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Racismo, exclusin y limpieza tnica en Europa

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2001-11-27 14:05:46
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Racismo, Exclusión y Limpieza Étnica en Europa

Gilda Waldman M. *

H ay tiempos de espera, de esperanza, de paz, de violencia, de angustia, de creatividad. Hay tiempos de migraciones, de racismo y de exclusión. Los nuestros son tiempos como éstos. Es excluido el enfermo de SIDA, o el escritor que ofende alguna verdad revelada. Es excluido el que carece de trabajo y hogar y deambula por las calles de cualquier gran ciudad. Es excluido el que pertenece a una minoría étnica, religiosa o cultural, como también el emigrante o el extranjero- "el hombre que viene hoy y permanece mañana"-1 que, por su piel, es diferente.

Escribe el ensayista francés Jacques Attali: "vivimos en la era de los objetos nómadas, que tienen en común el ser ligeros, sin lazos, llevados por cada individuo".2 Y agrega "si en adelante vivimos como nómadas, es porque esencialmente los objetos que poseeremos o desearemos serán portátiles".3

Ciertamente, Attali se refiere al habitante privilegiado de los espacios desarrollados e industriales. Sin embargo, desde otra perspectiva, también "el sentido de nuestra época se dirige hacia el hombre nómada, el hombre que va de tierra en tierra".4 En los albores del nuevo milenio, otro tipo de nomadismo se ha convertido en rasgo estructural de nuestra época: el de los millones de seres humanos que, voluntaria o forzadamente, por hambre o por miedo, deben dejar atrás geografía, cielo, lengua y arraigo para ir en busca de una nueva tierra que, si no la prometida, al menos los pueda -o los quiera- acoger.

Si bien es cierto que las migraciones han sido parte de la historia de todas las civilizaciones 5 y fenómeno característico de la modernidad durante últimas décadas, los movimientos y desplazamientos masivos han constituido un rasgo definitorio de nuestro complejo fin de siglo. Millones de seres humanos, víctimas tanto de los imperativos de un proceso de globalización económica y reestructuración productiva que acrecienta las desigualdades económicas y demográficas entre el "norte" y el "sur"6 como asimismo de conflictos políticos, étnicos y religiosos, confluyen como una gigantesca marea invasora hacia los países desarrollados,7 en especial, hacia Europa.8 Pero hoy, en el viejo continente, casi veinte millones de extranjeros -ocho millones de ellos residentes legales y diez millones, ilegales-9 son excluidos del mercado de trabajo y del régimen de derecho en nombre de la supuesta amenaza que constituyen para el pleno empleo de la población local, al mismo tiempo que se convierten en blanco de los herederos espirituales de antiguos espectros que claman, una vez más por una Europa "pura", sin sangre extranjera que se infiltre y socave el tejido social.

Indudablemente, en una primera aproximación los prejuicios, las conductas, la ideología y la violencia xenófobas y racistas aparecen ligadas con el acceso -o no- a los puestos de trabajo. Pero la Europa que ha vencido a califas árabes y sultanes otomanos, sobreponiéndose incluso a sí misma, no ha asumido, aún, que el desempleo constituye, hoy por hoy, un problema estructural.10 Como señala Elie Wiesel: "hace falta muy poco para que el arraigado se vea arrancado de sus raíces y para que el feliz y sosegado pierda su lugar al sol".11 En el marco de la "crisis de mutación"12 que recorre a los países europeos en la actualidad, el paulatino desmantelamiento del Estado de bienestar ha dejado a la intemperie a quienes hasta ahora gozaban de educación y salud aseguradas, protección contra el desempleo y generosas pensiones de retiro. Al mismo tiempo, la reorganización productiva-tecnológica se ha traducido, en el mejor de los casos, en la proliferación de trabajos parciales, temporales y contingentes,13 aun entre los cuadros profesionales más capacitados; en el peor de los casos, y para muchos otros, en desempleo, pérdida de hogar y multiplicación de las exclusiones sociales.

