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Antisemitismo sin judos

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2001-11-25 14:10:54
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Una vez mas, antisemitismo sin judíos

Robert S. Wistrich*

No resulta sorprendente el hecho de que tan sólo a tres años de la caída del comunismo hayan resurgido los viejos demonios del nacionalismo y del antisemitismo en el continente europeo, particularmente en las regiones central y oriental, en donde los problemas de identidad nacional han sido más severos. El régimen comunista no logró resolver los conflictos y tensiones sociales y el antisemitismo se convirtió en expresión integral de la lucha por la identidad nacional de polacos, rumanos y húngaros. Al caer la cortina de hierro muchas de las viejas heridas resurgieron en oposición a las aspiraciones de independencia nacional basada en las tradiciones que derivaban de la Ilustración occidental.

Desde el siglo XIX el judío fue considerado como un "elemento extraño que había logrado infiltrar y socavar todos los sectores de la sociedad incluyendo la economía, la política y la cultura". Aun asimilado, al judío se le diferenciaba del resto de la nación por poseer una cultura separada y por supuestamente mantener una orientación hostil a las metas favorecidas por los nacionalistas.

La Revolución Bolchevique de 1917 y el importante papel jugado por algunos judíos en los movimientos comunistas de Rusia y Europa central-oriental, exacerbaron aún más este nacionalismo antagónico. Para muchos, particularmente en Alemania y Hungría después de 1918, el comunismo era una "creación de los judíos" y la Revolución Rusa era "obra de una conspiración judía". A pesar de que en el período entre guerras las comunidades hebreas de la región no apoyaban el comunismo, el creciente nacionalismo conformó el binomio entre el judío y el bolchevique.

Las consecuencias de esta actitud fueron muy destructivas. Entre 1917 y 1920 la lucha por la independencia nacional en Ucrania llevó al asesinato masivo de judíos. El binomio también tuvo efecto en Hungría en 1920. Así mismo en Polonia y Rumania la reacción violenta contra los "judíos-comunistas" fue una constante en las guerras entre nacionalismos. En Alemania se convirtió en una de las más importantes armas de la propaganda de derecha y del movimiento nazi. La ideología nacional-socialista de Hitler y el Holocausto manipularon el mito "judeo-bolchevique" y lograron así la colaboración de lituanos, ucranianos, croatas, húngaros, eslovacos, rumanos y otros, en la "Solución Final".

En la Rusia Soviética la situación fue muy diferente. El gobierno implementó una campaña contra el antisemitismo en los 20's y aún durante la época de terror de Stalin en los 30's se prohibió la expresión de estas ideas por considerarlas como "desviaciones" de la ideología marxista-leninista. No obstante para la década de los 40's, el chauvinismo de Stalin propició que los sentimientos antisemitas latentes en el nacionalismo ruso salieran a la superficie para iniciar así una campaña contra los "despiadados cosmopolitas".

Este cambio en la política que fue practicado por los sucesores de Stalin hasta la llegada de Gorbachov en la década de los 80's, frecuentemente fue disfrazado bajo la cubierta de antisionismo. En el resto de Europa oriental esta actitud permitió que el antisemitismo perdurara como parte de la política oficial así como del sentimiento popular contra los judíos. Es así como la terrible herencia de la ocupación nazi y la antigua tradición de antagonismo nacionalista y religioso contra los judíos nunca desapareció.

Sin embargo algunos elementos de la "cuestión judía" se esfumaron después de 1945. En la víspera del Holocausto había 8.1 millones de judíos 49% del total mundial- en Europa oriental, la URSS y los Balcanes. Hoy en día no suman más del 10%. Estados Unidos ha desplazado a Europa oriental como el principal núcleo diaspórico e Israel ha tomado el lugar de centro del judaísmo mundial.

Los judíos de Europa oriental y central (excluyendo a la exURSS) son una sombra del ayer y sólo la comunidad húngara alcanza a sumar 100,000 almas. Los grandes núcleos judíos de antes de la guerra en Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Austria, los Balcanes y los estados Bálticos, fueron aniquilados por Hitler y sus remanentes huyeron a la URSS. Con ellos desapareció toda base objetiva para la "cuestión judía" en la región, cuyas raíces se basaban en la competencia económica, en los problemas de asimilación y modernización cultural, en la dialéctica minoría-mayoría y en las diferencias religiosas. Los judíos no eran ya un elemento significativo en la lucha entre movimientos nacionalistas, no eran una fuerza en la modernización capitalista, ni en la economía urbana, ni en la regeneración de la cultura nacional. No había ya masas de judíos ortodoxos que vivieran recluidos en el tradicional "ghetto", separados del resto de la población.

