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La intifada de Al-Aqsa y los titubeos de la izquierda israel

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2002-04-14 14:52:24
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La intifada de Al-Aqsa y los titubeos de la izquierda israelí

Intifada Al-Aqsa
Por Sergio Rotbart

"Israel les ofreció prácticamente todo lo que exigían y mirá cómo nos lo retribuyen". No es difícil toparse con esta frase en boca de un militante del campo pacifista israelí desilusionado y consternado a raíz de la irrupción de la intifada palestina, ocurrida en octubre del 2000. Aún más, la desesperanza pasiva y el paternalismo admonitorio ante la reacción violenta de los palestinos tras el fracaso de las negociaciones de Camp David fueron la actitud mayoritaria de la llamada izquierda israelí. ¿Qué se esconde detrás de esta actitud? ¿Y cuáles son sus consecuencias para los sectores de la sociedad israelí que aún apuestan al diálogo y la reconciliación como único camino para lograr la anhelada convivencia pacífica entre los dos pueblos?


La aparentemente convincente versión de que las negociaciones sobre un acuerdo definitivo entre el gobierno israelí de Ehud Barak y la dirigencia palestina liderada por Yasser Arafat, mantenidas a mitad del pasado año en Estados Unidos, llegaron a un callejón sin salida exclusivamente debido a el rechazo de los palestinos a las "bondadosas" ofertas de los mediadores israelíes fue simplemente eso: una versión, ciertamente si no la única, pues entonces la más difundida (por lo menos en Israel y por Israel).

Hoy circulan en la prensa israelí versiones alternativas que sostienen que la primera, la que resultó ser dominante hasta ahora, respondió más a una eficiente campaña de publicidad montada por los asesores de Barak que a lo que realmente ocurrió en la mesa de negociaciones. La generosidad de Barak y Shlomo Ben-Ami, en contraposición a la negativa intransigente de Arafat y su comitiva, se acercan cada vez más, a medida que transcurre el tiempo, a una imagen mítica cuyo mayor logro fue al servicio del campo israelí opuesto: la derecha nacionalista que, de la mano de Ariel Sharón y el viejo slogan de que nuevamente "no hay con quién hablar", accedió al poder. La perspectiva que brindan el tiempo transcurrido desde la interrupción del diálogo y los diez meses de Intifada de por medio permiten crear una versión más verosímil, según la cual ni los israelíes fueron tan excesivos en su generosidad ni los palestinos tan negativos y boicoteadores en su rechazo. De otra manera, sin esas tintas medias, resulta difícil descifrar la lógica racional que guió a Arafat para patear el tablero y apoyar la vía de la violencia.

Si fuera cierto que los representantes israelíes estuvieron dispuestos a conceder renuncias significativas, casi sin precedentes, en temas como la división de Jerusalem y la cesión (nótese que ya no se habla de devolver sino de "dar", un cambio verbal que enfatiza la generosidad de la parte conquistadora) de la zona de Cisjordania que aún está bajo dominio israelí, ¿cómo se explica el rotundo rechazo de la dirigencia palestina? Esa imagen mítica, paternalista y maniquea de las relacionas entre ambas partes del conflicto es la imagen que está interesada en crear y transmitir el establishment colonizador de la sociedad israelí, pues ella sirve muy bien a sus propósitos de reproducir y perpetuar una situación de dominación colonial.

El abandono del diálogo y la razón a cambio del uso de las armas y el terrorismo indiscriminado es un comportamiento innato, ilógico y hasta instintivo de una de las partes: los palestinos. Aún más, hasta tal punto la derecha y la izquierda israelíes comparten los mismos estereotipos con respecto al enemigo que la versión compartida por gran parte de la segunda, casi avergonzada y desorientada ante el giro a la vía violenta por parte de los palestinos, alimenta la concepción demonizadora infundida durante años por la derecha, según la cual el terrorismo y el uso de la violencia son el verdadero rostro de la dirigencia palestina, el cual volvió a verse tras el engaño táctico de los acuerdos de Oslo. Con la nueva Intifada esa máscara volvió a caerse y ha quedado descubierta la verdadera cara de Arafat.

Lo penoso y trágico de la actual situación es que una parte del campo de la paz israelí, la llamada izquierda, comparta, apoye o no se oponga a esta concepción colonizadora para con los palestinos. Sostener que las "renuncias" (¿desde cuándo el conquistador renuncia, en un acto de bondad y buena fe, a lo conquistado?) que Itzjak Rabin, Shimon Peres y Ehud Barak les ofrecieron a los palestinos fueron actos bondadosos, expresiones dignas del humanitarismo y el liberalismo israelíes que, pese a todo, demuestran la especial calidad moral del bando fuerte, no es, como el mismo autor de estas líneas se apresuraría a escribir, una ingenuidad. Ya vimos para qué lado juega esta visión en las relaciones de poder existentes. De ella se desprende, casi naturalmente, la "decepción" ante la irrupción de la violencia del otro bando y la convicción de que la Intifada es una bofetada al campo pacifista israelí, una traición al sueño compartido de la conciliación que conduce a erosionar la confianza en la dirigencia palestina y en las propias convicciones.