Si a lo anterior se agrega que, en el arco de la internacionalización de los mercados, los gobiernos se ven severamente limitados para impulsar el crecimiento, expandir el mercado laboral y satisfacer las demandas sociales,14 tenemos un primer escenario de malestar e irritación social que encuentra en los extranjeros y, fundamentalmente, en los emigrantes un "chivo expiatorio" ideal. Desde este punto de vista, es indudable que entre quienes han sufrido un proceso de movilidad descendente o de exclusión social y ocupacional en el marco de la pérdida de hegemonía del movimiento obrero y de los partidos de izquierda, el racismo llena un vacío importante, que se traduce en el apoyo a ideologías de "pureza étnica" y a partidos de derecha de orientación populista y xenófoba.

Sin embargo, a nuestro juicio, el problema del racismo en Europa tiene también otras connotaciones. Por una parte, y en términos generales, los europeos mismos se ven como "extraños" entre sí. Con la caída del muro de Berlín y pasada la euforia inicial, los alemanes orientales se han convertido en "extraños" para los occidentales, del mismo modo en que los serbios son ahora "extraños" para los croatas, los eslovacos, para los checos, y los lituanos, para los polacos. En Europa del oeste, la defensa de la "identidad nacional" es ya el estandarte de resistencia frente a la disolución de las fronteras geográficas en aras de la globalización. Pero a lo anterior hay que agregar un punto fundamental. Si bien es cierto que una parte de la migración que llega a los países más ricos de Europa occidental proviene de las cenizas del bloque socialista y otra procede de Grecia, España y Portugal, los mayores contingentes de emigrantes no sólo no son europeos, sino que vienen de las ex colonias: de India, Palestina y Bangladesh, a Inglaterra; de Marruecos, Argelia y Túnez, a Francia. Ellos se agregan a los cientos de miles de personas que emigraron después del proceso de descolonización y cuyos hijos constituyen segundas o terceras generaciones de residentes. Pero, desde la perspectiva de los países centrales, quienes llegan, en la actualidad, no pertenecen a la clase media ilustrada, identificada con los valores de los ex colonizadores y poseedora de su idioma. Quienes emigran ahora provienen de países periféricos, donde existen hambrunas, revueltas, conflictos armados, epidemias y destrucción ecológica. El nuevo emigrante extranjero procede de un país pobre y menospreciado y, además, forma parte de las capas más bajas de las clases populares. Quienes fueron hasta hace poco colonizados (y por tanto, implícitamente, inferiores) están aquí. Han llegado desde Bombay o Calcuta para ocupar Londres o Liverpool. Han venido desde Casablanca o Rabat para asentarse en París y Lyon. No han sido invitados. Han venido de ninguna parte para usurpar espacios que no les corresponden. Han traspasado fronteras, transgredido el espacio geográfico y, social, y subvertido el "orden natural". Su existencia sugiere lo desconocido, lo prohibido, lo proscrito. Su presencia misma cuestiona la preponderancia del "sujeto europeo", el cual, desde la era moderna, se lanzó a la exploración de "otros" mundos y a la explotación de "otros" sujetos hablando y mirando al "otro" desde una postura etnocéntrica, en un proceso de conquista histórica, política y cultural.

En este sentido, escribe acertadamente Carlos Fuentes: "durante 500 años, occidente paseó su cultura, su política y su economía por todo el mundo, sin pedirle permiso a nadie. Hoy, los pueblos de la periferia le devuelven el favor a occidente(...) portan una bandera que dice: 'estamos aquí porque ustedes estuvieron allá'".15

Hoy, la mirada se ha invertido. De sujeto expansionista, recorrido por un anhelo de difundir sus propios valores, y, al mismo tiempo, "dotado de un saber y un poder-ver que se ejerce sobre los demás sujetos",16 el hombre europeo occidental moderno se ve sometido ahora a la mirada de quien fuera objeto de su afán de conquista. De poseedor de otros mundos, se ha convertido en un sujeto amenazado por la presencia en su seno del "resto del mundo". El carácter depredador de su mirada, para la cual "el otro era alguien a quien no se habla como un sujeto sino alguien de quien simplemente se habla"17 ha sido revertida por la mirada de quien fuera negado como "otro" o remitido a una representación exótica o ahistórica. "De sujeto conquistador, el sujeto europeo se ha vuelto sujeto conquistado. De sujeto de la representación se ha convertido en sujeto representado (...) ya no es dueño de su mirada ni de la producción de su imagen".18

