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El trance y las drogas como protesta y reivindicacin

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2002-03-05 13:04:48
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El trance y las drogas como protesta y reivindicacion

Globalización y postmodernismo en Israel
Por Nik John

Continúa la polémica en Hagsham@ e-zine acerca de cómo se interpretan las nuevas tendencias mundiales, el impacto de la globalización y el posmodernismo, por un lado, y el post-sionismo como fenómeno autóctono, por otro. En esta entrega, Nik John arremete contra los dos polemistas anteriores, Julián Schvindlerman y Sergio Rotbart, y adjudica un cariz diferente a la cultura "trance" que ha prendido en la juventud israelí.


A veces soy un ideólogo enardecido, con ganas de discutir apasionadamente por horas en defensa de mis posturas. Y a veces soy un razonable estudiante universitario, y entonces utilizo un tipo diferente de argumentaciones. Julián Schvindlerman no hace tal distinción, y por eso su descripción de "cómo son las cosas" está teñida con su deseo de "cómo deberían ser las cosas". Está tan deseoso de regresar a los mitológicos días del Ishuv y de los tempranos años '50, que cualquier cosa que nos lleve más allá de su visión es presentada de modo unidimensional, sin ningún intento real de entender los significados inherentes al fenómeno en cuestión. Así, la cultura "trance" se trata de nihilistas drogadictos que no les importa nada más que su propio goce hedonista. Estos argumentos ya son viejos, pero vale la pena repetir que no alcanzan todas las añoranzas de solidaridad judía y de autoconfianza para cambiar ciertos hechos históricos que los "post-sionistas" han presentado. Cargar contra gente que ha presentado la realidad de un modo intragable para Schvindlerman no va a cambiar esa realidad.

En cambio, quisiera sugerir una aproximación diferente, que es muy difícil de sostener. Vamos a intentar dejar a un lado lo que queremos ver, y tratemos de entender lo que realmente está ocurriendo. Las posiciones políticas de Schvindlerman son tan obvias, que se hace difícil tomar en serio su análisis. Está tan compenetrado con una sociedad judía en Israel que es tan homogénea y aislacionista, que debemos sospechar que ello tiñe los términos de su análisis.

El Compromiso de la Generación Trance

De modo que digamos una o dos palabras acerca de esta cultura del trance que Schvindlerman se apura tanto a condenar. Primero, sostener que la cultura trance es en última instancia vacía y "estupidizante" es sencillamente falso. Un buen amigo mío, compañero de estudios en la Universidad Hebrea de Jerusalem, escribió una notable (e impublicada) tesis sobre la cultura trance en Israel, que incluía su propia asistencia y observación en fiestas trance, y entrevistas a esos "nihilistas". Sus hallazgos muestran que el trance es para ellos una forma de protesta: contra el control policial de las fiestas, contra el estado, contra el militarismo. Estos podrían ser todos valores que Schvindlerman apoya, pero eso no le da derecho a llamar a todos quienes no los aceptan, "nihilistas". Esas personas, para las cuales el trance es una parte importante en sus vidas son personas comprometidas políticamente, aun si ese compromiso no se expresa en formas convencionales.

Segundo, démosle crédito a la llamada "generación trance", y señalemos que la acción política real en varios frentes está siendo liderada en Israel por jóvenes, por ejemplo los temas ecológicos, los femeninos, los temas ligados a homosexuales y lesbianas, derechos humanos: no son gente que prefiera entonarse y borrarse (y ¿saben qué?, probablemente habrán estado en una o dos fiestas trance en sus vidas, y se deben haber fumado incluso el porro de rigor…)

Para ser justos, Schvindlerman nos pide que no hagamos "generalizaciones groseras", pero de todos modos sostiene que la cultura trance tiene que ver con la imposibilidad de "lidiar directamente con las complejas realidades de la vida personal y pública en un país en conflicto". Esto puede ser cierto –tal vez el entendimiento de los chicos trance de la indudablemente compleja realidad de Israel es deficiente y superficial- pero en ausencia de un solo grupo de personas cuya comprensión sí logre enfrentar la complejidad de nuestra sociedad (¿Shas?, ¿Likud?, ¿el Laborismo? ¡Hágame el favor!), parece como si Schvindlerman se las tomara con un grupo particular que particularmente le repele. ¿Sería muy atrevido sugerir que aquellos con la más sutil comprensión de las complejidades de la sociedad israelí de hoy son justamente los mismos académicos post-sionistas cuya mera existencia le parece a Schvindlerman casi una traición?