El Estado de las cosas

El dirigente de izquierda Yair Tzabán, varias veces diputado por parte del desparecido partido socialista Mapam y ex ministro de Inmigración durante el último gobierno de Itzjak Rabin, sostuvo recientemente que el abismo más grande entre los israelíes y los palestinos es el que los separa a la hora de conceptualizar el conflicto entre ellos. Mientras que la mayoría de los israelíes lo captan como un conflicto nacional entre dos comunidades étnicas por un mismo territorio, los palestinos lo ven como la lucha de liberación nacional de un pueblo oprimido contra un estado colonial que ocupa parte de sus territorios. La diferencia sustancial entre ambas concepciones es que sólo la segunda habla de relaciones de poder asimétricas entre las partes, mientras que la primera enfatiza la simetría de dos partes en una disputa en la que no está claro quién es el dominador y quién el dominado. En la visión israelí mayoritaria, frente a la que tampoco la izquierda ha presentado una alternativa socialmente aceptable, la despolitización del conflicto y su supuesta neutralidad permanente conducen a descontextualizar toda reacción violenta por parte de los palestinos de las relaciones de poder y dominación que intentan modificar y definen una situación de ocupación colonial. Y, por ende, a deslegitimizarla y condenarla automáticamente, sin intetar siquiera comprender o explicar el contexto socio-histórico que le da sentido, y sin el cual tampoco es posible entender su justificación moral.

Para Hannan Hever, profesor de literatura y militante contra la ocupación israelí en los territorios conquistados en la guerra de 1967, "justamente la situación asimétrica de la ocupación es la que posibilita, y fundamentalmente promueve, la representación distorsionada del estado de cosas como conflicto aparentemente simétrico entre dos entidades nacionales con demandas enfrentadas pero igualmente legítimas. Por lo tanto –agrega Hever- la descomposición física de la ocupación, y como resultado de la misma, también su descomposición conceptual, son las que conducirán finalmente al reconocimiento y la aceptación de las demandas palestinas; a la toma de conciencia de que el conflicto no es simétrico y, por lo tanto, tampoco sus resultados finales serán una solución simétrica bajo la tutela de la ocupación israelí".

Siguiendo la lógica de esta visón asimétrica del conflicto, puede vislumbrarse detrás de la incertidumbre de cierta izquierda un profundo miedo precisamente ante la gran claridad bajo la cual se ven las cosas. Y, más aún, miedo ante la conclusión política que surge como consecuencia de esa claridad: cruzar los límites y expresar solidaridad con el otro lado. El miedo a reconocer el estado de las cosas es más grande que la confusión y la incertidumbre.

Por lo tanto, contrariamente a las voces que repetidamente se escuchan afirmando que la situación política es especialmente complicada y es muy difícil sostener una posición determinada ante los sucesos violentos y el derramamiento de sangre, desde otra perspectiva nunca las líneas demarcatorias entre los israelíes y los palestinos estuvieron tan claras. Nunca la situación fue tan tajantemente nítida.

La dinámica del conflicto tras los acuerdos de Oslo llegó a su punto de ebullición. La propuesta de los negociadores resultó estar muy lejos de las mínimas aspiraciones de los palestinos, tan lejos que la reacción lógica y esperada desde su perspectiva fue abandonar la mesa de negociaciones y pasar al uso de las armas. Reaccionaron como quien no puede soportar más las reglas del mantenimiento del diálogo, que pasó a ser un ámbito asfixiante, un dispositivo herméticamente cerrado que no posibilita ningún camino hacia la solución concreta de sus problemas más urgentes y no permite instalar en el orden del día, legítimamente, sus mínimos reclamos.

La propuesta de Barak de devolución de parte de la Cisjordania bajo la forma de Bantustanes (es decir, islas de autonomía palestinas sin continuidad territorial rodeadas de zonas bajo dominio israelí), más la presentación de la oferta más minimalista con respecto a Jerusalem como un acto de máxima flexibilidad hacia los palestinos, crearon el callejón sin salida. Cualquier observador que no haya desenmarcado las negociaciones de Camp David –cualquiera haya sido la versión de su contenido que haya aceptado como válida- de la situación socio-histórica de ocupación, ni que haya creído que la diplomacia del proceso de paz puso fin a la injusticia, el sufrimiento y la humillación de la que es víctima la población palestina, no pudo haberse sorprendido de la irrupción de ira y violencia destadadas por la Intifada de Al-Aqsa, ni por la magnitud de la violencia israelí reclutada para reprimirlas.

