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Sharon y Arafat, en busca de buenos carpinteros

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2002-03-05 12:54:03
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Sharon y Arafat, en busca de buenos carpinteros

Intifada de Al Aqsa
Por Marcelo Kisilevski


Aunque quisieran, ninguno de los dos líderes puede bajarse del alto árbol al que se han subido sin una buena escalera que les permita descender con honor a posiciones más moderadas. Arafat se ha sincerado como quien maneja los hilos de la Intifada, y Sharón aún disimula sus deseos casi incontenibles de hacerla pedazos del todo. La pregunta no sólo es si quieren o no bajarse de sus respectivas ramas, sino qué pasará si no lo hacen. La Intifada y su represión marchan, en tanto, hacia arriba y en espiral, sin que se puede definir bien hacia dónde ni con qué fin.

El atentado en el restaurante Sbarro en Jerusalem, en agosto, inauguró una nueva fase de la Intifada de Al Aqsa. El día anterior se había comentado el inicio de una nueva alianza, más sincerada y pública, entre la Autoridad Palestina de Yaser Arafat y las fuerzas irregulares islámicas, en especial el Hamás. En el restaurante Sbarro, donde murieron 14 personas, buena parte niños, se dio el disparo inicial de esta coalición: no más discursos en inglés sobre "the peace of the braves" (la paz de los valientes) por un lado, y llamados al Jihad en árabe, por el otro. Al son de los festejos en Ramallah y en los campos de refugiados palestinos en el Líbano, Arafat condenó muy tibiamente el atentado, en el mismo día de ocurrido, para no nombrarlo nunca más. Tampoco se volvió a mencionar el arresto de dos militantes menores del Hamás, para dar aún alguna impresión equivocada a un Occidente que todavía quiere creer que en Arafat hay con quien hablar.

Se trata de una alianza problemática, con la que el Raís pretende conservar su poder por momentos temblequeante como su labio inferior. Ya no se trata del líder a la Mandela, que quiere ver plasmado el anhelo de su pueblo de un estado independiente, sino de ser un mártir como los que murieron en la Intifada, un shahíd, en especial como los shahídim que se suicidaron llevándose consigo al paraíso cuantos más israelíes mejor. Arafat quiere ser el rey de los shahídim.

Es que entre las agrupaciones palestinas se está haciendo más cruda cada vez la lucha interna y facciosa que es la Intifada. Las preguntas más difíciles son las estratégicas: primero, ¿hacia dónde va la Intifada, qué quiere lograr? ¿Acabar con la ocupación? ¿Hacer arrodillar a Israel para que ruegue a los palestinos volver a la mesa de negociaciones? La primera opción es demasiado ambiciosa y por lo tanto inalcanzable; la segunda, reabrir las negociaciones, es demasiado poco a cambio de los 540 muertos (shahidim) que ha sacrificado el pueblo palestino. En el medio hay demasiados matices, desde arrastrar a una guerra contra Israel a todos los países árabes, hasta iniciar una nueva crisis del petróleo que presione a Occidente para que a su vez presione a Israel a hacer concesiones, como para ponerse de acuerdo.

Segundo, ¿quién mandará cuando el Raís abandone la escena? Y según quién gane, ¿qué perfil de entidad palestina habrá de surgir? Pues esto último depende de la pregunta anterior: si es el Hamás, con su creciente popularidad en la calle, el objetivo estratégico es la destrucción del Estado de Israel, y por lo tanto la lucha no habrá de cesar. Por eso las fuerzas laicas y nacionalistas, el Fataj y el Tanzim, que responden a Arafat, hacen la mejor letra posible, con bombas y con balas contra Israel, para competir con el Hamás por el favor popular. Dentro de ellos, el grado de democraticidad varía, pero todos son más pragmáticos, de seguro, que el extremista movimiento Hamás.