Pero los ex colonizados no sólo no son europeos, sino tampoco cristianos. La Europa occidental y cristiana que se remonta al sacro imperio romano (cuyo perímetro constituye hoy por hoy el corazón y el alma de la unión europea)19 se puebla de mezquitas, minaretes, imanes, mujeres cubiertas con largos vestidos negros, niñas que acuden veladas a las escuelas y hombres que ayunan durante el Ramadán. En toda Europa proliferan las asociaciones, las escuelas y las organizaciones de caridad musulmanas. El Islam influye en la literatura,20 la moda, la comida y la cultura popular.

En toda Europa occidental viven hoy alrededor de doce millones de musulmanes,21 de los cuales 2.2 millones se encuentran en Alemania y 1.3 millones, en Inglaterra.22 En Francia, alrededor de cuatro millones de ellos hacen del Islam la segunda religión del país,23 y se calcula que dentro de quince años llegaran a ser entre seis y ocho millones.24 En países católicos como Francia, España, Italia y Bélgica el número de musulmanes sobrepasa ya al conjunto de protestantes y judíos.25 La palabra de Alá, detenida a las puertas de Viena de l683, ha regresado paulatina, soterrada y subterráneamente, rememorando para la Europa cristiana miedos atávicos que se remontan a las Cruzadas, que evocan las invasiones islámicas y que se ven fortalecidos por la violencia fundamentalista en Medio Oriente, Argelia, y el metro de París.26 Francia, por ejemplo, amó mucho a Argelia, pero muy poco a los argelinos. El cruento proceso de descolonización (que costó 30,000 vidas francesas) y el trauma de una guerra ganada militarmente pero perdida en lo político, dejó cuentas pendientes en la conciencia francesa, que se agregan a la memoria de las batallas entre sarracenos y cristianos y a los fantasmas que evocan mitos antagónicos. El emigrante, el ex colonizado y el musulmán, conjuntados en un sólo y mismo "otro", se convierten, pues, en blanco de los prejuicios y la exclusión racistas.

Pero se trata ahora de un "racismo sin razas",27 distinto del racismo tradicional que establecía jerarquías según criterios de inferioridad biológicos y el cual, de manera no casual, floreció en Europa durante la etapa de colonización. Hoy estamos en presencia de un nuevo racismo, propio de esa era, que se encuentra inserto en un proceso revertido de flujos migratorios entre las viejas colonias y las antiguas metrópolis. En esta nueva modalidad de racismo, la estigmatización, la discriminación, la segregación y la violencia se producen en términos "étnicos-cuturales"28 en un doble sentido. Por una parte, recurriendo a una argumentación que, a primera vista, no postula la superioridad de ciertos grupos o pueblos con relación a otros, sino sólo el daño que puede causar el abolir fronteras, la incompatibilidad de estilos de vida y tradiciones.29 Dicha argumentación es variada y múltiple; no sólo recurre a razones tales como el "costo económico y social" de la inmigración o a "la transformación de Europa en la región del tercer mundo", sino fundamentalmente a "los peligros de la cultura extranjera", "la incompatibilidad de religiones tan ajenas como el Islam a las tradiciones culturales de occidente", "la amenaza de una religión incompatible con el espíritu laico de la modernidad", "la posibilidad de una futura república islámica en Francia", "la creciente delincuencia de quienes no han dejado de ser bárbaros", etcétera.30

Por otra parte, este nuevo racismo asume que las diferencias étnicoculturales no pueden ser superadas; es decir, que existe una "inconmensurabilidad radical"31 entre el legado histórico-cultural de la Europa cristiana occidental y las cosmovisiones y formas de organización social de los grupos étnicos emigrantes, de los cuales se da cuenta bajo el signo de la irracional.32 Se trata, entonces, de una "racialización" de las diferencias étnicas y culturales, que absolutiza estas diferencias y las presenta como evidencia de que ciertos "grupos humanos" son inasimilables, precisamente por esta diferencia radical.33