Posiblemente la única base objetiva para el antisemitismo de postguerra que se dio en Europa oriental fue el rol prominente que algunos judíos adoptaron en la imposición del comunismo al estilo soviético. Este es un tema que aún perdura en Polonia, que se extiende en la Rumania actual y que se presenta en un grado menor en Hungría y Eslovaquia. También ha sido revivido como una forma de venganza de los antisemitas rusos quienes retroactivamente acusan a "todos los judíos" del "genocidio" del pueblo ruso que se inició con la revolución de 1917.

Independientemente de si existe o no una base objetiva, es un hecho que la "cuestión judía" ha revivido con la caída de los regímenes comunistas y se ha convertido en un elemento inextricable de los conflictos de identidad nacional de húngaros, polacos y checos que acosan a la sociedad europea. Estamos siendo testigos de sus resultados nefastos en Yugoslavia. Los checos y los eslovacos se han reunificado para derrocar al comunismo, y a pesar de los vínculos entre ellos, un separatismo militante ha revivido en Eslovaquia y los judíos han sido colocados en escena.

Para confirmar su identidad nacional los checos pueden remontarse al sistema democrático-liberal de antes de la guerra, que precedió a la conquista nazi y al régimen comunista. No obstante, en Bohemia y Moravia han proliferado los grupos neonazis y "cabezas rapadas" y han aumentado los ataques xenofóbicos contra gitanos y trabajadores imnigrantes.

Los nacionalistas eslovacos, por su parte, en sus sueños de soberanía, admiran a Josef Tiso, líder del único Estado eslovaco en los tiempos modernos, colaborador de los nazis y responsable del genocidio de los judíos de su país. No es de sorprender que slogans antisemitas aparezcan en las calles de Bratislava y otras ciudades eslovacas.

La situación es más difícil en Croacia donde el presidente nacionalista-conservador, Franjo Tudjman, ha demostrado ser un especialista en reescribir la historia. En su libro Páramo de la Realidad Histórica, publicado en 1989, Tudjman reduce el número de víctimas judías del Holocausto a un millón y los acusa de "haber tomado la iniciativa en preparar y provocar no sólo atrocidades individuales sino el asesinato masivo de comunistas, partisanos y serbios". Afirma, a la vez, que los judíos participaron en la liquidación de los gitanos en el Campo Jasenovac, siendo que en realidad miles de serbios y judíos inocentes fueron brutalmente asesinados por los dirigentes croatas pronazis. En la misma obra Tudjman etiqueta a Israel como Estado "judeo-nazi". Afortunadamente para los dos mil judíos croatas la popularidad de Tudjman deriva, no de su actitud antisemita, sino de su legítima denuncia por la dominación serbia y de la constante aspiración histórica de los croatas por su indepedencia.

Las elecciones de 1990 en Polonia, Hungría y Rumania demostraron que en estos países el antisemitismo es un factor que aún puede ser explotado en la vida pública. Al partido Alianza de los Demócratas Libres en Hungría (generalmente apoyado por los judíos de este país) han ingresado militantes del antiguo Foro Democrático Húngaro. Istvan Curka, uno de sus principales exponentes, abiertamente acusa a los "judíos comunistas" de haber destruido la autoestima del pueblo húngaro. Sin embargo Jozsef Antall, Primer Ministro del país, ha condenado el antisemitismo y ha establecido vínculos con Israel. Más aún la Iglesia Católica Húngara ha denunciado las actitudes antijudías de su contraparte en otras naciones europeas y muchos de los más destacados escritores e intelectuales del país han condenado el antisemitismo.

La realidad es muy distinta en Rumania, en donde desde el golpe de estado en diciembre de 1989, el antisemitismo y la xenofobia han ido en aumento, a pesar de que en el país sólo permanecen 18,000 judíos. El Romanian Mare, periódico de oposición, publica con regularidad artículos antisemitas. En abril de 1991, el editor de este diario denunció que muchos judíos ocupan cargos clave en Rumania. Esta acusación ha tenido eco en otros medios escritos que con frecuencia culpan a los judíos por haber llevado el comunismo a este país. Algunos miembros del Comité para la Salvación Nacional, incluyendo al exprimer ministro Petre Roman, han sido atacados por tener "origen judío". Este problema se ha ido agravando a partir de abril de 1991 cuando el parlamento de este país rindió un tributo silencioso al dictador antisemita de la segunda guerra mundial, Ion Antonescu, aliado de Hitler. La debilidad del gobierno, combinada con los problemas económicos y la falta de tradición democrática, han coadyuvado a mantener el antisemitismo como una salida para la frustración y el descontento popular.

El caso de Polonia -en donde habitan 10,000 judíos- es aún más severo. De acuerdo con encuestas recientes el 30% de los 40 millones de habitantes sostiene una postura antisemita. En 1990 se propagó una campaña contra el entonces Primer Ministro, Tadeus Mazowiecki, quien fue acusado de ser "criptojudío". A fines del mismo año aparecieron swástikas en importantes edificios en Varsovia y el slogan "un buen judío es un judío muerto" se popularizó en la Umschlagplatz desde donde 300,000 judíos polacos fueron enviados en 1942 a Treblinka, el campo de la muerte. Polonia es quizás la más espectacular prueba de que no se requiere de la presencia de judíos para que el antisemitismo florezca.

