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Terrorismo, cultura de muerte

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Aportado por: Aizik
Fecha de creación: 2001-10-05 18:20:40
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El terrorismo, cultura de la muerte

El autor de este articulo es hijo del desaparecido dirigente político uruguayo Wilson Ferreira Aldunate, y fue embajador uruguayo en Argentina y hoy dia importante dirigente y referente del partido Nacional

Apenas empezaban a hacer efecto los primeros rayos del sol de la madrugada del 11 de septiembre. En Salto, como en todo el país, comenzaba un nuevo día.

Nadie preveía que la jornada naciente pasaría a la historia como una de las más desgarradoramente crueles de las que conoció la humanidad. Alguien en la veterinaria "Mattos" advirtió que había olvidado arrancar la hoja de agosto del almanaque Firestone, en la que lucía una luminosa foto de las Torres Gemelas de Nueva York. La arrancó para dar paso a la de septiembre con una nueva foto: ruinas precolombinas. No tenía idea de que la casualidad haría de ese hecho rutinario una macabra profecía.

A pocas cuadras de allí, frente a la plaza Artigas, desayunaba con mi hermano, viendo cómo el amanecer daba a la catedral salteña y al conjunto escultórico de Edmundo Pratti un maravilloso colorido. Avanzaba un día que, sin que nadie lo advirtiera, quedaría marcado en sangre para siempre en todos los almanaques del mundo.

La hora del horror llegó y no hubo que esperar para enterarse. El mundo lo vio por televisión, en vivo y en directo. Con angustia e impotencia. A diferencia de la batalla de Verdún, Pearl Harbor o Hiroshima, la audiencia universal veía desde sus receptores aviones estrellándose, explosiones, derrumbamiento de edificios, pánico y terror.

No se podía hacer más que mirar, sufrir y orar. En el hogar salteño de mi hermano todo ello lo hicimos en silencio. No habíamos superado todavía el impacto emocional, cuando nos empezamos a formular las primeras preguntas: ¿Qué ocurrió?, ¿Por qué?, ¿Para qué? ¿Pudo evitarse?, ¿Qué hacer para que no se repita?

Todas las imágenes fueron muy fuertes. A veces, de tan fuertes, no parecían reales. La realidad había superado ampliamente la más desenfrenada imaginación fantasiosa de Hollywood. Quizá por eso las imágenes que no puedo borrar de mi memoria no son de sangre ni de humo. Las más irreales de todas eran las de los niños palestinos festejando en las calles de Jericó. Eran chicos de la edad de mis hijos. Saltaban, gritaban, reían y bailaban. Festejaban la muerte. Celebraban la destrucción. Se alegraban de poder odiar. Y eran niños.

Hace ya un par de años que leí la última obra de Samuel Huntington, "El choque de las civilizaciones". Sostiene (lamento constatar que proféticamente) que las futuras conflagraciones mundiales no iban a responder ya a razones económicas o ideológicas, sino a conflictos civilizatorios. Y así ha sido.

En su último capítulo, el viejo maestro abandona su rictus académico y, pareciéndose más a un novelista, imagina un ficticio escenario de confrontación que termina con el mundo. Me da escalofríos constatar que, comparado con lo que está ocurriendo, los primeros pasos del escenario imaginario de Huntington eran juegos de niños de pecho. La civilización es algo más fuerte y permanente que la cultura, y ésta es mucho más que la educación. Pero la tarea educativa, expresada a través de la docencia y la tradición, es la que cimienta los valores éticos sobre los que se construye una civilización.

A mí siempre me impresionó hasta qué punto el pueblo judío cultiva el valor de la vida. Cuando se saludan, se dicen Shalóm (paz). Cuando brindan no se desean salud ni dinero ni amor. Brindan por la vida, dicen lehaim. Las tres grandes religiones monoteístas creen en la vida después de la muerte, pero, al mismo tiempo, enseñan el valor de la vida como el máximo don que nos ha dado el Creador. Incluso ese es el mensaje último del Corán si se lee sin intermediarios fundamentalistas. Los judíos, signados quizá por su historia, hacen en ello hincapié fundamental. Es probablemente la razón de ser de su fe.