Este nuevo racismo presenta, así, algunos rasgos definitorios propios que lo diferencian de las antiguas modalidades conocidas. En primer término, desplaza el concepto de "raza" hacia el concepto de "cultura", haciendo correlativas, sin embargo, las nociones de "pureza racial" e "identidad cultural". En segundo lugar, desplaza la noción de "desigualdad biológica" por la "diferencia étnico-cultural" transformando en desprecio hacia los "biológicamente inferiores" en una fobia hacia toda posibilidad de mezcla física o cultural.

En otras palabras, el nuevo racismo al que hacemos referencia ya no asume como tema dominante la herencia biológica, sino exclusivamente la distancia infinita y la imposible mezcla entre culturas, etnias e historias diferentes.

El postulado de la "inasimilabilidad", centro mismo del nuevo racismo, se traduce en otro postulado: similar el "otro" tampoco puede ser "convertido". De allí que para esta modalidad de racismo, "no se desee la conversión de los otros, sino su muerte (...) pero la muerte del otro debe entenderse en una multiplicidad de sentidos, desde el más simbólico hasta el más empírico: de la invisibilidad del otro a su aniquilamiento, a su destrucción física".34

Reconocer y enfatizar la diferencia no significa simplemente jerarquizarla, sino también exigir, en virtud de la absolutización de la diferencia, la exclusión de aquello que difiere. La "racialización" de las diferencias étnicas y culturales se ha traducido en varias estrategias de exclusión, a saber:

A) En el sentido más amplio, el establecimiento de políticas comunes por parte de algunos de los países de la Unión Europea (Francia, Alemania, Benelux, España y Portugal) para fijar políticas comunes, tanto para controlar el ingreso, la residencia y los trabajos de los emigrantes como también para expulsar de los espacios nacionales y comunitarios a quienes constituyan un peligro para la "seguridad común".35

  • La aplicación de políticas gubernamentales restrictivas, tales como el control de fronteras, el refuerzo de "candados" para impedir la entrada, la reducción de visas, la limitación del derecho de asilo, etcétera.
  • La discriminación a través de barreras sociales, legales y políticas que implican un trato desigual para el "otro".36
  • La segregación en "ghettos" urbanos, que evidencian la existencia de fronteras internas entre los diversos grupos étnico-culturales y que refuerzan la idea de la "no asimilabilidad" del extranjero.37
  • La violencia, las agresiones, los incendios, las palizas, etcétera, acciones todas ellas encaminadas al "saneamiento racial".

Ciertamente, el racismo es parte del bagaje de una "nueva derecha europea"38 que no solamente busca un nuevo renacimiento sustentado en las raíces de un pasado primordialmente indoeuropeo (ario), sino que posee también un discurso que se levanta contra una presunta agresión exterior, contra la inminencia de un contagio. De allí, la amalgama entre el temor a la "contaminación étnica" y la "contaminación sexual" traducidas ambas en la fobia a toda posibilidad de integración. Lo anterior desemboca en una cruzada, tanto moral (contra lo "impuro") como cultural (en contra de todas las mezclas), en aras de una idea integrista de la identidad.

En este sentido, pero en una dimensión mucho más amplia, el racismo, extendido paulatinamente entre una creciente "mayoría silenciosa", respondería a la búsqueda de nuevas formas de consenso social en el marco de un Estado nacional incapaz de cohesionar a todos los sectores y segmentos de la nación. Es decir, en el marco de un Estado nación debilitado, sobrepasado económicamente por los procesos mundiales de globalización,39 pero, al mismo tiempo, amenazado por la posibilidad de la fragmentación,40 el racismo se convierte en una apelación a la homogeneidad nacional y cultural como eje rector de la "voluntad política" del Estado nación. En este sentido, y de manera paralela y paradójica, mientras Europa aspira al horizonte unitario de Maastricht, cimienta su cohesión interna en la exclusión del "otro". Mientras se rediseña para enfrentar el siglo XXI, se reconstruye a sí misma como una Europa "limpia", cultural y étnicamente.

