izquierda, en cambio, ha aceptado renunciar a ese componente pero, junto con ello, también ha renunciado a proponer nuevas formas de solidaridad social, con lo cual ha pasado a ser condescendiente con la desarticulación de la sociedad en fragmentos separados casi por completo.

Como sucede a nivel mundial, en una etapa en que el capitalismo de corte neoliberal ha alcanzado una expansión y hegemonía sin precedentes, también en Israel el desafío para cualquier izquierda que aspira a ser una fuerza popular y, a la vez, alternativa a un orden esencialmente injusto, es construir un espacio público que garantice el desarrollo económico y la igualdad de oportunidades para todos y, a la vez, sea fiel expresión de las distintas comunidades autónomas que componen el marco nacional. Mientras tanto, en una realidad en la que la lucha por la hegemonía cultural se ha acentuado notoriamente, está claro cuál es la fuerza residual: el sionismo laico de corte laborista, cuál es la fuerza emergente: el sectorialismo y el individualismo posesivo, pero no se ha consolidado aún ninguna fuerza hegemónica. El multiculturalismo, por lo tanto, en el contexto israelí es más un mito que una fuerza social real.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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