Un liderazgo de Arafat que por ahora los englobe a todos, es lo único que puede garantizar que la lucha violenta entre facciones no comience ya.

El que manda es Arafat

En la última semana del mes lo dicho acerca de la coalición entre la ANP y el Hamás y el Jihad Islámico, así como la crisis interna entre las facciones, quedó explícitado en una entrevista que trajo el analista de asuntos árabes del Canal 2 israelí, Ehud Iaari, concedida por Maurán Barguti, líder del Tanzim, a la televisión de Abu Dabi. En ella, Barguti "mandó al frente" a Arafat, diciendo que toda la Intifada está siendo conducida por él. Arafat es el alma espiritual y operativa de la Intifada de Al Aqsa desde el principio. Ello y más, lo instó públicamente a sincerarse y a ponerse de modo abierto a la cabeza de las filas palestinas, y que éstas incluyan a todas las tropas regulares de la policía palestina, y no solamente a milicias, para declararle una guerra a todo o nada a Israel.

Barguti tampoco dijo para qué. Eso no era aquí relevante. Se trataba de un mensaje enérgico a Arafat, al que en corrillos palestinos se le acusa de estar haciendo todos los errores posibles en el manejo de la Intifada, para que deje de jugar el doble juego frente a la opinión pública mundial, y sea de una vez la cara visible de la revuelta. Caso contrario, dice el mensaje, el fracaso de toda la Intifada será adjudicado al propio Arafat. Y por supuesto, Barguti no lo dice, pero estará gustoso de reemplazarlo una vez que el líder se haga –o lo hagan- a un lado.

A la discusión en Israel de si conviene o no "bajarlo" a Arafat del poder, y a la posición de la izquierda, según la cual si éste cae podría reemplazarlo algo peor, como el líder del Hamás, el paralítico jeque Ajmad Iasín, el Shabak (servicio de inteligencia interno) ha aportado una nueva tesis. Si Arafat cae, siempre será bueno para Israel. Una de dos: o vienen fuerzas democráticas que existen y que están esperando la caída del dictador corrupto que resultó Arafat, o viene el Hamás. Lo primero nos conviene claramente, dice el Shabak. Lo segundo también le conviene a Israel, afirma, porque el mundo verá que nos estamos enfrentando a un nuevo, pequeño pero no menos peligroso Irán, que Israel tendrá legitimidad internacional para neutralizar, es decir para combatir y destruir. Como quiera que sea, los experimentos israelíes que consisten en intentar elegirle el liderazgo al enemigo, continúan, como lo fueron en el Líbano, en tiempos del presidente cristiano Bashir Gemayel. Que éste haya sido luego asesinado no parece enseñarnos ninguna lección.

Peres y Sharón, el policía bueno y el policía malo

Del lado israelí se confrontan dos líneas. Por un lado la del primer ministro Ariel Sharón, opuesto a negociar nada bajo fuego, ni siquiera una tregua temporal. Por el otro, el ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, quiere mantener viva a toda costa la vía de la negociación y el diálogo. No necesariamente porque crea que hay con quien hablar, sino porque sabe que a la larga se va a volver a hablar con ellos, con o sin fuego, y se van a negociar las mismas cosas que se dejaron sobre la mesa antes de darla vuelta de una patada. Además, Peres se juega su prestigio histórico, al tratar con uñas y dientes que el Proceso de Oslo, su obra política más significativa (luego de la de haber sido el arquitecto del poderío nuclear israelí), no muera del todo. Pero su destino personal nos importa menos.

Lo cierto es que Israel, con Sharón a la cabeza, tampoco tiene una meta estratégica clara. En esto, se manejan dos posturas en los medios israelíes. La primera es que Sharón quiere arrastrar el conflicto a una guerra total, que le permita a Israel reposicionarse en el Medio Oriente por la vía militar. El mundo protestará como siempre, y como siempre se calmará luego, manteniendo sus buenos negocios con Israel. El, mientras tanto, habrá logrado la popularidad entre los colonos de los asentamientos, que quedarán intactos, y entre la derecha en general, de la que será líder indiscutible.