Ciertamente, la Unión Europea es el bloque económico más grande del mundo, con 380 millones de habitantes (que podrían aumentar si se integra Europa del este) y se encuentra en camino de lograr una consolidación económica y política acabada (para hacer frente a Estados Unidos y Japón). Sin embargo, Europa vive en la retórica de la exclusión. Por una parte, las regiones más ricas de Europa occidental establecen lazos económicos entre sí, ya sea directamente o a través de las instituciones comunitarias, en detrimento de la "Europa mediterránea" convertida, de hecho, en una "periferia" carente de las ventajas y los privilegios de la primera. Sin embargo, y por otra parte, tampoco las naciones europeas más avanzadas han logrado armonizar del todo sus políticas económicas, y la idea de un sólo mercado se ha estrellado con el escollo de las particularidades nacionales.

A lo anterior cabe agregar varios elementos más: el desempleo, la crisis del sistema de seguridad social, la reducción del gasto social por parte del Estado, el envejecimiento de la población, la conciencia del retraso industrial y militar,41 etcétera crean una situación explosiva. Socialmente, la cohesión se desgasta; políticamente, se produce el descrédito de las instituciones. En este marco, y dado que los años finales del siglo XX están marcados por las grandes corrientes migratorias que corren del este al oeste y del sur al norte vuelven a tener auge los fenómenos de xenofobia, racismo, persecución, e incluso, exterminio, como parte de un discurso de afirmación nacional y de defensa de una modalidad de cultura.

Sin embargo, y si bien, como señala Michel Wieviorcka,42 existen en Europa una diversidad de experiencias racistas según cuál haya sido el pasado colonial, la historia social y política, las diversas formas de aceptar la migración, o las distintas modalidades de integración del "otro",43 existen algunos nexos que suscitan interrogantes comunes: ¿cómo seguir pensando en el principio de los ideales occidentales como referencia absoluta y como supuesto de que lo que no es similar a occidente es inferior o enemigo de él?, ¿cómo enfrentar el dilema que se produce entre un "racismo institucional" que pone en práctica medidas restrictivas y discriminatorias con los principios básicos de la cultura moderna occidental: los derechos humanos y la tolerancia?, ¿cómo construir un nuevo marco sociopolítico y jurídico en el que quepan y se respeten las diferencias étnicas y culturales?, ¿cómo pensar aún en identidades nacionales y culturales fijas y unívocas cuando la realidad multirracial y multicultural es ya un hecho?, ¿cómo olvidar que Europa es el resultado de invasiones, migraciones y cruces raciales, configurada culturalmente a partir de "otras'' culturas y enriquecida permanentemente con y a través de elIas?.44

El siglo XX se nos escapa, rápida e imperceptiblemente, de entre las manos, entre "guerras primitivas" y "posmodernidades", entre luchas por el suelo y la cultura del satélite, entre odios parroquiales y fronteras difuminadas. Fuerzas divergentes y miradas distintas hacia el tiempo se distancian en el presente y configuran los dos ejes rectores de la realidad contemporánea. La primera vertiente configura un nuevo orden internacional, dirigido hacia el futuro, que diluye las fronteras más allá de la noción jurídico-política del Estado nación, sustentada económicamente en el imperativo de ensanchar los mercados, y culturalmente, en las nociones de racionalidad y universalidad. La segunda vertiente puebla el nuevo orden internacional de culturas particulares y herencias nacionales fragmentadas en un mismo Estado nación y que intentan reconquistar un sentido de pertenencia a los principios casi míticos en los que se encuentra la esencia de la identidad (religiosa, étnica y nacional). La embriaguez de particularismos y la defensa de las identidades nacionales y culturales nos remiten a la reaparición de fuerzas olvidadas, cuyo potencial puede aún transformar los mapas geopolíticos del nuevo orden internacional.

