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El mundo de ayer: tras el atentado a las Torres Gemelas y el Pentgono

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2002-03-03 10:13:20
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"El mundo de ayer"

El múltiple atentado en las Torres Gemelas y el Pentágono

Por Ron Facundo Lerer

Desde el fatídico 11 de septiembre, el mundo occidental intenta dar explicaciones racionales a lo ocurrido en EE.UU., de traducirlo a términos asibles, asimilables a nuestra mente política. El error de Occidente es y siempre ha sido ése, traducirlo todo a sus propios términos. Pero el ataque fulminante no fue una represalia a políticas, no fue una respuesta a nada, sino la más alta manifestación de un fenómeno más profundo, menos traducible, que habrá que entender de otra manera. Si no queremos que se repita.

Escribo estas líneas tan sólo un par de días después del atentado más grande de la historia. En estos confusos días en EE.UU., todavía lamiéndose las heridas del dantesco ataque, el liderazgo político apenas si da pistas sobre las futuras direcciones reales de su política en el nuevo "desorden" mundial, tras el primer gran golpe de revancha.

En Europa -que por primera vez en la historia de la OTAN, invoca el artículo que le obliga a unirse a su aliada americana en caso de ataque- las conclusiones empiezan a sacarse, y las primeras voces empiezan a oírse. Junto con frases apocalípticas como "el mundo ha dejado de ser lo que era", "la Tercera Guerra Mundial ha comenzado", "Guerra contra la Civilización Occidental", "Armagedón ha llegado", se comienza a hablar de la necesidad de la moderación y la contención: ¿será éste un mundo diferente al Mundo de Ayer? Sin duda alguna, el acto terrorista más duro de todos los tiempos cambiará muchas cosas en la vida de muchos hombres, pero, ¿cambiará también las tendencias políticas mundiales? De esto, ya no estoy tan seguro.

Quiero intentar explicar mi escepticismo.

El mundo, pero principalmente el mundo occidental, está conmocionado y está ahora a prueba. Está confundido porque durante años, se ha equivocado al utilizar falsamente las premisas racionalistas: ha intentado explicar, según su propio racional, el porqué de las acciones de los hombres en todo el mundo. Y no es que esto no se pueda explicar de forma racional, obviamente. Sino que este mundo occidental se ha olvidado, que las lógicas varían según las culturas, según las tradiciones, según las religiones. No todo es política sin más.

Los ataques no fueron en contra de las políticas occidentales o americanas, fueron contra la esencia cultural de esta civilización. De eso exactamente se trata, no de una dialéctica simplista, económica y política solamente. Es posible que la pobreza total, la degradación y la represión sean un importante caldo de cultivo, puede ser que esas condiciones sean el combustible de la cuestión. Pero el verdadero problema, la verdadera esencia de éste es bien diferente: se trata de que la gran parte del mundo occidental no sabe cómo reaccionar ante políticas tan divergentes a la suya en su base cultural e intelectual. Occidente estaba convencido que la Edad Media había acabado.

Comparar o no Comparar

Y esta falta de comprensión básica de las diferencias culturales entre el integrismo musulmán y el liberalismo occidental lleva ya ahora a los comentaristas europeos y americanos a peligrosas conclusiones: la razón de los atentados es la política americana en el Medio Oriente, o digámoslo claro, su apoyo a Israel. Y este es el contexto en el cual se enmarcan las preguntas frívolas de entrevistadores en las televisiones europeas, que demandan a los representantes israelíes (de todo signo por cierto), si "¿no creen que Israel tiene parte de la culpa por lo que ha acontecido a EE.UU.?" Este es el contexto en el cual el señor Jacques Huntzinger, embajador de Francia en Israel dice que "los atentados en Nueva York y Washington no se pueden comparar con los que se produjeron en Israel". Ese es el contexto en el cual, una represalia americana no sólo contra Bin Laden -que se perfila ya en estos primeros días como principal responsable de la catástrofe-, sino también contra Afganistán o Irak se califica por docentes belgas de derecho internacional como "aceptable", pero las represalias israelíes a los atentados suicidas en Tel Aviv, Jerusalem o Naharía son "condenables". Esta es la razón -o al menos una de ellas- por la cual Rusia vende material atómico a la Irán fundamentalista y esta es la razón por la cual militantes daneses de derechos humanos quieren procesar a Carmi Gilón, embajador israelí en Dinamarca. Por eso comentaristas respetables explican a todo el mundo que los atentados empiezan de hecho con la conquista israelí y acaban con el uso de misiles americanos por parte de pilotos israelíes contra inocentes niños libaneses. Así de simple.

Y es que el mundo occidental no entiende, prefiere no entender o tal vez su liderazgo carece de las herramientas intelectuales para entender, que el fundamentalismo islámico, como cualquier otro fundamentalismo religioso, es un río que corre por valles diferentes, es todo, menos simple. Por esa razón no se entienden las motivaciones fundamentalistas, y se cae en el burdo -y peligroso- cliché de que "todo es por la política de ocupación de Israel". Así pues no se trata, como al parecer le sería más entendible al señor Huntzinger, de "actividades legítimas" (es decir, "resistencia a la ocupación"), porque el que asesina civiles con bombas, en el momento en que se le da legitimad, simplemente no conoce fronteras. Y en ese sentido, no importa si mató a "sólo" quince personas en una pizzería de Jerusalem, o a cinco mil en dos rascacielos neoyorquinos: el objetivo es idéntico; la forma de ver el mundo, también lo es. Se trata de odio, nada más que odio.