La negativa de Schvindlerman a entender a la gente por aquello que sienten y dicen que son, y su intento, en cambio, de hacerla encajar en su sociedad israelí ideal, no se detiene en la juventud israelí. No, él continúa infamando a la Corte Suprema de Justicia entera como teñida por –y cito- "un universalismo estéril y superficial". Ellos y los que son como ellos, dice, han "sacrificado" sus identidades. Espero que la jutzpá de tal afirmación sea clara. ¿Cómo se atreve Schvindlerman a decir que los votantes de Meretz (que seguramente ellos, pero no solamente ellos, son sus blancos aquí) han sacrificado sus identidades, y por lo tanto, por implicación, están des-identificados? ¿Tal vez se han despojado de una identidad y tomado una nueva, si bien universalista y democrática? Cualquiera sea su identidad, como sociólogo no puedo aceptar que existan actores sociales sin identidades. Tal cosa sencillamente no existe. Este es un testimonio de la concepción de Schvindlerman, que ve la identidad global, liberal y universal como falta de identidad.

¿Por que el trance?

Sergio Rotbart discrepa con el análisis de Schvindlerman acerca de la cultura trance como nihilismo post-moderno, y opone una alternativa, que es una explicación igualmente reduccionista y unidimensional: para él, se trata de "un proceso de integración de la sociedad israelí a la globalización capitalista". No me caben dudas que el trance en Israel es parte de la integración de Israel al mercado mundial del entretenimiento, pero decir que se trata sólo de eso es demasiado simplista, y deja muchas preguntas clave sin respuesta, la más importante de las cuales es, "¿por qué el trance?" La música trance no es el único género musical del mercado globalizado, e Israel está expuesto a todo tipo de música, así que ¿por qué justo el trance prendió y no, digamos, el heavy metal? No es suficiente decir que Israel es parte de las corrientes culturales globales y dejarlo ahí: Rotbart tiene que explicar qué significados tiene el trance para los jóvenes israelíes, y no detener el análisis así como así en el nivel económico (sin negar su importancia). Algunos significados son obvios –la búsqueda de una conexión con el Oriente mítico (Goa, las playas tailandesas), la libertad individual, el ir contra el establishment- y algunos están distintivamente relacionados con Israel: antimilitarismo, el control del propio cuerpo a través de los tatuajes, el piercing y el consumo de drogas (no nos olvidemos que el servicio militar implica entregar tu cuerpo a otras personas, tu cuerpo ya no te pertenece y la experiencia de recuperar tu cuerpo puede ser muy fuerte: ciertamente puede ayudar a entender por qué muchos soldados recién liberados se dejan crecer el pelo). Podríamos discutir acerca de los significados de la cultura trance para aquellos israelíes que participan en ella, pero de seguro no estaremos de acuerdo en que es simplemente el resultado de la integración de Israel en los mercados globales del entretenimiento.

Hasta aquí he sido abrumadoramente negativo, atacando tanto a Schvindlerman como a Rotbart. Sabemos que criticar los argumentos de otros es fácil (y estoy seguro que los míos también pueden ser desafiados), mientras que construir un argumento propio es mucho más difícil. Así que permítaseme aventurar un párrafo o dos sobre cómo veo yo la conexión de Israel con el resto del mundo, ya que éste es el asunto al cual Schvindlerman y Rotbart se refieren en sus respectivos artículos.

Primero, eliminemos del mito de que la globalización está volviendo a Israel más y más como Estados Unidos (y aquí supongo que Rotbart va a estar de acuerdo conmigo). Por supuesto uno tiene que ser ciego para no ver cómo la cultura norteamericana se abre camino hacia dentro de Israel, pero igualmente ciego para no ver la reacción del lado israelí. Si nos estuviéramos convirtiendo en otra versión de los Estados Unidos, por ejemplo, ¿cómo es que hay más diputados rabinos en la Kneset que de cualquier otra profesión? Ello no es precisamente lo que caracteriza a una sociedad liberal y universalista.