Durante 500 años, Europa ha sido el centro de la vida económica, política y cultural de la civilización occidental. Hoy, estamos en presencia de la declinación de las naciones de eurocentrismo y de la "cultura occidental" como modelo y encarnación de toda cultura posible.45 Europa ya no es el único faro del saber. Por una parte, la disolución de las categorías sólidas de las grandes teorizaciones del pensamiento occidental han dado paso a la disolución, fragmentación, indeterminación y suspensión conceptual, en una "posmodernidad" teórica que, extenuada, no alcanza a aprehender las rupturas y transiciones de nuestro fin de siglo. Por la otra, el decaimiento de la "razón", como signo supremo de la apropiación del mundo, ha permitido la reivindicación de culturas, religiones, etnias y cosmovisiones diferentes. Estamos, entonces, ante una cultura "fragmentada", imposible de definir como "cultura occidental", en la que coexisten una multitud de culturas en permanente mezcla e intercambio mutuo. ¿Cómo mantener el respeto y la comunicación entre las culturas?, ¿cómo conjugar la unidad del hombre como especie con la riqueza de la diversidad histórica y cultural? Escribe Carlos Fuentes: "La presencia del otro, el otro y su cultura, nuestra capacidad de dar y recibir, de convivir con el hombre y la mujer de otra, otro credo, otra cultura, serán los desafíos más radicales para nuestra propia humanidad en el siglo XXI. Corremos el peligro de repetir los holocaustos y denigrar nuestra, humanidad mediante la xenofobia y el racismo (...) todos venimos de otra parte (...) si negamos el derecho de coexistencia a cualquier grupo humano, nos lo negamos a nosotros mismos (...)".46

Y Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz 1986, señalaba: "en la tradición judía, cualquier extranjero podía ser un sabio disfrazado, quizá el mismísimo profeta Elías, o sólo un personaje anónimo que atraviesa un periodo de exilio, Ofenderlos es arriesgarse a la condena eternana".47

Notas.

1 Simmel, George "The Stranger (1908)", On Individuality and Social Forms, Chicago, University of Chicago Press, 1971, p. 148.

2 Attali, Jacques, Milenio, México, Seix-Barral, 1993, p. 24.

3 Idem, p. 68.

4 Prini, Prieto, "Ciudadanía y cosmopolitismo", La Jornada Semanal, septiembre de 1993, p. 5

5 El ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger remonta las migraciones incluso al mito de Caín y Abel. Cfr. "The Great Migration", Civil Wars. From Los Angeles To Bosnia. Nueva York, The New Press, 1994.

6 Gordillo, José Luis, "Mundo pobre, mundo rico", en Capella, J.R. (ed.), En el límite de los derechos, Barcelona, UPF, 1996.

7 Se calcula, que en la década de los 80, más de 50 millones de personas habían emigrado de países subdesarrollados a países posindustriales, Time, 26.8. 91.

8 Si bien Estados Unidos sigue siendo el espacio de atracción preferido de latinoamericanos y caribeños por la cercanía geográfica; de hecho, el viejo continente lo ha desplazado como centro del nuevo fenómeno migratorio de fin de siglo, Cfr. Time, 25 .8. 91.

9 Silveira Goski, Héctor Claudio. "la exclusión del otro extranjero y la democracia de las diferencias", El límite de los derechos op.cit, p. 138

10 Cfr. Offe, Claus, "Empleo total: ¿haciendo la pregunta equivocada?", Etcétera. 10.8.95.

11 Wiessel, Elie "¿Quién le teme al lobo feroz?", suplemento mundial de La Jornada: "Los emigrantes", 23.6.91, p. 19.

12 Wieviorcka, Michel, "Racism in Europe: Unity and Diversity", Rattansi, Ali y Westwood, Sallie (eds.), Racism, Modernity and Identity on the Western Front, Cambridge, Polity Press, 1994.

13 Cfr. "Disposable Workers", Time 19.4.93, "Jobs", Newsweek, 14.6.93.

14 Paramio, Ludollín, "Malestar político y avance electoral de la derecha", Etcétera, 19.10.95.

15 Fuentes, Carlos, "El Espejo de las Américas", suplemento de La Jornada, "Europa y los otros", 21.3.93, p. 11.

16 Imbert, Gerard, "El sujeto europeo y el otro", Denominación de origen: extranjero, Cuadernos de crítica de la cultura. Madrid, Archipiélago, núm. 12 p. 47.