El integrismo islámico, para mucho pesar de muchos, no comenzó en 1967, y basta observar en Chechenia, Afganistán, Irán, Indonesia, Argelia, Egipto, Libia y una multitud más de países musulmanes, para comprender que es algo mucho más profundo y complicado que "una respuesta a la ocupación israelí". Y es que conociendo el mundo occidental del siglo XXI, tengo mis dudas sobre si éste es realmente capaz de comprender a esta gente, que está dispuesta a asesinar a millares para ir a Edén: gente que volará un avión lleno de pasajeros dentro del World Trade Center en plena hora de trabajo asesinando a miles, o que matará a decenas mientras que se explota a sí mismo en una discoteca.

Sin embargo, nos tiene que quedar claro a todos en Israel: tampoco se trata de la visión maniquea e infantil entre el bien y el mal, entre Occidente y Oriente, que la derecha israelí intenta explicar a todo el mundo, en voz de líderes con perfecto inglés y sedientos de obtener sus quince minutos televisivos. Se trata de algo más complejo, más complicado: se trata de sistema de valores diferentes, de moral distinta. El verdadero desafío es entender que lo que mueve a esta gente no son sólo objetivos políticos, ni valores demónicos, ni escasez económica, sino más bien una concepción apocalíptica del mundo, una visión que es pura y simplemente religiosa. Una visión diferente, que se ha de entender desde sus bases, en su correcto contexto y según su propia dialéctica, no según la nuestra.

Un Conflicto Verdaderamente Político

Y con este trasfondo me parecen casi ridículos los esfuerzos de esos políticos israelíes que piden aprovechar los devenimientos actuales para devastar a "nuestro Bin Laden". No porque Arafat no sea tan cómplice como Bin Laden de actos terroristas, sino porque piden ignorar lo que el mundo niega olvidar: que Israel ocupa a otro pueblo. Y es que en el instante en que Israel demuestre al mundo que lo único que realmente busca es su propia seguridad, y no una expansión territorial estéril, entonces los dirigentes políticos franceses, o los comentaristas españoles o ingleses entenderán que no siempre la política según ellos, es la política según el fundamentalista promedio. Que no siempre se puede culpar a Israel de todo mal mesoriental.

El conflicto árabe- israelí es un conflicto verdaderamente político, y no ridículamente racista, como intentaban presentar todos los países musulmanes durante la difunta conferecia de Durban. Así pues, es posible que en el momento en que éste se resuelva, gente como Arafat o incluso como Marwán Barguti -que hoy en día utilizan el terror islámico como arma táctica, pero que saben que a largo plazo les es un peligro a nivel estratégico-, se conviertan en buenos aliados de Occidente frente al fundamentalismo islámico. Pero lamentablemente, los grupos fundamentalistas no desaparecerán, porque pertenecen a un fenómeno que, como he dicho, es muchísimo más profundo, muchísimo más complejo y que trasciende lo puramente político. Y puede que en el momento en que se llegue a algún tipo de acuerdo entre Israel y los palestinos (porque yo soy lo suficientemente ingenuo para creer que esto eventualmente ocurrirá), el mundo tenga que buscar un chivo expiatorio diferente. Israel dejará de ser la explicación del fundamentalismo islámico, y entonces, gente como el embajador francés noentenderá cómo es que el terrorismo islámico no desaparece.

Sólo que puede ser que entonces sea demasiado tarde. Porque, y espero que me equivoque, a pesar de que es posible que tras los atentados en Washington y Nueva York, EE.UU. bombardee bases afganas e iraquíes, y persiga además de a Osama Bin Laden, al Hamás, Hizballáh o a los Hermanos Musulmanes, lamentablemente dudo que Rusia deje de vender tecnología nuclear a Irán, que Corea del Norte deje de vender Scuds-C a Sadam Hussein (¿los veremos estallarse sobre Tel Aviv próximamente?), y que países de la Unión Europea dejen de cooperar económica, política y militarmente con países como Siria (otro ejemplo clarísimo de país que utiliza el terror islámico -Hizballáh- como arma táctica). Y entonces, puede que de aquí a veinte años, nos despertemos en un mundo diferente, mucho más árido, mucho más caliente, un mundo en el cual, incluso a aquellos que comprendían, ya no les queda nada por hacer.

Y es que la elección del mundo es muy simple: no se trata, como lo presentan los alumnos de Huntington de una guerra cultural entre el mundo occidental y el Islam, sino entre todo aquel que acepta el asesinato de civiles, de gente inocente, como arma política o religiosa, y todo aquel que no sólo lo objeta, sino que también lo combate, a todo nivel. Se trata de una guerra contra los extremismos, contra el odio per se. Por eso, lamentablemente y con las complicaciones políticas que para Europa o EE.UU. esto pueda conllevar, el mundo ha de decir de forma clara, total, fulminante: desde hoy todo terrorista, toda persona que avale el asesinato de civiles como medio de persuasión político, no sólo será expulsado de la comunidad internacional, sino que será perseguida y se convertirá en un objetivo en la mira de este mundo. La prensa, los líderes mundiales, han de decir de forma tajante: desde hoy no hay "guerrilleros" que matan mujeres y niños: sólo terroristas que asesinan.

¿Será capaz el mundo de ir tan lejos? ¿Tendrán aquellos líderes la altura moral y política para enfrentarse de forma tal a esta nueva enfermedad? Nuestro examen comenzó hace unos días, el 11 de septiembre, año 2001. Los vientos que soplan no parecen traer los cambios, sino la la misma hipocresía del pasado. Esperemos que esté equivocado. Esperemos que el mundo de mañana, no sea como el Mundo de Ayer.

Bibliografía

Tomado de Hagshama E-zine  



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