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Un silencio chirriante

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2002-04-15 11:36:48
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Un silencio chirriante

Ante la diatriba antisemita de Bashar Assad
Por Egon Friedler


Durante la visita del Papa Juan Pablo II a Siria, el presidente Bashar Assad dijo delante suyo que los judíos son asesinos y torturadores de palestinos, y que "tratan de asesinar los principios de todas las religiones con la misma mentalidad con la cual traicionaron a Jesucristo y de la misma manera en que traicionaron y trataron de matar al Profeta Mahoma". Al cabo de la ardua reconciliación entre el Vaticano y los judíos, ¿cuál debió ser la respuesta del Papa y de la Iglesia? ¿Cuál debe ser la nuestra?


A comienzos de mayo, durante el viaje del Papa a Siria, mil millones de televidentes en todo el mundo fueron testigos de una significativa escena. En presencia del Sumo Pontífice, el presidente dinástico de Siria, Bashar Assad, después de acusar a Israel del asesinato y la tortura de los palestinos sostuvo, que "tratan de asesinar los principios de todas las religiones con la misma mentalidad con la cual traicionaron a Jesucristo y de la misma manera en que traicionaron y trataron de matar al Profeta Mahoma". El Papa Juan Pablo II leyó un texto preparado de antemano y no se pronunció respecto al exabrupto antisemita de Assad.

Más tarde, el vocero del Vaticano, Joaquín Navarro Valls fue categórico en que el Papa no debió intervenir. Para él, "la posición de la Santa Sede en relación al antisemitismo es bien conocida y ha sido puesta de manifiesto miles de veces". Navarro Valls insistió en que en cada uno de sus viajes el Papa es objeto de presiones políticas "de los sectores más variados de los países más diversos", por lo cual su actitud es no referirse específicamente a planteos realizados por sus anfitriones.

Sin embargo, las palabras de Assad tuvieron implicancias que desde el punto de vista católico no podían dejar de tener respuesta. El heredero de la dictadura siria no inventó nada nuevo. Simplemente tomó la vieja acusación cristiana de los judíos como asesinos de Cristo y le dio un giro actualizado en el contexto de la política anti-israelí del mundo árabe. Pero para un Papa que pidió perdón por esta nefasta teología que causó tantos sufrimientos a lo largo de los siglos, era imposible no reaccionar ante este nuevo intento de reividicarla. Aun admitiendo los argumentos del vocero del Vaticano respecto a la política del Papa de no polemizar con sus anfitriones, y teniendo en cuenta que Juan Pablo II está físicamente disminuido por lo que no cabía esperar de él un duelo dialéctico entre él y el presidente de Siria, había muchas maneras de reaccionar. Podría haberse dado a conocer un pronunciamiento de alguien de su entorno, una declaración informal dada en nombre del propio Pontífice, o algún tipo de documento o declaración posterior.

Una política deliberada

Lo que es claro es que si no se hizo nada de esto, ello no es resultado de una imprevisión sino de una política deliberada. ¿En qué consiste esa política deliberada? ¿Es una política regresiva del Papa, de "arrepentimiento de su arrepentimiento" en el contexto del conflicto palestino-israelí? ¿Es un aprovechamiento de los sectores antisemitas y conservadores del Vaticano, de la debilidad del Papa para dar un paso atrás en las relaciones con el pueblo judío? ¿Es una victoria de la política sobre la doctrina, un intento de privilegiar el acercamiento con el Islam a una actitud pro-judía?

Las dos últimas posibilidades parecen las más cercanas a la realidad. Y aparentemente el problema no tiene nada que ver con el deterioro físico del Papa ni con sus 81 años de edad, sino con lo que siempre fue su política zigzagueante. Si bien es cierto que fue el primer Papa que visitó una sinagoga, que pidió perdón por el antisemitismo secular de la Iglesia a "nuestros hermanos mayores judíos", también es cierto que sólo acordó el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel cuando el proceso de reconciliación con el mundo árabe había dado considerables avances, y que sólo visitó Tierra Santa cuando casi no le faltaba ningún lugar ignoto del globo por visitar. También cabe recordar su posición oscilante en cuanto al affaire de las cruces de Auschwitz, que causó una de las muchas situaciones conflictivas del Vaticano con el mundo judío en los últimos años.

En una monarquía absoluta como lo es el Papado, no es fácil discernir el grado de influencia de los distintos factores cercanos al jefe de la Iglesia. Pero a pesar de sus velos de secreto, no cabe la menor duda de que la Iglesia sigue siendo un poder esencialmente político, más allá de sus objetivos religiosos, y por lo tanto es susceptible a las presiones externas.

En consecuencia, frente al chirriante silencio papal ante la explosión antisemita de un líder árabe, la única respuesta posible es un ruido judío lo suficientemente ensordecedor como para que el Vaticano se vea obligado a oírlo.

Los líderes judíos norteamericanos han sido muy explícitos en la expresión de su decepción e indignación. Pero eso no es suficiente. En todas las Diásporas en las que hay una presencia católica, las comunidades judías deben plantear su preocupación a las autoridades eclesiásticas católicas y reclamar pronunciamientos. No faltarán prelados bien intencionados que busquen vías para salir del atolladero en el que la Iglesia Católica se dejó meter por un joven e insolente gobernante árabe.

No podemos aceptar que la Iglesia juegue a la ambigüedad con un tema tan delicado como un intento de reivindicación de su propio antisemitismo histórico. Obviamente la intención no es extraer un nuevo "mea culpa" o un nuevo pedido de perdón del Papa, sino una aclaración precisa y clara de la ratificación de su condena de todo antisemitismo. Luego de que mil millones de televidentes vieron al Papa en actitud de aparente aprobación de una feroz diatriba antisemita, tal aclaración se ha hecho ineludible.

Menos que eso no es tolerable. La Iglesia tiene que tener claro que el pueblo judío asigna una extraordinaria gravedad a este tema. Si la Iglesia prosiguiera en su silencio chirriante tendremos derecho a sospechar que el Vaticano no ve con malos ojos que el mundo musulmán adopte el mismo odio anti-judío que con tanto fervor abrazó durante tantos siglos el Papado de Roma.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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