En este contexto, Sharón ayuda a Arafat a escalar y escala con él la montaña de violencia. Al atentado en Sbarro siguió la toma del Orient House por parte de Israel. El fin de semana siguiente fueron asesinados siete israelíes. Durante la semana que siguió fue liquidado por Israel el líder del Frente Democrático para la Liberación de Palestina, Abu Alí Mustafa, a lo que los palestinos responden intensificando el fuego contra Guiló. Israel, entonces, entra con sus tanques en Beit Djala. Los palestinos responden siguiendo el fuego, esta vez con ametralladoras pesadas y morteros. Etc., etc.

La segunda tesis dice que Sharón tampoco sabe hacia dónde dirigir su política, y por eso se maneja de acuerdo a cómo sopla el viento, según las presiones externas e internas. No se dirige a una guerra total pero tampoco da pasos significativos hacia la reapertura de un canal diplomático.

El zigzagueo de Sharón comenzó con el atentado suicida en Natania, que acabó con cinco israelíes. El premier ordenó entonces la famosa incursión de los F-16, que bombardearon una cárcel palestina matando a 11 guardiacárceles. Las presiones lo hicieron retroceder a una política que fue bautizada de "autocontención", que ciertamente le hizo ganar puntos en la arena internacional. Al mismo tiempo se hizo más notoria la política de liquidaciones puntuales, que en Israel, para hacerla potable, se la bautizó como "intercepciones de bombas de tiempo andantes". Esto fue tal vez el error: las liquidaciones de líderes terroristas ensombrecía el hecho de la autocontensión y daban coartada a los palestinos para seguir vendiendo la imagen de ser los injustamente atacados.

Pero de todos modos se mantuvo la política, cuyo punto más meritorio fue la no respuesta inmediata ante el atentado en la discoteca Dolfinarium de Tel Aviv, donde 19 adolescentes perdieron la vida.

Con los siguientes atentados ya no fue tan fácil auto contenerse, pues la presión de la opinión pública israelí en pos de "hacer algo", más la sombra del ex premier Biniamín Netaniahu soplándole en la nuca a Sharón en la interna del Likud lo hicieron acabar con la autocontención, para pasar a responder a cada atentado. Así comenzaron a ser bombardeados cuarteles de la policía palestina o del Hamás. Y cuando se produjeron el atentado en Sbarro y la toma del Orient House, el péndulo de las presiones sobre Sharón volvió a pasar a la arena internacional: el gobierno israelí se había excedido nuevamente, al meterse, ya no con un líder terrorista cuya muerte se llora al día siguiente, se venga una vez y luego se olvida, sino con un símbolo del reclamo musulmán sobre Jerusalem. Cediendo una vez más, Sharón volvió a zigzaguear al darle luz verde a su coequiper Shimon Peres para que hable con Arafat, con los auspicios del ministro de Relaciones Exteriores alemán Joska Fischer.

Un objetivo más que cumple Sharón al darle cuerda a Peres en sus deseos de diálogo es el de mantener junto su gobierno de unidad nacional. Esta es importante como arma táctica contra Arafat, cuyo contraobjetivo es el de romper el actual e inusitado consenso israelí en su contra y devolver a la izquierda de este país a sus tradicionales posiciones pro-palestinas. Además, estaría intentando demostrar, por si no quedaba claro, que conversar con Arafat no conduce, a la larga, a nada concreto.

El problema es que el diálogo de un canciller israelí con Arafat echará por tierra con los esfuerzos de la dominante línea de derecha en el gobierno de hacer ver en todo el mundo a Arafat como terrorista. El encuentro con Peres tendrá el mismo o superior efecto de relegitimación del líder palestino que su participación con rango de jefe de estado en la convención contra el racismo de Durban, Sudáfrica. De todos modos, Sharón prioriza la monolitización de los israelíes, aun al precio de legitimar a Arafat en el camino.