Algo similar sucede en Europa central y occidental, en donde el miedo a la invasión de las culturas extranjeras ha dado gran ímpetu al resurgimiento de una derecha radical. En Francia, Bélgica, Alemania y Austria este nuevo movimiento continúa vinculando la imaginaria "cuestión judía" con el problema de la inmigración extranjera. Para los racistas de Europa occidental, el antisemitismo es su pilar central y no tienen dificultad en evocar "diabólica conspiración judía" contra la civilización "aria".

En Austria y Alemania el antisemitismo fue elevado como pseudociencia "política biológica". Las teorías conspiratorias del tipo de Los Protocolos de los Sabios de Sión, mezcladas con la humillación nacional producto de la derrota en la primera guerra mundial, el desempleo masivo y el temor de la clase media al comunismo dio pie al surgimiento del más explosivo movimiento antijudío de la historia. Históricamente, desde 1880, éste ha sido el centro geopolítico que inspira y da fuerza a las corrientes antijudías han recibido inspiración y fuerza

La reunificación de Alemania terminó con la enorme brecha que separaba a oriente de occidente, pero a la vez, propició un resurgimiento impredecible de violencia xenófoba. Desde el invierno de 1991 los trabajadores extranjeros han sido víctimas de constantes ataques por parte de grupos neonazis bajo la consigna de "Alemania para los alemanes" ante el beneplácito de cientos de miles de ciudadanos.

El gobierno germano subestima la importancia de los grupos de derecha y de los activistas nazis, ignorando el rechazo de millones de alemanes a la idea de una sociedad multiracial o multicultural. Las autoridades del país han deslegitimizado la expresión del antisemitismo, pero hay una enorme brecha entre la actitud de la élite alemana y la respuesta de la población. En una encuesta realizada después de la reunificación, el 58% de los habitantes pensaba que "ya era momento de que Alemania dejara el Holocausto atrás"; 52% sentía que Israel "debía ser tratado como cualquier Estado"; 39% creía que "los judíos explotaban la idea del Holocausto nazi para lograr sus propósitos" y un porcentaje similar sostenía que "al igual que en el pasado, el judío tenía mucha influencia en los sucesos mundiales".

En Austria la derecha radical ha tenido aún mayor influencia. En noviembre de 1991, el Partido Libertad de Jorg Haider, obtuvo el 23% de los votos con una plataforma antiextranjera. A diferencia de Franz Schonhuber en Alemania, Haider no es un veterano nazi, sino un carismático hombre de 41 años que representa la nueva ola de proto-fascismo en Europa central. Algunos de sus oficiales son antiguos miembros del partido Neonazi Nacional de Alemania y uno de sus más cercanos asociados publicaba una revista que definía al Holocausto como una "mentira sin fin". Haider mismo ha elogiado la política de empleos utilizada por el Tercer Reich así como a los soldados austriacos que estuvieron bajo el mando del ejército nazi. Dado que el nivel del prejuicio antijudío se ha mantenido alto desde la creación de la República Alpina, el antisemitismo populista no constituiría barrera alguna para que políticos nacionalistas contaran con gran popularidad.

Desde 1945 en Europa central y oriental el antisemitismo blandido ha sido un fenómeno "sin judíos", frecuentemente difundido contra el supuesto poder y la imaginaria influencia de los judíos en todo el mundo. El antisemitismo en Europa oriental tiene una larga historia que se remonta muchos siglos antes del surgimiento del nacionalismo moderno. No podemos olvidar el antagonismo cristiano que sustenta el antisemitismo polaco y eslovaco. Debemos mencionar también la creencia en el "crimen ritual" que aún persiste entre las poblaciones supersticiosas y el residuo de antisemitismo popular que tiene sus raíces en el sentimiento religioso y nacional de Hungría, Polonia, Rumania y Ucrania, y que mantiene la imagen tradicional del judío usurero, explotador y capitalista.

El antisemitismo popular en Europa oriental no es más una política gubernamental sino un sentimiento espontáneo e impredecible cuyo fondo se centra en la idea de que "los judíos son los culpable de todos los males". A pesar de lo insignificante del porcentaje de judíos en comparación con el resto de la población en Europa central y oriental, toda parece indicar que la vida no puede seguir sin la existencia de la supuesta "maquinaria judía". Si no existiese el judío, los antisemitas tendrían que inventarlo y tal parece que a eso se han abocado.

*Robert S. Wistrich es profesor de Historia Europea Moderna en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Este artículo apareció en agosto de 1992 en la revista Commentary publicada en Estados Unidos.

Bibliografía

Tomado de Tribuna Israelita




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