¿Y qué me dicen del reciente crecimiento en el interés por los orígenes étnicos de los judíos israelíes? El televidente israelí habrá notado la cantidad de programas nuevos que se enfocan en las varias etnicidades en los últimos meses, por no mencionar los programas centrales de los viernes a la noche, programas en los que artistas arquetípicamente israelíes ejecutan música arquetípicamente israelí. Otro ejemplo es el brote de grupos de estudio de la Torá en sus varias corrientes (laicos, pluralistas, y así sucesivamente), en especial en universidades, pero no menos en el corazón de la secular Tel Aviv. No cabe duda que hay más cosas norteamericanas y europeas en Israel que en el pasado, pero no quepa duda tampoco que ello no debilita la cultura israelí sino, al contrario, la fortalece. En efecto, la investigación en sociedades de todo el mundo demuestra que la globalización no es una calle de mano única, imponiendo la cultura y los valores norteamericanos y europeos a subgrupos culturales más débiles. No, lo que vemos, en cambio, es el resurgimiento del "localismo", una tendencia a fortalecer la identidad local propia frente a lo que se percibe como la amenaza cultural global.

Inversores Pacifistas

Segundo, y a pesar de haber dicho más arriba que Israel no se está convirtiendo en un segundo Estados Unidos, hay claras relaciones entre elementos de la cultura occidental en la sociedad israelí y el proceso de paz. Lo digo porque Rotbart distingue de modo intransigente entre los aspectos culturales y económicos de la sociedad israelí. Recordemos que a los inversores extranjeros les gusta un ambiente estable; no quieren ver su fábrica volar en pedazos en una guerra, ni a la moneda local ser arrasada por la inestabilidad regional. Nos guste o no, los empresarios israelíes comparten intereses similares con los empresarios extranjeros, y a ellos también les gustaría ver a Israel como un actor serio en la economía global. Ello implica leyes que liberalicen la economía israelí, facilitando el flujo de dinero afuera y hacia del país, así como exenciones de impuestos y subsidios a la inversión, por ejemplo. Lo más importante, sin embargo: ello implica paz. En otras palabras, la gente más globalizada de la sociedad israelí, la elite empresarial, también tienen intereses creados en ciertos arreglos políticos en Israel, tanto como entre Israel y sus vecinos.

Pero ellos no están solos. Cualquiera que entre a un shopping center también está expresando su interés en ciertos arreglos económicos y políticos, que estén basados en valores tales como el liberalismo, el individualismo y tal vez incluso el hedonismo. Y estos valores son compartidos también por la música trance. Dicho de otro modo, el mismo clima económico que permite a los shoppings surgir como hongos después de la lluvia en Israel va de la mano con cierto clima cultural que ha sido llamado la "americanización" de la sociedad israelí. También es un clima que tiende hacia la paz, tanto por razones económicas como de índole cultural/moral: la paz nos va a permitir continuar nuestras vidas burguesas de todos los días con más facilidad, y es también una expresión de valores más universalistas que el exclusionismo étnico.

De lo que he dicho más arriba, debiera estar claro que no concuerdo ni con Schvindlerman ni con Rotbart (aunque menos con el primero que con el segundo) acerca de su análisis de la música trance, que ha sido el núcleo principal de sus artículos y también del mío, como representante de la globalización de la cultura israelí y el colapso del colectivismo sionista de antaño. Todos acordamos en que Israel es menos colectivista que en el pasado, y creo que todos lo lamentamos (en distinto grado). Sin embargo, encuentro objetable la negativa ciega de Schvindlerman a aceptar nuevas formas de cultura en Israel, una negativa que es casi seguro hipócrita si alguna vez ve televisión o cine "made in America", o si navega por Internet, ya que estas cosas no son menos parte de la cultura hedonista que la música trance. También critico su tendencia a descartar de plano el liberalismo como una posible fuente de valores para los judíos israelíes.

Hoy estamos caminando sobre una delicada cuerda floja. Por un lado la opinión pública en Israel es muy halcona, excluyente, antiuniversalista. Pero por el otro, nuestro modo de vida como una sociedad de consumo democrática y occidental exige nuevas actitudes. Exige apertura, liberalismo, menos apego a agrupamientos étnicos. No podremos mantener el equilibrio por siempre tratando de negociar entre conjuntos de valores en conflicto. Pero pongámoslo bien en claro: lo que estamos presenciando hoy en Israel es una batalla entre culturas, entre ideologías (y no una cultura contra una no-cultura, a la Schvindlerman): una (en sentido general) liberal, globalizada, secular, universal y occidental, y la otra particularista, localista, religiosa y (neo)nacionalista. Y nadie sabe quién va a ganar.


(Traducción: Marcelo Kisilevski)

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine  



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