17 Santamaría, Enrique "(Re) presentación de una presencia La inmigración en y a través de la prensa diaria", Denominación de origen: extranjero, Cuaderno de crítica de la cultura, Madrid, Archipiélago, núm. 12 p.68.

18 Imbert, Gerard, op.cit. p. 49.

19 Judit, Tony, "Europe The Grand Ilusion", The New York Review, 11.7.96.

20 Una de las contribuciones más sorprendentes de la migración de las ex colonias y de los países musulmanes a la cultura europea se ha dado en el campo de la literatura. En Inglaterra, por ejemplo, escritores provenientes de India, Sri Lanka o Nigeria han transformado el idioma y el imaginario literario de aquel país (cfr. Por ejemplo Pico Iwer, “The Empire Writes Back”, Time 8.2.93). En Francia, por su parte, escritores como Amin Maflouf o Tahar ben Jalloun han proporcionado una nueva vida a la ficción literaria.

21 Newsweek, 29.5.95.

22 Ibidem.

23 Le Point, 28.8.93.

24 Newsweek, 29.5.95.

25 Ibidem.

26 Stora, Benjamín, "L’eintegrisme Islamique en France: entre fantasmes et realites”, en Targuieff, Pierre André, Face au Racisme, Paris, Editions de Decouverte, 1992, vol. 2, pp. 217-222.

27 Balibar, E. y Wallerstein, E, Race, Nation, Class. Ambiguos Identities, Londres, Veso 1991, p. 21.

28 Targuieff, Pierre André, “From Race To Culture. The New Right View of European Identity", Telos, invierno 1993-primavera 1994, p. 101.

29 Balibar, E. y Wallerstein, E. op.cit., p. 21.

30 Targuieff, Pierre André, op.cit., vol. 1.

31 Idem, vol. 2 pp. 13-63.

32 En el caso de Francia, por ejemplo, las migraciones de polacos, italianos, portugueses o judíos durante el periodo de entre guerras fue muy numerosa. Sin embargo, los prejuicios o la xenofobia hacia ellos se diluyó en la medida en que, muy pronto, tanto ellos como sus hijos se mezclaron con el paisaje social. Cfr. por ejemplo, Silverman, Maxim. Deconstructing the Nation. Inmigration, Racism and Citizenship in Moderm France, Londres, University of Glasgrow, capítulo 3.

33 Targuieff, Pierre André, op.cit.

34 Idem, p. 45.

35 “Boulevard de la xonophobie", Le Monde Diplomatique, junio 96, pp. 4-5.

36 Silverman, Maxim, op.cit., capítulo 3

37 Idem, capítulos 3 y 4.

38 Targuieff, Pierre André, op.cit.

39 Paramio, Ludolfo, op.cit.

40 Recordemos por ejemplo los casos de Italia, Bélgica, España e incluso Francia (con los anhelos separatistas de los corsos).

41 Bell, Daniel, “El porvenir de Europa: después del año 2000", Vuelta, junio 1994, pp. 13-19.

42 Michel, Wieviorcka, op.cit.

43 En Francia, por ejemplo, la modalidad de integración de los inmigrantes ha sido a través de la asimilación individual, mediante el proceso de inserción en la escuela y en otras instituciones laicas, Inglaterra, por su parte, ha desarrollado una tolerancia pluriétnica al reconocerles a los inmigrantes de las antiguas colonias plenos derechos, reagruparlos en comunidades del mismo origen y otorgarles un voto colectivo.

44 Nederveen Pieterse, Jean, “Unpacking the West:How European is Europe?”, Rattansi, Ali y Westwood, Sallie, op.cit.

45 Cfr. por ejemplo, Huntingtony, Samuel “The Clash of Civilizations”, Foreign Affairs, verano 1993.

46 Fuentes, Carlos, op.cit.

47 Wiesel, Elie, op.cit.

*Dra. Gilda Waldman M. Coordinadora de Sociología de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

Bibliografía

Tomado de Tribuna Israelita




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