Preocupa, en cambio, cómo la Autoridad Palestina educa a sus hijos en el amor al odio y a la muerte. Mirar, como me he tomado el trabajo de hacer, los textos que se distribuyen en las escuelas bajo su jurisdicción, así como las instrucciones a sus maestros, resulta muy esclarecedor. El odio racial como objetivo. La muerte como Norte, el suicidio terrorista como medio.

Algunos ejemplos pueden ser ilustrativos. Se conoce poco al respecto, pero ello explica (sin que jamás puedan justificar) los niveles de fanatismo criminal que permiten que ocurran hechos como los de Nueva York.

Veamos. A los maestros se les aconseja que los niños tengan claro que "los judíos son conspiradores contra el Profeta". También que "los judíos son desleales y traidores por naturaleza" (Guía para maestros: Nuestra lengua árabe, Grado 6).

No muchas semanas antes de los atentados de Nueva York, vimos en los noticieros al padre de un niño suicida. No lloraba, no se lamentaba. Daba gracias a Alá diciendo: "Estoy feliz de que mi hijo esté en el cielo". Esta diferencia entre consuelo ante la muerte y culto a la muerte también se explica, en parte, en el sistema educativo.

Les enseñan a los niños de 7 años: "Mi canto es la promesa de ser mártir".

Desde mi muerte en Jerusalén, haré mi escalera a la eternidad" (Lenguaje árabe, Grado 2, segunda parte, Pág. 51). A los de 8 años: "Moriré como un mártir para como héroe defender mi Patria". (Lenguaje árabe, Grado 3, primera parte, Pág. 8). A los 9 años: "He aprendido a sacrificar mis bienes y mi vida por Alá y la Patria" (Religión Islámica, Grado 4, Pág. 87). A los de 10 años: "Cambie del singular al plural las siguientes palabras:

Ej.: Mártir, mártires (Lenguaje, Grado 5, Pág. 70). "La Jihad (guerra santa) es el deber religioso de todo buen musulmán" (Lenguaje, Grado 5, Pág. 167).

Y cuando son más grandes, a los chicos de 11 años: "Ejercicio: un mártir es honrado por Alá, dos mártires son honrados por Alá" (Gramática, Grado 6, Pág. 37). A los 12 años: "El que muere en guerra santa se regocija en el paraíso que Alá ha preparado para él" (Educación Islámica, Grado 7, Pág. 112). "No le temo a la muerte, mi destino es morir como mártir" (Gramática, Grado 7, Pág. 63). A los 13 años: "No has muerto, Alá por justicia te ha llevado a su paraíso" (Lectura, Pág. 131). A los adolescentes de 14 años: "Le pido a Alá que me de la muerte de los mártires" (El uso del idioma, Grado 9, Segunda Parte, Pág. 35).

En momentos como éstos todos debemos hacer nuestro mea culpa. Muchas veces, aun después de iniciada la última intifada, hemos visto el conflicto de Medio Oriente como excesivamente lejano. Hemos percibido fundamentalismos criminales como una curiosidad distante a nuestra realidad. Hasta nos hemos solidarizado con las víctimas, pero creyendo que era una guerra ajena.

El derramamiento de sangre inocente en nuestro propio continente nos enseña (a golpes, que es cómo más se aprende) que esta guerra es contra la civilización judía, cristiana y griega. Nuestra civilización. La de la vida. A Estados Unidos, que hoy sufre en carne propia el dolor de todos, nuestra solidaridad. A las víctimas, nuestro homenaje. Al mundo de la paz amenazada, nuestras oraciones. A la vida, nuestro cada día renovado compromiso.




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