De acuerdo a la ideología dominante, cuya erosión y construcción de una ideología alternativa deberían ser el desafío más serio para la izquierda israelí, la violencia ejercida por el estado israelí es siempre respuesta, por lo tanto justificada, a la violencia original del otro bando. La derecha vocifera, y cierta parte de la izquierda asiente expresa o socavadamente: "¡Cómo se atreven a negociar mientras que nos disparan y realizan atentados suicidas!" Y se olvidan de que eso es precisamente lo que vino haciendo la dirigencia palestina desde la firma del primer acuerdo de Oslo, en 1993, mientras que la violencia y el oprobio de la ocupación no cesaron ni un instante: los "cierres" y los cercos de Gaza y Cisjordasnia, la demolición de casas, la confiscación de tierras, el bombardeo sobre infraestructura y población civiles, las ejecuciones de cabecillas de células terroristas pero también de militantes populares, las requisas nocturnas, las provocaciones, golpizas y otras humillaciones perpetradas por soldados o colonos judíos.

El miedo a salir de la trinchera

Hay quienes afirman que Israel no firmó los acuerdos de Oslo, ni reconoció la existencia de la nacionalidad palestina, ni declaró su disposición a finalizar la ocupación desde una posición de fuerza o por generosidad, sino desde una posición de debilidad. Sólo en dos enfrentamientos bélicos Israel no logró imponer una definición militar, y esas dos guerras se convirtieron en guerras de desgaste prolongadas. Una aparentemente concluyó con la retirada israelí del Líbano. La otra se sigue librando hasta el día de hoy, y no se vislumbra su finalización.

Los acuerdos de Oslo fueron el resultado de la primera etapa de la segunda guerra de desgaste, la primera Intifada que estalló en diciembre de 1987. Los mismos analistas aseguran que la conducción militar, con Rabin a la cabeza, llegó a la conclusión de que la sociedad israelí no podría soportar el desgaste de ese tipo de enfrentamiento violento permanente. Esa dirigencia llevó a Israel a limitar su impulso colonial y empezar a reducir los límites de su expansión territorial. Si bien el lado israelí cuenta con una gran fuerza militar y enormes medios de presión económica, como en el caso de Francia en Argelia, Estados Unidos en Vietnam y la ex Unión Soviética en Afganistán, Israel carece de fuerza política y aún menos aceptación social interna para ejercer toda su fuerza contra el otro lado y hacerse cargo de las graves consecuencias previstas. Contrariamente al lado israelí, los palestinos no tienen una gran fuerza militar ni medios significativos para ejercer presión económica sobre Israel. Pero como todos los movimientos de liberación anticolonialistas contemporáneos, cuentan con una alta capacidad y disposición al sacrificio, junto con una gran fuerza política y el apoyo moral, político y económico internacional, capaces de evitar la continuación prolongada de la ocupación y la imposición unilateral de un acuerdo no deseado.

El papel de la izquierda israelí debería ser no dejar de recordarle al público judío el precio de su tranquilidad relativa dentro de los límites de la "línea verde" (que separa a Israel de los territorios ocupados); no cesar de darle a la ocupación voz, presencia y expresión en todo lugar en que los israelíes piden ignorarlos; recordar que el terrorismo palestino no justifica la ocupación sino que es un producto de ella, el caldo en el cual surgió y se cultiva, y por lo tanto tampoco puede justificar el cese de las negociaciones.

El problema de la izquierda no es la paz, sino el fin de la ocupación. La probabilidad de la paz, de conciliación entre ambos pueblos, dependen inevitablemente del fin de la ocupación. Cualquier otro asunto, por más justo, digno y urgente que parezca (que no faltan: la distribución más equitativa de los ingresos, la oposición a la privatización indiscriminada, la recomposición de la sociedad civil, el cambio del sistema electoral) debería estar supeditado a la lucha contra la continuación de la ocupación y contra la institucionalización de un régimen de apartheid. Este es el orden del día que la ocupación le impone a la izquierda israelí. Hasta su conclusión, no le queda alternativa. Ya no puede identificarse automáticamente con su estado-pueblo-nación. En cambio, la solidaridad con el otro lado pasa a ser el imperativo de la hora.

Los israelíes que reconocen el derecho universal de los palestinos y se oponen a la ocupación ya no pueden ser parte de la guerra que Israel libra contra el pueblo palestino; deben tomar una posición que los empuje al otro lado del parapeto nacional. El hombre de izquierda israelí se ve obligado a ocupar una posición que los voceros de la derecha catalogaron como traición.

¿Cuál es, en síntesis, la posición crítica posible de la izquierda ante la Intifada de Al-Aqsa? Siguiendo a Jean-Paul Sartre, que aplicó sus categorías de análisis a la situación del intelectual francés ante la dominación colonial de Argelia, podríamos decir que la posición crítica del hombre de izquierda en Israel es aquella en la cual su ubicación particular está en contradicción con su ubicación universal: su particularidad como parte integrante del pueblo judío-israelí se contradice con su visión universal, que reconoce la justicia del reclamo de los palestinos y se identifica con sus sentimientos y aspiraciones. Por lo tanto, se establece una contradicción entre quien sigue identificándose, de acuerdo al imperativo particularista, con su pueblo-estado que están ubicados de un lado del parapeto-guerra con los palestinos, y quien –siguiendo un imperativo universal- apoya su causa y está dispuesto a entender y no demonizar su opción por la violencia.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine



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