Como quiera que sea, la posición de Peres quedará debilitada en la primera semana de septiembre. El 3 del mes se llevarán a cabo elecciones internas en el Partido Laborista. Los candidatos ya no incluyen a Peres. Serán Abraham Burg, actual presidente de la Kneset y representante de la generación joven del Laborismo, y el ministro de Defensa Biniamín Ben-Eliezer, por la vieja guardia. Cualquiera sea el resultado, Peres ya no es quien puede definir la permanencia del Laborismo en el gobierno de unidad nacional, ni qué hacer en concreto mientras permanecen allí si lo hacen. Con estas elecciones, Sharón habrá perdido un aliado importante.

Ambos líderes, Sharón y Arafat, están subidos a árboles demasiado altos como para ver una luz en la oscuridad que preanuncie el fin de la actual contienda. Arafat no puede detener la Intifada sin traerle a su pueblo, a cambio, menos que lo que le ofreció Barak en Camp David. Carga sobre su espalda 540 mártires palestinos cuya muerte habrá sido en vano. Sharón, por su cuenta, también necesita una buena escalera si quiere bajarse de su posición de no negociar bajo fuego. El fiasco de Beit Djala, de donde retiró a sus tropas debido al fracaso en garantizar militarmente la calma y luego de un acuerdo, pero sin que de hecho cesaran las balas, podría ser una señal de su futura disposición a ablandar su intransigencia.

Del lado palestino, mientras se cristaliza una capa dirigencial que reemplace llegado el momento a la banda de paracaidistas de Túnez cuyo jefe es Arafat, pero que no sabemos si será beneficiosa o no para la causa de la paz, vemos también una luz de esperanza en la opinión pública palestina. Según una encuesta del ya mencionado Canal 2, más de un 70% de los palestinos apoyan a corto plazo la política de atentados contra Israel. Pero a largo plazo, un porcentaje similar apoya el regreso a las negociaciones y la reconciliación con Israel bajo la fórmula territorios a cambio de paz.

Lo mismo ocurre en la calle israelí. Si bien el premier Sharón cuenta con un consenso amplio en el plano táctico, al apoyar la represión de la Intifada y la política de liquidaciones puntuales que eviten al máximo las muertes de civiles inocentes, la gran mayoría de los israelíes estarán felices de volver a la mesa de negociaciones. Para la sociedad israelí, esa pelota pica en la cancha de los palestinos, que podrían obtener su estado mañana mismo si así lo quisieran, y la gran mayoría está dispuesta a grandes concesiones en materia de territorios –evacuación de asentamientos incluida- e incluso de Jerusalem. La única línea roja para todos, a izquierda y a derecha, sigue siendo el derecho al retorno de los refugiados palestinos: ceder en ese punto sería firmar el acta de defunsión de Israel como tal y el fin del derecho a la autodeterminación del pueblo judío.

Antes que sea demasiado tarde, sería hora de que a ambos lados de la Línea Verde surgieran buenos carpinteros, que sepan ofrecer escaleras de calidad a ambos líderes para que se bajen con elegancia de los árboles a los que se han subido. Por las vidas que aún se están por perder.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine  



Algunas evaluaciones hechas por los miembros de Jinuj.net:

Autor Fecha del mensaje

***** kirsch 5/3/2002 3:31 PM
Excelente articulo. Muy interesante, con un fondo historico bien logrado. No me queda claro unicamente un punto y me gustaria que otros lectores de Jinuj.net me ayuden a clarificar:

"La nica lnea roja para todos, a izquierda y a derecha, sigue siendo el derecho al retorno de los refugiados palestinos: ceder en ese punto sera firmar el acta de defunsin de Israel como tal y el fin del derecho a la autodeterminacin del pueblo judo."

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Excelente

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